La inflación puede sacudir Wall Street según los analistas: Dow Jones y S&P 500 dudan
La economía global ha arrancado 2026 con un mensaje tan claro como incómodo para los mercados: la inflación no ha dicho su última palabra y la política añade más ruido que certidumbre. Canadá sorprendía con un IPC al alza, del 2,2% al 2,4% en diciembre, mientras la eurozona bajaba al 1,9%, por debajo del objetivo del BCE. Al otro lado del Atlántico, Wall Street se tomaba una pausa: el Dow Jones cedía un 0,17%, el S&P 500 un 0,06% y el Nasdaq otro 0,06%, poniendo fin al impulso de Año Nuevo. Todo ello, con un dólar fuerte, el oro corrigiendo desde máximos y Donald Trump amenazando con nuevos aranceles a la UE y presionando a la Reserva Federal. La consecuencia es clara: la narrativa de recortes rápidos de tipos y subida fácil de las bolsas ha saltado por los aires.
Canadá rompe la tregua inflacionista y complica el guion
El dato de Canadá ha sido el primer jarro de agua fría del año para los que descontaban un aterrizaje limpio hacia el 2%. El IPC general avanzó un 2,4% interanual en diciembre, frente al 2,2% de noviembre, en un contexto en el que la energía jugaba en teoría a favor: la gasolina se desplomó un 13,8% anual, tras caer un 7,8% el mes anterior, y llegó a abaratarse un 7,1% mensual solo en diciembre. Es decir, incluso con un alivio extraordinario en carburantes, la inflación no cede.
La clave está en el dato sin gasolina: el IPC excluyendo carburantes sube un 3%, frente al 2,6% precedente. Los servicios relacionados con viajes se abaratan un 3,2%, reflejando la normalización del turismo tras el boom postpandemia, pero la cesta de la compra sigue siendo el gran problema: los alimentos en el supermercado aumentan un 5%, muy por encima de salarios que apenas avanzan en términos reales.
En tasa mensual, el IPC general baja un 0,2%, pero ajustado por estacionalidad vuelve a sumar un 0,3%, señal de que el proceso de desinflación no está ni mucho menos consolidado. Este hecho revela un dilema clásico para el Banco de Canadá: si recorta tipos demasiado pronto para aliviar hipotecas, corre el riesgo de alimentar de nuevo los precios. Si espera demasiado, el coste político de mantener la presión sobre las familias se dispara.
Una eurozona más cerca del 2%, pero con fracturas internas
Frente al sobresalto canadiense, la foto europea parece algo más amable. La inflación de la eurozona bajó al 1,9% interanual en diciembre, desde el 2,1% de noviembre y por debajo incluso del 2% avanzado en el dato preliminar. Sobre el papel, el BCE empieza el año con el objetivo cumplido. Pero la composición del índice invita a menos euforia y más prudencia.
Los servicios siguen siendo el principal foco de presión, con un avance del 3,4%, reflejo de unos costes laborales que todavía empujan al alza. Los alimentos, el alcohol y el tabaco suben un 2,5%, y mantienen viva la sensación de inflación “pegajosa” en el día a día. En cambio, los bienes industriales no energéticos apenas se encarecen un 0,4%, mientras que la energía cae un 1,9%, funcionando como ancla para el dato general.
Lo más grave es la brecha entre países. Rumanía firma una inflación del 8,6%, Eslovaquia del 4,1%, mientras que Chipre apenas roza el 0,1%. El contraste resulta demoledor: una misma política de tipos para realidades macro tan distintas implica que cualquier movimiento del BCE será excesivo para unos e insuficiente para otros. Con una variación mensual del 0,2%, hay margen para empezar a hablar de recortes en 2026, pero no para la relajación agresiva que algunas capitales reclaman.
Wall Street levanta el pie del acelerador
Con este telón de fondo, Wall Street ha optado por la cautela. El Dow Jones cayó 83,11 puntos, un 0,17%, hasta los 49.359, mientras el S&P 500 cedía 4,46 puntos (–0,06%) hasta 6.940 y el Nasdaq recortaba 14,63 puntos (–0,06%) hasta 23.515. Son cifras modestas, pero suficientes para cerrar la semana en negativo tras un arranque de año dominado por el optimismo en torno a la tecnología y la banca.
El mercado se mueve en un equilibrio inestable: por un lado, los resultados empresariales arrancan con tono sólido, especialmente en los grandes valores tecnológicos; por otro, la combinación de inflación menos benigna de lo esperado en parte del mundo, tipos altos y ruido político disuade de seguir pagando múltiplos crecientes sin descuento de riesgo. El diagnóstico es inequívoco: Wall Street no está en modo pánico, pero sí ha abandonado la complacencia de finales de 2025.
La proximidad de un fin de semana largo y la sensación de que cada declaración de la Casa Blanca puede mover el mercado empujan a muchos gestores a reducir exposición táctica. En términos de relato, el mercado ha pasado en apenas dos semanas de hablar de “soft landing” cómodo a preguntarse si en realidad no se está entrando en una fase de digestión mucho más prolongada.
Europa y Asia se contagian de la pausa estadounidense
La pausa de Wall Street ha tenido su eco, aunque moderado, en el resto del mundo. En Europa, el Stoxx 600 cerró prácticamente plano, lastrado por el mal comportamiento del lujo y la minería en un contexto de dudas sobre el vigor de la demanda china. El Viejo Continente arrastra además la sombra de la nueva ofensiva arancelaria de Trump, que planea sobre sectores tan sensibles como el automóvil, la maquinaria o los bienes de consumo de gama alta.
En Asia, el panorama es igualmente mixto. El Nikkei japonés cayó un 0,32%, encadenando su segunda sesión de corrección tras un rally alimentado por la expectativa de más estímulos fiscales. El índice CSI 300 chino cedió un 0,4%, tras el endurecimiento de las reglas de financiación con margen y las advertencias de los reguladores contra la especulación. Hong Kong, en cambio, logra salvar la semana en positivo. Y en Corea del Sur, el Kospi encadena diez sesiones al alza y marca un máximo histórico en torno a los 4.800 puntos, apoyado en el alivio sobre el won y el buen tono de los valores tecnológicos.
Este mosaico confirma que los mercados han pasado de una subida casi sincronizada a una fase de divergencias, donde pesan cada vez más las historias locales: qué banco central tiene más margen, quién soporta mejor el dólar fuerte, quién sufre más la debilidad industrial o el enfriamiento del comercio.
Divisas fuertes, oro a la baja y materias primas bajo lupa
En el mercado de divisas, el dólar se mantiene firme, apoyado en la percepción de que la Reserva Federal preferirá pecar de prudente antes que precipitar recortes. El índice dólar ronda máximos de seis semanas, mientras el euro se desliza hacia la zona de 1,15–1,16 dólares. Las divisas ligadas a materias primas, como el dólar australiano, resisten alrededor de 0,67 dólares, ayudadas por la mejora de las bolsas y la expectativa de estabilidad de tipos en Australia.
China vuelve a ser el gran outlier: el yuan ha tocado un máximo de 32 meses frente al dólar, con el cruce acercándose a 6,96 unidades por billete verde, en lo que muchos ven como un cambio sutil de estrategia de Pekín, más tolerante con una moneda algo más fuerte.
En paralelo, el oro corrige más del 1% desde sus recientes máximos históricos y se sitúa en torno a los 4.590 dólares por onza, en un movimiento que refleja la toma de beneficios y cierto alivio en la tensión geopolítica inmediata. El petróleo Brent se mantiene alrededor de los 64 dólares por barril, apoyado en las coberturas de cortos y en el riesgo latente de un choque militar con Irán. El hierro y el cobre, por su parte, encadenan descensos semanales, señal de que la economía real aún no acompaña del todo al relato de recuperación bursátil.
Bonos y bancos centrales: el mercado deja de creer en recortes rápidos
El comportamiento de la deuda soberana es el mejor termómetro de cómo ha cambiado el relato en apenas unos días. El Treasury estadounidense a diez años ha repuntado hasta cerca del 4,23%, tras subir alrededor de 7 puntos básicos en la última sesión, y encadena un avance semanal que cuestiona los escenarios de recortes agresivos de la Fed. La curva sigue invertida, pero el mercado comienza a asumir que la normalización vendrá más por la parte corta (menos bajadas) que por una caída abrupta de los rendimientos largos.
En Europa, el Bund a diez años se sitúa en torno al 2,84%, prácticamente plano en la semana pero con oscilaciones importantes según se publican datos de actividad e inflación. Alemania sirve de ancla, mientras los países periféricos vigilan cualquier gesto del BCE que pueda reabrir el debate sobre las primas de riesgo.
Japón, por último, se encuentra en su propia encrucijada. El bono a cinco años ha tocado máximos históricos de rendimiento y el diez años ronda el 2,18%, alimentando las expectativas de que el Banco de Japón abandone antes de lo previsto su política de tipos ultrabajos y control de la curva. El contraste con la década anterior resulta elocuente: la era del dinero prácticamente gratis ha quedado atrás en todo el G7, aunque los ritmos de salida sean distintos.
Trump, la Reserva Federal y la amenaza de nuevos aranceles
A todo ello se suma un factor de riesgo poco habitual: el propio presidente de Estados Unidos. Donald Trump ha encadenado en cuestión de días la amenaza de procesar al presidente de la Fed, Jerome Powell, la insinuación de que podría cambiar de candidato para dirigir el banco central y un nuevo órdago arancelario a la Unión Europea, con Groenlandia como telón de fondo geopolítico.
La reacción de Bruselas ha sido calculadamente fría. El portavoz adjunto de la Comisión, Olof Gill, ha insistido en que la prioridad es “implicarse, no escalar” el conflicto, pero ha recordado que la UE cuenta con instrumentos como el Anti-Coercion Instrument, pensado precisamente para responder a presiones económicas de socios estratégicos. La señal es doble: voluntad de diálogo, pero también advertencia de que Europa “hará todo lo necesario para proteger sus intereses económicos”.
Para los mercados, el mensaje podría ser: la volatilidad política ha vuelto a ser un factor de primer orden en la ecuación de riesgo, y Wall Street, que había aprendido a mirar por encima del ruido, empieza a asumir que el calendario electoral y las decisiones de la Casa Blanca pesarán tanto como los datos macro o los beneficios empresariales.