El Nikkei sube con fuerza pese a la escalada de Trump con Irán

Japón y Corea del Sur avanzan en bolsa pese a la amenaza sobre Irán, una reacción que revela hasta qué punto el mercado teme más la energía que la propia retórica.

Nikkei 225
Nikkei 225

Las bolsas asiáticas han arrancado la semana con una paradoja cada vez más frecuente en los mercados globales: subidas en renta variable en medio de una escalada bélica. El Nikkei 225 llegó a avanzar en torno al 1,1% y el Kospi surcoreano cerca del 1,5%, mientras el crudo se mantenía por encima de los 110 dólares y Donald Trump elevaba la presión sobre Irán con un nuevo ultimátum sobre el estrecho de Ormuz. Lo que debería haber provocado una huida indiscriminada del riesgo ha terminado, al menos de momento, en un rebote selectivo. Sin embargo, lo más grave no está en el color verde de los índices, sino en lo que ese movimiento esconde: Asia está cotizando una amenaza energética de primer orden con una calma solo aparente.

Un rebote con pólvora debajo

La foto de la sesión asiática parece tranquilizadora, pero el detalle cuenta otra historia. El Nikkei llegó a situarse en 53.692,42 puntos y el Kospi en 5.460,24, en una jornada además marcada por cierres bursátiles en Australia, Hong Kong y Shanghái. Esa menor profundidad de mercado importa, y mucho: con menos plazas abiertas y menos volumen, los movimientos pueden resultar más bruscos y, sobre todo, menos fiables como termómetro del riesgo real. La consecuencia es clara: el alza de Tokio y Seúl no equivale a normalidad, sino a una reacción táctica en un mercado con liquidez reducida.

Nikkei Stock Average, Nikkei 225

Ese matiz resulta esencial para no leer mal el mensaje. El dinero no está premiando una mejora geopolítica, porque esa mejora no existe. Lo que está haciendo es discriminar: castiga el petróleo, mantiene la tensión sobre divisas y deuda, y al mismo tiempo permite un rebote en bolsa apoyado en factores previos, como el buen dato laboral de Estados Unidos conocido el viernes. El contraste con otras sesiones de la semana pasada resulta demoledor: cuando Trump endureció su discurso sobre Irán el 2 de abril, el petróleo se disparó y las bolsas asiáticas corrigieron con fuerza. Hoy no hay alivio; hay fatiga del miedo y una lectura oportunista de corto plazo.

Ormuz, el cuello de botella que decide el precio del mundo

El verdadero centro de gravedad no está en Wall Street ni en Tokio, sino en un paso marítimo de apenas decenas de kilómetros. El estrecho de Ormuz sigue siendo el principal cuello de botella energético del planeta: por esa ruta circularon en 2022 alrededor de 21 millones de barriles diarios, el equivalente a cerca del 21% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. Más recientemente, la EIA estima que en el primer semestre de 2025 el 89% del crudo y condensado que cruzó Ormuz tuvo como destino Asia. Este hecho revela por qué cada frase de la Casa Blanca se traduce casi de inmediato en volatilidad para Japón y Corea del Sur.

Trump ha elevado esa tensión con una secuencia calculada. Primero amenazó con atacar centrales eléctricas y puentes iraníes si Teherán no facilitaba la reapertura del paso. Después remató el mensaje con un escueto “Tuesday, 8:00 P.M. Eastern Time!”, es decir, las 02:00 del miércoles en la España peninsular. La ambigüedad del ultimátum no reduce el riesgo; lo amplifica. El mercado no está celebrando la amenaza; está descontando que, por ahora, el cierre total de Ormuz sigue siendo un riesgo y no un hecho consumado. Ese es el punto exacto donde nace el rebote bursátil y donde también puede morir si la diplomacia fracasa.

Japón y Corea del Sur, en primera línea del shock

Pocas economías desarrolladas tienen tanto que perder con un bloqueo prolongado como Japón y Corea del Sur. La última referencia amplia de la EIA muestra que el 93% del crudo importado por Japón en 2022 procedía de Oriente Próximo. En el caso surcoreano, más del 60% de sus importaciones de petróleo en 2021 llegaban también desde esa región. No se trata solo de una cifra de dependencia; es una vulnerabilidad estructural que afecta al transporte, la petroquímica, la generación eléctrica y la balanza exterior.

El diagnóstico es inequívoco: cuando Ormuz se tensiona, Asia industrial recibe el golpe antes que nadie. La EIA subraya, además, que China, India, Japón y Corea del Sur concentraron conjuntamente el 74% de los flujos de crudo y condensado que atravesaron el estrecho en la primera mitad de 2025. Y no solo hablamos de petróleo. En 2024, cerca del 20% del comercio mundial de gas natural licuado también transitó por ese mismo punto. Por eso el rebote de las bolsas japonesa y surcoreana no debe interpretarse como confianza plena, sino como una apuesta a que el peor escenario todavía puede evitarse. Si esa apuesta falla, el ajuste puede ser muy rápido.

La aparente contradicción de unas bolsas al alza

¿Por qué suben los índices cuando el riesgo geopolítico aumenta? La primera explicación es técnica. La segunda, psicológica. La tercera, macroeconómica. Por un lado, los inversores llegan a la sesión asiática con el apoyo del sólido informe de empleo estadounidense del viernes, un dato que ha reforzado la idea de que la economía norteamericana mantiene tracción suficiente para absorber parte del shock externo. Por otro, el mercado parece asumir que una amenaza verbal no es todavía un ataque efectivo, y esa diferencia basta para permitir compras selectivas en renta variable.

Sin embargo, lo más interesante es que el dinero no está premiando una desescalada, sino una probabilidad. Es decir, se compra bolsa porque aún no se ha producido el peor desenlace, no porque el horizonte haya mejorado. Esa lógica genera rallies frágiles, muy dependientes del siguiente titular y de la siguiente imagen sobre el terreno. El precedente inmediato es claro: el mercado ha alternado en pocos días sesiones de alivio con desplomes bruscos en función de si Trump sugería una salida próxima de Irán o, por el contrario, prometía “terminar el trabajo” con más dureza. La volatilidad, por tanto, no es un accidente; es el nuevo precio de la incertidumbre.

El petróleo dicta la narrativa, no los índices

La referencia que de verdad importa está en el crudo. En la apertura del lunes, el barril estadounidense llegó a 111,92 dólares y el Brent se situó en 110,74 dólares. Son niveles que devuelven al mercado a un régimen de precios incompatible con cualquier relato cómodo sobre inflación a la baja, tipos más suaves o energía abundante. Más aún: en marzo el Brent llegó a tocar los 119,50 dólares, una señal de que el mercado ya ha testeado escenarios mucho más extremos y sabe perfectamente hasta dónde puede escalar la prima de guerra.

Aquí aparece el verdadero problema para Asia y, por extensión, para Europa. Un petróleo sostenido por encima de 100 o 110 dólares no solo encarece el combustible; reabre un frente inflacionista que se consideraba parcialmente domesticado. El encarecimiento del transporte marítimo, de los seguros, de los insumos petroquímicos y de la factura energética acaba filtrándose a toda la cadena. La consecuencia es clara: el aparente alivio bursátil de hoy puede convertirse en un ajuste más severo mañana si el shock de materias primas se consolida durante varias semanas. Y ese riesgo ya no sería solo financiero, sino macroeconómico.

Los bancos centrales vuelven a escena

Durante meses, el foco del mercado estuvo en la desaceleración global, el comercio y la tecnología. Ahora el eje ha cambiado. La guerra y la energía vuelven a condicionar las expectativas de inflación y, por extensión, el margen de maniobra de los bancos centrales. Es una inferencia directa: si el petróleo se mantiene elevado, el coste de relajar la política monetaria aumenta. Lo que parecía una discusión sobre crecimiento vuelve a ser una discusión sobre precios. Y eso altera desde las previsiones de consumo hasta la financiación empresarial.

Para Japón y Corea del Sur, el riesgo es doble. Son economías industriales, abiertas y muy sensibles a los precios de importación. En ese contexto, una subida prolongada del crudo erosiona márgenes, enfría expectativas y complica la gestión del tipo de cambio. Lo más grave es que el mercado empieza a convivir con la idea de que el shock no sea transitorio. MarketWatch recogía hace apenas unos días que el mercado de opciones ya contempla escenarios de 150 dólares por barril si la interrupción de suministro se agrava. No es el escenario central, pero ya forma parte del radar. Y cuando un precio extremo entra en el radar, deja de ser impensable.

Comentarios