La leve mejora mensual contrasta con los más de 80.000 desempleados adicionales respecto a 2025 y deja al país por encima de la media de la eurozona en plena desaceleración

El paro en Alemania baja al 6,3% pero sigue en zona de riesgo

EPA-EFE/FILIP SINGER

La mayor economía de Europa ha arrancado 2026 con un dato de empleo tan engañoso como inquietante. La tasa de paro desestacionalizada en Alemania se situó en febrero en el 6,3%, una décima menos que en enero, según la Agencia Federal de Empleo (Bundesagentur für Arbeit). El número de personas registradas como desempleadas bajó ligeramente, hasta 3.069.940, pero sigue siendo 80.720 más que hace un año. Si se amplía el foco al paro “oculto”, la cifra de personas sin un empleo pleno se dispara hasta los 3,7 millones. La consecuencia es clara: el mercado laboral alemán ya no es el ancla de estabilidad de la eurozona, y su fragilidad amenaza con alargar la travesía del crecimiento mínimo en toda la región.

 

El titular habla de “bajada del paro”, pero el respiro es mínimo. La tasa desestacionalizada pasa del 6,4% al 6,3% en un solo mes, lo que supone una mejora de 0,1 puntos porcentuales. En términos absolutos, el descenso equivale a 14.670 desempleados menos que en enero, una corrección modesta para un mercado de trabajo de más de 45 millones de ocupados.

Lo relevante es la foto de fondo: distintos indicadores muestran que Alemania lleva cerca de un año atrapada en una meseta de paro en torno al 6,3%-6,4%, máximos de los últimos cuatro años, en paralelo a una economía que apenas crece. Muy lejos queda el escenario de pleno empleo técnico previo a la pandemia, cuando el desempleo se movía claramente por debajo del 5%.

“El mercado laboral sigue careciendo de impulso económico”, ha venido repitiendo en los últimos meses la dirección de la Bundesagentur, sintetizando un diagnóstico incómodo: el problema ya no es coyuntural, sino estructural. El ligero descenso de febrero evita titulares dramáticos, pero no cambia la tendencia: el paro se estabiliza en un nivel alto para los estándares alemanes, en un país que había construido buena parte de su relato de éxito sobre la fortaleza de su empleo.

 

Los números que hay detrás del 6,3%

La estadística publicada este viernes detalla un mercado laboral que se mueve en dos direcciones a la vez. Por un lado, el número total de desempleados baja en el mes hasta 3.069.940 personas, gracias a la creación neta de puestos de trabajo en algunos servicios y a la salida de parados de larga duración. Por otro, respecto a febrero de 2025 hay 80.720 desempleados más, lo que implica un aumento interanual en torno al 2,7%.

Esta combinación de mejora mensual y deterioro anual refleja una dinámica incómoda: el mercado laboral ya no se está hundiendo, pero tampoco recupera los niveles de empleo de hace un año. Los sectores más expuestos a la industria —automoción, química, bienes de equipo— siguen ajustando plantillas, mientras los servicios compensan solo parcialmente la destrucción de puestos de trabajo en las fábricas.

Este hecho revela otra tensión de fondo: la rotación dentro del mercado laboral está aumentando. Hay menos destrucción neta, pero más trabajadores que encadenan contratos temporales, reducciones de jornada o transiciones forzadas hacia ocupaciones de menor cualificación. En la estadística oficial, muchos de ellos salen de la categoría de desempleados; en la realidad, su protección y su capacidad de consumo se erosionan.

Bajo el radar: 3,7 millones de personas en paro ampliado

El dato más elocuente del informe está en la letra pequeña. La Bundesagentur cifra la “subocupación” o paro ampliado en 3.724.200 personas, una variable que incluye tanto a los parados registrados como a quienes no trabajan de forma efectiva por estar en medidas de política de empleo o por incapacidades temporales ligadas al mercado laboral.

La cifra apenas varía respecto a enero, pero sigue siendo un 21% superior al número oficial de desempleados. En otras palabras: por cada cuatro personas en paro registradas, hay una adicional atrapada en esquemas de reducción de jornada, programas de formación o situaciones de baja temporal que, en la práctica, la alejan del mercado de trabajo ordinario.

Este indicador desmonta la idea de un mercado laboral “sano” que solo atraviesa una turbulencia pasajera. Si la subocupación no se reduce, significa que la economía está utilizando masivamente instrumentos como el Kurzarbeit (reducción de jornada subvencionada) para amortiguar los ajustes empresariales. La factura la paga el sector público, vía subsidios, y los propios trabajadores, que ven recortados sus ingresos presentes y sus derechos futuros. Lo más grave es que, cuanto más se prolonga este esquema, más difícil resulta volver a un patrón de empleo estable y a tiempo completo.

Alemania se queda por detrás de la zona euro

El contraste con el resto de la eurozona resulta demoledor. Según los últimos datos de Eurostat, el desempleo en la zona euro se situó en diciembre en el 6,2%, mientras que en el conjunto de la UE la tasa bajó al 5,9%, niveles históricamente bajos para el bloque. Alemania, que durante años presumió de ser el país con menor paro de las grandes economías europeas, se encuentra ahora ligeramente por encima de la media del euro, algo impensable hace apenas una década.

La explicación está en la brecha de crecimiento. La eurozona logró en 2025 un avance del PIB del 1,5%, el mejor dato desde 2022, mientras Alemania cerró otro ejercicio prácticamente plano, lastrada por la debilidad de sus exportaciones y por la crisis de su industria pesada. Francia, España o Portugal crecen más y, en algunos casos, crean empleo neto, mientras el motor tradicional del continente se gripaba.

Este giro tiene implicaciones políticas y económicas de primer orden. Un mercado laboral alemán más frágil limita la capacidad de Berlín para liderar agendas europeas que exigen inversión pública —defensa, transición energética, digitalización— y complica el debate interno sobre su rígida “regla de deuda”. Y, al mismo tiempo, empuja parte de la presión social hacia los socios del sur, que dependen de la demanda alemana para sostener sus propias exportaciones.

Las causas de un paro que se vuelve estructural

El informe de la Bundesagentur no entra a valorar las causas, pero el diagnóstico que manejan economistas y organismos internacionales es bastante claro. Por un lado, la industria alemana encadena varios años de golpe tras golpe: la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania, el encarecimiento del gas, la pérdida de competitividad frente a China y Estados Unidos y, más recientemente, el impacto de los aranceles estadounidenses sobre exportaciones clave como el automóvil o la maquinaria industrial.

Por otro, el país arrastra problemas internos: infraestructura envejecida, retrasos en digitalización, exceso de burocracia y demoras en grandes proyectos públicos. Los economistas hablan de un “crecimiento potencial” claramente menor al de la década pasada. Cuando la economía apenas avanza, el mercado laboral deja de absorber nuevos trabajadores y tiende a expulsar a los que tienen menos cualificación o menos movilidad.

“El mercado de trabajo alemán está dejando de ser cíclico para volverse estructuralmente más débil”, resume un gestor europeo. El riesgo es evidente: si el paro se estabiliza durante demasiado tiempo por encima del 6%, se consolida un núcleo duro de desempleo de larga duración que ni siquiera las futuras recuperaciones serán capaces de reabsorber con rapidez.

Salarios contenidos, consumo débil y un BCE vigilante

La evolución del mercado laboral alemán tiene también lectura europea. Con un paro aún relativamente bajo en el conjunto del bloque, el Banco Central Europeo ha podido mantener los tipos de interés en el 2% durante los últimos meses, en un equilibrio delicado entre controlar la inflación y no estrangular el crecimiento. Pero un enfriamiento adicional del empleo en Alemania cambiaría las coordenadas de ese debate.

En la actualidad, los salarios alemanes crecen a ritmos moderados y por debajo de los picos inflacionistas de los últimos años, lo que ayuda a contener las presiones de precios pero deprime el consumo interno. Con una tasa de paro del 6,3% y una subocupación que roza los 3,7 millones de personas, es difícil que los hogares se lancen a un gasto expansivo en bienes duraderos o vivienda. El resultado es un círculo vicioso: menos consumo, menos inversión y menos creación de empleo.

Si los próximos meses confirman la estabilización del paro cerca de estos niveles, el BCE se enfrentará a una disyuntiva incómoda: relajar la política monetaria para apoyar a la economía real —con el riesgo de reavivar la inflación— o esperar a que la mejora cíclica llegue por sí sola, al coste de aceptar un desempleo más alto durante más tiempo en la mayor economía del euro.