La violenta corrección llega después de varios máximos históricos

El oro se desploma más de un 4% tras tocar los 5.600 dólares

El oro se desploma más de un 4% tras tocar los 5.600 dólares UNSPLASH / ZLATÁKY.CZ

El oro ha puesto hoy a prueba los nervios de los inversores. Tras haber rozado los 5.600 dólares por onza y encadenar varios máximos históricos en apenas días, el llamado metal refugio se ha desplomado más de un 4% en cuestión de horas, hasta los 5.143 dólares por onza. La corrección llega después de que el precio superara por primera vez la cota de los 5.000 dólares esta misma semana, en un contexto de compras récord y de una demanda global sin precedentes. Aunque no hay una causa única que explique el giro brusco, los analistas apuntan a una mezcla de toma de beneficios masiva, algoritmos reaccionando a niveles psicológicos y tensiones en los mercados de derivados. La consecuencia es clara: la escalada del oro entra en una fase mucho más volátil, con implicaciones directas para ahorradores, fondos y bancos centrales.

Un rally sin precedentes en el metal refugio

El movimiento de hoy no puede entenderse sin mirar el vértigo de las últimas semanas. El oro ha pasado de consolidarse por encima de los 4.000 dólares a superar los 5.000 por primera vez en la historia y alcanzar máximos intradía en torno a los 5.596 dólares por onza. Según datos recientes del Consejo Mundial del Oro, la demanda global alcanzó en 2025 los 5.002 toneladas, un récord histórico, impulsada por la búsqueda de refugio frente a la inestabilidad geopolítica y la pérdida de confianza en el dólar.

En valor, ese apetito se ha traducido en un mercado que mueve más de 500.000 millones de dólares al año, con el precio del metal habiendo subido en torno a un 64% en 2025 y más de un 20% adicional en lo que va de 2026, de acuerdo con las estimaciones de la industria. El contraste con otras materias primas es llamativo: mientras la energía y algunos metales industriales han corregido ante el frenazo del ciclo, el oro ha actuado como válvula de escape para el exceso de liquidez y el miedo a nuevas crisis financieras.

Este hecho revela que el metal ha dejado de ser solo un seguro frente a la inflación para convertirse en un activo de moda, impulsado por ETFs, gestores cuantitativos y compras masivas de bancos centrales. En ese contexto, cualquier noticia, rumor o ruptura de niveles técnicos puede desencadenar movimientos tan bruscos como el vivido este jueves.

La corrección brusca: señales de sobrecalentamiento

El desplome superior al 4% en cuestión de horas, desde las cercanías de los 5.600 dólares hasta el entorno de los 5.143 dólares por onza, supone una pérdida de más de 450 dólares respecto al máximo intradía. En términos relativos, la caída desde el techo de la sesión roza el 8%, una magnitud más propia de valores tecnológicos que de un supuesto activo refugio. La cotización llegó a caer un 4,25% a las 10:33 horas en Nueva York, en un contexto de fuerte volumen y ampliación de spreads.

Los gestores consultados hablan de una clásica combinación de toma de beneficios y cierre de posiciones apalancadas tras un rally casi vertical. Muchos operadores minoristas y profesionales habían incrementado exposición a través de futuros y productos estructurados que multiplican por dos o por tres los movimientos del oro. En un entorno de volatilidad creciente, basta una corrección del 4% para forzar llamadas de margen y ventas forzadas que amplifican aún más el movimiento.

“Lo preocupante no es que el oro corrija; lo preocupante es que lo haga en un mercado dominado por apalancamiento y algoritmos opacos”, resume el responsable de renta fija y materias primas de una gestora española. La consecuencia es clara: el ajuste de hoy puede ser solo el primer aviso de que el mercado del oro ha entrado en fase de sobrecalentamiento, donde las caídas puntuales pueden ser tan violentas como las subidas.

Fondos y bancos centrales: quién está detrás del movimiento

Detrás del rally histórico del oro hay dos grandes protagonistas: los inversores financieros y los bancos centrales. En los últimos años, las autoridades monetarias han comprado más de 1.000 toneladas anuales de oro, casi el doble que en la década anterior, impulsadas por el deseo de diversificar reservas y reducir dependencia del dólar. En 2024, las compras oficiales llegaron a representar más del 20% de la demanda mundial, frente al 10% que suponían de media en los años 2010.

Al mismo tiempo, los fondos cotizados respaldados por oro (ETFs) han registrado entradas récord, con cientos de toneladas añadidas a sus reservas en apenas unos trimestres. Esos vehículos permiten a inversores institucionales y minoristas aumentar exposición de forma casi instantánea y a golpe de clic, lo que ha contribuido a inflar el volumen negociado y a convertir al metal en un activo profundamente financiero.

Este nuevo equilibrio tiene implicaciones profundas. Cuando los bancos centrales compran de forma sistemática, envían una señal de desconfianza hacia el sistema monetario vigente. Pero cuando son los fondos los que dominan el flujo, el oro se vuelve vulnerable a reembolsos masivos y cambios de sentimiento. En palabras de un exbanquero central europeo, “el oro ya no solo refleja miedo a la inflación; refleja miedo al propio sistema financiero”. La sesión de hoy pone de manifiesto hasta qué punto esa demanda financiera puede convertirse, de repente, en un punto de fragilidad.

El papel de los algoritmos en las caídas súbitas

El comportamiento del mercado al acercarse a niveles redondos —4.000, 5.000, ahora 5.600 dólares— ilustra el peso de la negociación algorítmica. Diversos estudios subrayan que los sistemas automáticos tienden a concentrar órdenes en torno a precios psicológicos, provocando rupturas explosivas cuando esos niveles se superan o se pierden.

Hoy, el cruce por debajo de varios soportes técnicos ha activado en cadena órdenes de venta programadas, acelerando el movimiento. Los algoritmos no leen titulares ni matizan valoraciones; ejecutan reglas. Si el precio perfora un umbral, reducen exposición. Si la volatilidad supera un determinado umbral, recortan riesgo todavía más. En cuestión de minutos, la liquidez se evapora y los movimientos se amplifican.

“Lo que antaño podía ser una corrección ordenada, hoy se convierte en una cascada de órdenes automáticas”, admite un trader de materias primas de una gran entidad europea. El contraste con el funcionamiento del mercado hace una década resulta demoledor: entonces la formación de precios respondía en mayor medida a expectativas macro y decisiones manuales; ahora, la microestructura y la codificación de estrategias cuantitativas pueden explicar buena parte de los vaivenes diarios.

Volatilidad extrema y riesgo para el ahorrador

Para el ahorrador que ha llegado tarde al rally, la sesión de hoy es una advertencia contundente. Un movimiento del 4% en un solo día implica que una posición de 50.000 euros en oro puede perder más de 2.000 euros en horas. Si esa exposición está multiplicada por dos o por tres a través de productos apalancados —muy populares entre el inversor minorista—, la pérdida potencial se dispara a 4.000 o 6.000 euros en la misma ventana temporal.

La volatilidad del oro, que en periodos largos se asemeja a la de las bolsas desarrolladas, se ha intensificado en el corto plazo por la combinación de tipos reales cambiantes, dólar volátil y tensiones geopolíticas, según diversos análisis académicos y de organismos internacionales. En 2025 ya se observaban oscilaciones diarias del 2-3% como algo casi rutinario; el salto al 4-5% de hoy encaja en ese patrón de mercado más nervioso.

El pequeño inversor suele entrar cuando la narrativa del “activo infalible” está completamente instalada. Pero cuando las correcciones llegan, lo hacen sin red: los diferenciales se amplían, las horquillas se vuelven más caras y la recomendación de “mantener a largo plazo” se enfrenta al miedo muy humano a seguir perdiendo dinero. El riesgo es que miles de ahorradores entren en máximos, soporten caídas pronunciadas y, finalmente, acaben vendiendo en mínimos, justo cuando los grandes actores vuelven a comprar.

El contraste histórico con otras crisis

Históricamente, el oro ha funcionado como refugio en momentos de estrés, pero el patrón actual es cualitativamente distinto. Durante la crisis financiera de 2008, el metal llegó a subir en torno a un 25% en los momentos de mayor turbulencia, pero sin alcanzar los niveles de volatilidad intradía que se observan ahora. Entonces, el movimiento estaba liderado por la desconfianza hacia la banca y por un ciclo de tipos a la baja; hoy confluyen, además, la digitalización total del mercado, la hegemonía de los ETFs y el peso creciente de los bancos centrales de economías emergentes.

Lo más grave es que esta fase de rally y corrección se produce en un mundo con deuda pública en máximos históricos, guerras abiertas y bancos centrales atrapados entre controlar la inflación o sostener el crecimiento. En ese contexto, el oro no solo refleja miedo; también se convierte en termómetro de la credibilidad de las políticas económicas.

El contraste con otras clases de activos es evidente. Mientras muchos mercados de renta fija ofrecen tipos reales todavía positivos y la renta variable ha corregido parte de los excesos de la década pasada, el oro ha seguido marcando máximos. Ello sugiere que no estamos ante un simple “hedge” tradicional, sino ante un episodio en el que el metal está asumiendo un papel casi cuasi-monetario para muchos agentes. Cuando ese papel se mezcla con euforia, el resultado es un cóctel explosivo.