El oro salta un 4% y pulveriza su récord en 5.596 dólares
La escalada del oro ha dado un salto de fase. En la sesión de este jueves, el metal precioso ha llegado a marcar un máximo histórico de 5.596,3 dólares por onza, para estabilizarse poco después en torno a los 5.592,1 dólares, con una subida intradía del 4,0%. La subida se produce en paralelo a un dólar que se ha depreciado en torno a un 10–13% frente al euro en los últimos doce meses, hasta niveles no vistos en casi cuatro años y medio. La consecuencia es clara: el oro se consolida como activo refugio dominante en un entorno de tipos reales todavía contenidos, deuda pública disparada y creciente desconfianza hacia las divisas fiduciarias. El movimiento arrastra al resto de metales preciosos —plata, platino— y obliga a los gestores a recalibrar sus carteras, también en España, ante un escenario que muchos ya consideran excepcional… y otros, el preludio de una corrección de alto voltaje.
Un rally histórico sin freno aparente
Lo que está ocurriendo con el oro en los últimos meses no es un mero rebote técnico. A comienzos de 2025, la onza se movía todavía por debajo de los 2.800 dólares; hoy cotiza por encima de los 5.500, lo que implica que el precio prácticamente se ha duplicado en poco más de un año. Según datos recientes, en 2025 el oro ya encadenó una revalorización cercana al 64%, a la que se suma un avance adicional en torno al 20–22% en lo que llevamos de 2026. El diagnóstico es inequívoco: no se trata solo de miedo puntual, sino de un reposicionamiento estructural.
Detrás de este rally hay varios vectores que se retroalimentan. Por un lado, la normalización monetaria ha quedado a medio camino: los tipos nominales han subido, pero la inflación subyacente se mantiene por encima de los objetivos oficiales en buena parte de las economías avanzadas, manteniendo los tipos reales ligeramente negativos o muy comprimidos. Por otro, el volumen de deuda pública global en máximos históricos —más del 100% del PIB mundial si se suman los grandes emisores— alimenta la idea de que, a largo plazo, las autoridades tenderán a tolerar inflación para licuar pasivos. Este contexto convierte al oro en un seguro relativamente barato frente a escenarios extremos.
Sin embargo, lo más llamativo es la velocidad: subidas de más de 200 dólares por onza en cuestión de días se están empezando a normalizar. Este hecho revela un mercado cada vez más dominado por flujos financieros —ETF, derivados, compras masivas de bancos centrales— y menos por la demanda física tradicional de joyería.
El dólar débil como gasolina del oro
La otra cara del rally del oro es la crisis de confianza en el billete verde. El dólar ha encadenado caídas de doble dígito frente a las principales divisas en el último año y se mueve en mínimos de cuatro años, penalizado por la combinación de incertidumbre política en Estados Unidos, dudas sobre la trayectoria fiscal y un discurso oficial sorprendentemente complaciente con la depreciación.
Un dólar más débil abarata el oro para los tenedores de otras monedas y actúa como multiplicador de la demanda internacional. Si a ello se añade la percepción de que la Reserva Federal se está quedando por detrás de la curva —tolerando una inflación más elevada para no ahogar el crecimiento y aliviar el coste de la deuda—, el resultado es un incentivo adicional para rotar desde liquidez en dólares hacia activos reales.
En el caso europeo, el contraste resulta demoledor. El euro se ha apreciado de forma significativa frente al dólar, pero la zona euro sigue lidiando con un crecimiento anémico y una inflación todavía por encima del objetivo del 2% en algunos países. Eso significa que, para un ahorrador español, mantener liquidez en euros no solo no protege frente a la erosión de precios, sino que además pierde la oportunidad de capturar un movimiento histórico en el oro.
Como resume gráficamente un gestor de renta fija consultado por Negocios TV: «El mercado está empezando a descontar que el dólar ya no es el único activo sin riesgo del sistema; el oro se está comportando como la verdadera ‘divisa de último recurso’».
Inversores y bancos centrales, detrás de la ola compradora
Los datos de demanda confirman que no estamos ante un episodio puramente especulativo. El Consejo Mundial del Oro estima que en 2025 la demanda global de oro alcanzó un récord de 5.002 toneladas, impulsada por un salto del 84% en la inversión financiera —fondos cotizados, barras, monedas— hasta las 2.175 toneladas. Por el contrario, el consumo de joyería retrocedió un 18% a nivel mundial y un 24% en China, signo de que los precios actuales están expulsando al comprador tradicional.
Lo más grave, desde el punto de vista de la arquitectura financiera internacional, es el papel creciente de los bancos centrales. A pesar de moderar ligeramente sus compras respecto a 2024, las autoridades monetarias adquirieron en torno a 850 toneladas de oro en 2025, niveles muy superiores a los promedios previos a 2022. El mensaje implícito es perturbador: quienes emiten moneda fiduciaria están diversificando agresivamente hacia un activo que no controlan.
Este movimiento tiene un efecto dominó en el resto de inversores institucionales. Fondos de pensiones, aseguradoras y gestoras de patrimonio se ven empujados a aumentar su exposición para no quedarse rezagados frente a los índices de referencia. El resultado es un círculo de retroalimentación: más compras elevan el precio, lo que mejora el rendimiento histórico del oro y justifica nuevas entradas. El riesgo es evidente: que este mecanismo acabe generando una sobrevaloración significativa y una eventual corrección abrupta cuando los flujos se detengan.
El efecto arrastre sobre plata, platino y otros metales
El rally no se limita al oro. La plata ha alcanzado máximos históricos en torno a los 119–120 dólares por onza, con una revalorización acumulada superior al 60% en el último año, impulsada tanto por su condición de metal precioso como por su uso industrial en sectores como la electrónica y las energías renovables. El platino ha escalado hasta la zona de los 2.700 dólares, mientras que el paladio, más volátil, muestra un comportamiento más errático, con ligeros retrocesos tras las fuertes subidas previas.
Este comportamiento sincronizado tiene varias implicaciones. En primer lugar, refleja un movimiento defensivo amplio de los inversores hacia activos reales: no se trata solo de un «amor por el oro», sino de un cuestionamiento más generalizado del valor futuro de las divisas y de los activos financieros tradicionales. En segundo lugar, encarece los costes para industrias intensivas en estos metales —automoción, electrónica, fotovoltaica—, lo que puede trasladarse a los precios finales y alimentar nuevas presiones inflacionistas.
Para las compañías cotizadas, especialmente en Estados Unidos, Canadá, Australia o Sudáfrica, el impacto es ambivalente: los productores de metales preciosos ven cómo sus márgenes se disparan, mientras que sectores consumidores sufren una compresión de beneficios. El mercado de renta variable empieza a reflejar esta brecha con fuertes subidas en mineras y correcciones selectivas en fabricantes dependientes de materias primas críticas.
Impacto para el ahorrador español y las gestoras
En España, el rally del oro llega en un momento delicado para el pequeño ahorrador. Tras años de tipos de interés reales negativos, muchos hogares han canalizado su liquidez hacia depósitos que apenas compensan la inflación o hacia fondos mixtos con escasa exposición a materias primas. La consecuencia es que una parte relevante del ahorro doméstico se ha quedado al margen de la revalorización del metal.
Las grandes gestoras españolas han reaccionado de forma desigual. Algunas firmas han incrementado su peso en oro a través de ETF internacionales o fondos de materias primas, elevando la exposición de sus carteras desde niveles residuales (menos del 1%) hasta en torno al 3–5% en los perfiles más defensivos. Otras, sin embargo, siguen considerando el oro como un activo «táctico», apto solo para coberturas puntuales, y rehúsan aumentar posiciones a estos niveles por miedo a comprar en la parte alta del ciclo.
Para el inversor minorista, la oferta también se ha ampliado: desde cuentas de inversión que permiten comprar fracciones de lingotes custodiados en Suiza hasta fondos de pensiones con mandatos explícitos de diversificación en metales preciosos. No obstante, el riesgo de entrar tarde es real. El contraste con otras regiones resulta demoledor: en países como Alemania o Suiza, la cultura de inversión en oro físico y en valores ligados a materias primas está mucho más arraigada, lo que ha permitido a sus ahorradores capturar mejor el movimiento de los últimos trimestres.
Riesgo de burbuja y posibles escenarios de corrección
Con el oro coqueteando con los 6.000 dólares por onza, la pregunta ya no es solo cuánto puede subir, sino qué pasará cuando se agote el impulso. La historia ofrece lecciones claras: tras el gran rally de finales de los años 70, el metal tardó casi tres décadas en recuperar sus máximos en términos reales. Un escenario de corrección del 20–30% no sería en absoluto inédito en un activo que, pese a su imagen defensiva, es profundamente volátil.
Varios factores podrían desencadenar un ajuste. Un giro más agresivo de la Reserva Federal, con subidas adicionales de tipos o una señal muy contundente de compromiso antiinflacionista, elevaría los rendimientos reales y restaría atractivo al oro. Un acuerdo político creíble en Estados Unidos y Europa para reconducir la deuda pública también reduciría la demanda de refugio. Incluso un simple cambio de narrativa —por ejemplo, una mejora inesperada de los datos de crecimiento global— podría provocar una rotación brusca hacia activos de riesgo.
Sin embargo, el riesgo de que el ajuste sea desordenado aumenta cuanto más se alargue el actual episodio de euforia. «Cuanto más tiempo creamos que el oro solo puede subir, más violenta será la corrección cuando la realidad cambie», advierten en una gran gestora internacional. La clave para el inversor, tanto institucional como minorista, estará en dimensionar bien su exposición y asumir que, en estos niveles, el oro ya no es solo un seguro, sino también una apuesta táctica con riesgos significativos.

