Iturralde en Negocios TV: ¿Quién gana realmente con la caída del oro y las criptomonedas?
En plena semana en la que el oro ha llegado a caer más de un 20% desde máximos recientes y el bitcoin arrastra un retroceso cercano al 35% desde octubre, la pregunta clave no es quién pierde, sino quién está ganando dinero con el pánico. Lejos del ruido, el operador de mercados Alberto Iturralde plantea una lectura incómoda: cuando los pequeños inversores venden asustados, suele haber alguien al otro lado acumulando posiciones a precio de saldo. En su intervención en Negocios TV, Iturralde desmonta el relato apocalíptico: las caídas violentas en el oro, la plata y las criptomonedas son, en muchos casos, la consecuencia lógica de un rally desbocado y de una narrativa inflada más que el comienzo del fin del sistema. “No todo desplome significa desastre, pero tampoco todo rebote es salvación”, advierte, poniendo el foco en lo que ocurre detrás de la pantalla: quién compra, quién vende y con qué horizonte. Este episodio de volatilidad obliga a revisar dogmas de inversión que parecían inamovibles: el oro como refugio infalible, las cripto como nuevo patrón monetario y la idea de que basta con “aguantar” para ganar siempre.
Un desplome que llega tras un rally histórico
Para entender la violencia de la caída hay que mirar primero la subida. En apenas dos años, oro y plata han llegado a revalorizarse cerca de un 200%, impulsados por tipos reales bajos, miedo geopolítico y una avalancha de dinero buscando refugio rápido. En el caso de la plata, algunos tramos han registrado repuntes de hasta el 300% en menos de doce meses, un ritmo difícil de sostener sin correcciones técnicas severas.
Este contexto explica por qué Iturralde rechaza el discurso de la “hecatombe” y lo sustituye por el de la “limpieza de excesos”. Cuando un activo catalogado como refugio se comporta como un chicharro, el ajuste no es una anomalía, sino una necesidad. Lo relevante es si, tras la purga, la lógica estructural sigue intacta: bancos centrales comprando oro, producción limitada, y una demanda inversora que no desaparece, solo se reordena.
Lo más incómodo para el pequeño inversor es aceptar que los desplomes rara vez pillan por sorpresa a los grandes. “Probablemente ha habido alguien que se ha forrado con la caída del oro”, resume el analista en televisión, explicando cómo quienes iniciaron compras meses atrás son los mismos que ahora fuerzan ventas de pánico. El diagnóstico es inequívoco: no se trata solo de un movimiento de precios, sino de un trasvase silencioso de riqueza desde manos nerviosas a manos profesionales.
Oro y plata: una corrección, no el final del refugio
El primer matiz de Iturralde es esencial: el desplome de oro y plata no invalida su papel como activos refugio. Más bien, revela lo que ocurre cuando ese refugio se llena de especuladores de corto plazo. El metal amarillo ha llegado a superar los 5.300–5.500 dólares por onza en las últimas semanas, niveles difíciles de justificar sin una parte importante de dinero “caliente” entrando tarde y mal.
Según los datos de distintos organismos y firmas de análisis, la producción mundial de oro se mueve alrededor de las 3.600 toneladas anuales, mientras la demanda inversora se ha disparado más de un 80% en apenas tres años, apoyada en la compra de bancos centrales y grandes fondos. Esta combinación —oferta rígida y demanda en avalancha— explica la escalada previa y, a la vez, la vulnerabilidad a correcciones.
Iturralde coloca el foco donde pocos quieren mirar: la etiqueta de “refugio” confunde cuando el precio entra en modo burbuja. El oro sigue siendo un activo físico, finito y con un papel histórico en las reservas oficiales. Pero cuando la narrativa se impone a la disciplina, el mercado se convierte en una trampa para quienes compran sólo porque “todo el mundo gana”. La consecuencia es clara: la caída actual puede ser un reseteo técnico dentro de una tendencia de largo plazo aún alcista, no una enmienda total al papel del metal.
Criptomonedas: del relato político al shock de realidad
El tono cambia radicalmente cuando la conversación se desplaza a las criptomonedas. En este terreno, el experto no habla de simple corrección, sino de un ecosistema cuyo último gran impulso ha sido, en buena medida, político y narrativo, no fundamental. La ola alcista posterior a la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump ha alimentado la tesis de las cripto como “antídoto” frente al dólar y a los bancos centrales, un relato atractivo… mientras los precios subían.
Sin embargo, la realidad de mercado es más áspera. Bitcoin ha pasado de coquetear con zonas por encima de los 90.000 dólares a encadenar caídas de doble dígito, con descensos superiores al 30%–35% desde máximos recientes y jornadas con desplomes diarios cercanos al 8%. Esa volatilidad extrema desmonta, al menos por ahora, el mito del “oro digital estable”.
Iturralde dibuja una imagen sencilla y brutal: “cuando entra la manada, alguien ya está saliendo con las manos llenas”. El patrón se repite: fases de euforia apalancada, marketing agresivo, promesas de independencia financiera… y después, ventas masivas que liquidan a los últimos en llegar. A diferencia del oro o la plata, donde existe una demanda estructural y un uso como reserva oficial, gran parte del mercado cripto se sostiene sobre expectativas autorreferenciales: suben porque se espera que otros paguen más. Cuando el flujo se detiene, el castillo de naipes se tambalea.
El miedo como herramienta de los grandes operadores
En los episodios de ventas en cadena, el miedo se convierte en el verdadero activo que se negocia en mercado. Los indicadores de volatilidad en bitcoin y en otros activos de riesgo han mostrado repuntes abruptos en las últimas semanas, una dinámica que históricamente suele anticipar cambios de fase: del optimismo acrítico a la desconfianza generalizada.
Iturralde subraya que estas sacudidas no sólo destruyen valor en los activos más expuestos, como las cripto, sino que redirigen capital hacia otros segmentos. Los mismos inversores institucionales que cierran posiciones especulativas aprovechan las caídas para rotar hacia renta variable de calidad o incluso reforzar su exposición a metales una vez concluida la limpieza técnica. El contraste con el minorista resulta demoledor: mientras vende por miedo, el profesional compra con horizonte de años.
La enseñanza es incómoda: el miedo es un activo que se explota. Movimientos bruscos, titulares alarmistas y rumores en redes sociales son parte de una coreografía que, en muchos casos, termina en el mismo punto: grandes operadores recomprando barato lo que semanas antes se vendía caro a los particulares. La volatilidad no es sólo un riesgo; para algunos, es el negocio.
Los bancos centrales y la batalla por el refugio
En paralelo a la agitación de mercado, se libra una batalla silenciosa en los balances de los bancos centrales. Los datos de los últimos años muestran un aumento sostenido de las compras oficiales de oro, que han llegado a representar hasta un 30% del suministro total si se incluye el metal reciclado, mientras la demanda inversora minorista se dispara.
Este comportamiento revela una tensión de fondo: los Estados siguen confiando en el oro como seguro último del sistema, incluso cuando parte del discurso público mira a las criptomonedas como símbolo de modernidad financiera. La consecuencia es clara: el metal precioso refuerza su condición de ancla estructural, mientras las cripto quedan relegadas a la categoría de activo de riesgo extremo, útil para estrategias tácticas, pero aún lejos de convertirse en soporte de reservas.
Iturralde recuerda que esta divergencia entre lo que hacen los bancos centrales y lo que se promociona al pequeño inversor no es casual. Mientras los primeros elevan su peso en oro físico, buena parte del marketing financiero ha empujado al ciudadano hacia productos digitales complejos, tokens opacos y proyectos sin balance auditado. Este hecho revela una asimetría incómoda: quienes gestionan el riesgo sistémico siguen confiando en lo tangible; quienes menos capacidad tienen para absorber pérdidas, se concentran en lo más volátil.
Dinero tangible frente a promesas digitales
En el núcleo del análisis late una distinción que Iturralde repite como mantra: riqueza real frente a ilusión especulativa. Oro y plata son metales físicos, con costes de extracción, usos industriales y una historia monetaria que se remonta siglos atrás. Pueden caer con violencia cuando el mercado se sobrecalienta, pero su valor no depende de que una comunidad siga creyendo en un código o en una plataforma.
Las criptomonedas, en cambio, se apoyan sobre un entramado de confianza mucho más frágil: tecnología cambiante, regulaciones en construcción y modelos de negocio que a menudo mezclan finanzas, marketing y promesas de revolución económica. Eso no las convierte necesariamente en inútiles, pero sí en activos cuyo precio está mucho más vinculado al estado de ánimo colectivo que a un flujo de caja identificable.
El aviso del analista es directo: “conviene desconfiar de los relatos perfectos y las promesas brillantes”. En mercados dominados por la narrativa, los ciclos de euforia y desplome son más frecuentes y brutales. La frontera entre innovación financiera y espejismo se cruza en silencio, y suele hacerse cuando el inversor minorista entra en masa. De ahí la insistencia en volver a lo básico: entender qué se compra, por qué se valora así y quién está realmente al mando en cada fase del ciclo.