España se encalla en una inflación del 2,3% en febrero
La inflación en España ha pisado el freno… pero no se mueve del sitio. En febrero, el IPC general se mantuvo en el 2,3% interanual, el mismo nivel que en enero, según el avance del INE. En términos mensuales, los precios subieron un 0,4%, el mayor aumento desde otoño. La gasolina, los restaurantes y la alimentación vuelven a tirar al alza del índice. Solo la moderación de la electricidad evita un repunte mayor. La inflación subyacente, sin energía ni alimentos frescos, sube al 2,7%, su cota más alta en año y medio.
El titular es claro: la inflación se mantiene en el 2,3%, por segundo mes consecutivo, tras varios meses de caídas desde el 2,9% registrado en diciembre. Lo que hasta enero era una trayectoria de desinflación relativamente cómoda para el Gobierno —seis décimas menos en un solo mes— se ha transformado ahora en una meseta incómoda. El avance de febrero frena la senda descendente y confirma que llevar el IPC hasta el entorno del 2% no será un paseo.
La clave está en la comparación de corto plazo: el índice general aumenta un 0,4% respecto a enero, el mayor incremento mensual desde octubre de 2025. Es decir, el ritmo al que suben los precios en el día a día es mucho más intenso de lo que sugiere un titular aparentemente benigno.
Además, el dato llega después de que el IPC acumulase, en cinco años, más de un 23% de subida de precios, según los cálculos publicados por distintos servicios de estudios. La consecuencia es clara: incluso con una inflación moderada en 2026, las familias siguen arrastrando una pérdida de poder adquisitivo que no se corrige en unos pocos meses de “buenas noticias” estadísticas.
Combustibles, restauración y alimentos vuelven a presionar
El informe adelantado del INE y las primeras lecturas de mercado apuntan a los mismos sospechosos habituales. En febrero, los combustibles y lubricantes para vehículos, junto con los servicios de restauración y alojamiento y los alimentos y bebidas no alcohólicas, subieron más que en enero, empujando al alza el índice general.
En la práctica, esto significa que el coste de llenar el depósito, comer fuera de casa o hacer la compra semanal se ha encarecido de nuevo. Son partidas con un peso elevado en el presupuesto de los hogares, especialmente de las rentas medias y bajas, que apenas pueden ajustar esos gastos sin renunciar a consumo básico. “La inflación ya no baja, pero tampoco deja de doler al bolsillo”, resume un analista consultado por este diario.
A esta presión se suma un factor preocupante: los recientes episodios de lluvias extremas e inundaciones en zonas agrícolas del Mediterráneo, que han provocado daños millonarios en cultivos de frutas y hortalizas en España y otros países clave. Los economistas advierten de que este tipo de shocks climáticos tienden a trasladarse a los lineales de los supermercados con cierto retraso. El riesgo es evidente: que la alimentación vuelva a ser, en primavera, uno de los motores de la inflación en Europa y, muy especialmente, en España.
La electricidad amortigua el golpe… por ahora
La contrapartida del mes llega desde el recibo de la luz. Según el avance estadístico, los precios de la electricidad subieron menos que en enero, lo que ha servido para compensar parte del encarecimiento de combustibles, hostelería y alimentación. No es un detalle menor: la energía fue el gran detonante de la escalada inflacionista de 2021-2023, y su moderación ha sido clave para la reciente caída del IPC.
Este alivio, sin embargo, tiene mucho de efecto base. En febrero del año pasado, la electricidad registró repuntes mucho más intensos, y la comparación interanual favorece ahora tasas más contenidas. El propio INE viene subrayando desde enero que las subidas actuales de la luz son menores que las de hace un año, lo que aritméticamente resta presión al índice general.
El problema es que buena parte de las medidas extraordinarias —rebajas fiscales, topes y ayudas— se están retirando de forma gradual. Si el mercado mayorista vuelve a tensionarse en primavera, el colchón estadístico se agotará rápido. Los analistas ya anticipan que, en un escenario de repunte de la demanda y menor viento, la factura energética podría volver a ser protagonista y empujar la inflación española de nuevo hacia el entorno del 3% en los próximos meses.
La subyacente al 2,7% lanza un aviso al BCE
El dato que más inquieta a los bancos centrales no es el titular del 2,3%, sino el comportamiento de la inflación subyacente, la que excluye energía y alimentos no elaborados. En febrero, este índice ha subido una décima, hasta el 2,7%, alcanzando su nivel más alto desde agosto de 2024.
Que la subyacente esté cuatro décimas por encima de la inflación general y por encima de la referencia del 2% del BCE indica que las presiones de precios ligadas a servicios, alquileres y determinados bienes industriales siguen siendo persistentes. “Lo que preocupa no es tanto la gasolina o la luz, sino la parte de la inflación que se mueve muy despacio y tarda mucho en bajar”, insisten desde varios servicios de estudios.
Además, el Índice de Precios de Consumo Armonizado (IPCA), la medida que utiliza el BCE para comparar países, se sitúa ya en el 2,5% interanual, una décima más que en enero. Es decir, en la métrica que más importa en Fráncfort, España no solo no baja, sino que corre ligeramente por encima del objetivo. El mensaje para la autoridad monetaria es evidente: el frente español no está cerrado y obliga a mantener la cautela en el debate sobre futuros recortes de tipos.
España frente a la eurozona: la brecha se agranda
El contexto europeo agrava la lectura del dato español. En enero, la inflación de la eurozona se situó en el 1,7%, por debajo ya del objetivo del 2% del BCE y claramente por debajo de la tasa española. La brecha es de seis décimas y, con el avance de febrero, todo apunta a que esa diferencia se mantendrá —o incluso se ampliará— en el corto plazo.
Mientras países como Francia o Italia se mueven en rangos próximos al 1% en su inflación armonizada, España sigue instalada en niveles más elevados, en torno al 2,4%-2,5% en IPCA. Este hecho revela una doble vulnerabilidad: por un lado, limita la mejora de competitividad precio frente a los socios del norte; por otro, alimenta la percepción de que la economía española es más sensible a shocks energéticos y climáticos.
El contraste con las previsiones de Bruselas resulta llamativo. La Comisión Europea proyectaba para España una inflación media del 2,0% en 2026, ligeramente por debajo del conjunto de la eurozona. El arranque del año, con un 2,3% en enero y otro 2,3% en febrero, tensiona ese escenario. Para cumplir el guion, el IPC debería moderarse con fuerza a partir de primavera. De lo contrario, el país podría cerrar otro ejercicio por encima de sus socios, comprometiendo parte de la mejora de competitividad lograda tras la crisis energética.
Poder adquisitivo, salarios e hipotecas: la letra pequeña para el ciudadano
Sobre el papel, una inflación del 2,3% parece una buena noticia frente a los niveles de hace apenas dos años. En la práctica, la sensación en la calle es muy distinta. Los hogares llegan a 2026 tras varios ejercicios de subidas de precios de doble dígito en energía y alimentación y con un IPC acumulado en cinco años superior al 20%.
Los salarios pactados en convenios han mejorado, pero lo han hecho de forma gradual y con retraso respecto al shock inicial de precios. El resultado es que una parte del daño al poder adquisitivo es permanente. Incluso con inflaciones moderadas, mientras los sueldos no crezcan claramente por encima del IPC durante varios años, no habrá una recuperación plena del nivel de vida previo.
En paralelo, el escenario de tipos sigue siendo exigente. El mercado da por hecho que el BCE mantendrá su tipo principal en el 2% durante varias reuniones más, pese al descenso de la inflación en el conjunto de la eurozona. Eso significa que las hipotecas a tipo variable seguirán en cotas elevadas en términos históricos, y que el coste de la financiación para empresas y familias no bajará de forma brusca. La combinación de precios aún altos, salarios justos y tipos “caros” explica por qué la mejora del dato no se traduce en sensación de alivio.
Qué puede pasar ahora con los precios
La pregunta que se hacen Gobierno, BCE y hogares es la misma: ¿ha tocado suelo la inflación en España o solo hemos hecho una pausa? Los escenarios que manejan los analistas combinan prudencia y cierto escepticismo. A corto plazo, el impacto de los fenómenos climáticos sobre la oferta de alimentos y la posible volatilidad del mercado energético apuntan a una primavera complicada, con riesgos de que el IPC vuelva a rozar el 3%.
A medio plazo, las previsiones oficiales siguen apostando por una moderación gradual, de la mano de una normalización energética, el alivio en las cadenas de suministro y políticas monetarias aún restrictivas. La Comisión Europea mantiene su hipótesis de una inflación media del 2% en 2026, siempre que no se materialicen nuevos shocks externos.
El diagnóstico es inequívoco: España ha dejado atrás la fase aguda de la crisis inflacionista, pero no ha recuperado la normalidad. El dato de febrero, con un 2,3% general, un 2,7% subyacente y un 2,5% en IPCA, refleja un país que se mueve en un rango de precios todavía incómodo para las familias y observado con lupa por el BCE. La consecuencia es clara: cada décima de aquí en adelante contará, no solo para las estadísticas, sino para determinar el margen de maniobra de la política económica y la velocidad a la que se cierra —o no— la herida en el bolsillo de los españoles.