Tesla recorta de 2.900 a 7 millones un contrato clave de baterías
El ajuste con un proveedor surcoreano desploma su valor en Bolsa y evidencia la presión extrema sobre la cadena de suministro del coche eléctrico
El último movimiento de Tesla en su cadena de suministro de baterías ha sacudido al sector del vehículo eléctrico. La compañía de Elon Musk ha revisado prácticamente de arriba abajo un contrato valorado en 2.900 millones de dólares con un proveedor surcoreano de cátodos, reduciéndolo hasta apenas 7,3 millones. El recorte supone recortar más del 99,7% del volumen previsto y ha desencadenado un desplome bursátil de cerca del 70% en el fabricante asiático desde sus máximos de 2023.
El ajuste no es un episodio aislado, sino un síntoma de una industria bajo presión, obligada a revisar costes, capacidades y precios en un contexto de desaceleración del crecimiento de las ventas de eléctricos y de fuerte competencia global, especialmente desde China.
Al mismo tiempo, el movimiento coincide con la mirada de Musk hacia otros frentes: mientras Tesla aprieta a sus proveedores, el empresario prepara la esperada salida a Bolsa de SpaceX en 2026, llamada a ser una de las mayores OPV de la década. Entre la presión sobre el negocio del automóvil y las ambiciones espaciales, el mensaje a la industria de baterías es claro: la disciplina de costes se impondrá incluso a costa de contratos que parecían intocables.
Un megacontrato que se queda en casi nada
El dato central del caso habla por sí solo: un acuerdo inicialmente valorado en 2.900 millones de dólares se reduce a 7,3 millones, una cifra más propia de un suministro piloto que de un contrato estratégico a largo plazo. En términos relativos, el proveedor surcoreano pierde prácticamente la totalidad del volumen comprometido con Tesla.
El fabricante asiático, que había construido parte de su narrativa de crecimiento sobre este contrato, ha visto cómo esa expectativa se convertía en una especie de “espejismo contable”. El mercado ha reaccionado con dureza: la capitalización del grupo se ha recortado alrededor de un 70% desde los máximos de 2023, borrando varios miles de millones en valor en poco más de un año.
Detrás de esta revisión pueden confluir diversos factores:
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Ajuste de volúmenes de producción de determinados modelos.
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Revisión de la composición química de las baterías (por ejemplo, mayor peso de tecnologías LFP más baratas).
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Re-negociación de precios por kWh de capacidad suministrada.
En la práctica, Tesla envía un mensaje inequívoco a toda su cadena: los compromisos firmados en plena euforia del vehículo eléctrico no están blindados frente a la nueva realidad de márgenes más estrechos y demanda menos explosiva.
El golpe bursátil y el impacto en la familia propietaria
El impacto inmediato se ha concentrado en la compañía surcoreana y en su accionariado de referencia. La familia propietaria, que había visto cómo su patrimonio se multiplicaba tras la firma del contrato original, sufre ahora el efecto contrario: el desplome del 70% en Bolsa ha reducido de forma sustancial el valor de sus participaciones, recortando en pocos trimestres lo ganado durante los años de expansión acelerada.
Este tipo de episodios ponen de relieve el riesgo de concentración: cuando un contrato con un único cliente —en este caso, Tesla— representa una parte significativa de la cartera, la empresa queda expuesta a decisiones unilaterales que pueden cambiar por completo su perfil de negocio.
Para el tejido industrial surcoreano, el caso actúa como advertencia:
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Depender de uno o dos grandes fabricantes globales incrementa la vulnerabilidad.
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Los planes de inversión en nuevas fábricas de cátodos y materiales activos, que a menudo superan los centenares de millones de dólares, pueden quedar desfasados si el cliente reduce pedidos o cambia de tecnología.
En términos agregados, el ajuste obligará previsiblemente a revisar previsiones de ingresos, márgenes y capex del fabricante afectado y de parte de su cadena de subproveedores.
Una cadena de suministro sometida a estrés
El recorte del contrato debe leerse en el contexto de una cadena de suministro del vehículo eléctrico sometida a un estrés inédito. Tras varios años en los que la demanda crecía a tasas superiores al 40% anual, las ventas globales de coches eléctricos muestran ahora una desaceleración hacia ritmos más cercanos al 20%, según estimaciones de mercado, con notables diferencias por región.
Al mismo tiempo, la entrada masiva de fabricantes chinos con modelos más baratos, el ajuste de las primas ecológicas en Europa y la sensibilidad del consumidor al precio final han comprimido los márgenes. Para mantener su competitividad, Tesla necesita rebajar costes en cada eslabón de la batería, que sigue siendo el componente más caro del vehículo, con un peso que puede situarse entre el 30% y el 40% del coste total.
En paralelo, el mercado de materias primas ha vivido su propia montaña rusa:
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El litio ha pasado de máximos históricos a correcciones superiores al 50% desde 2022.
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El níquel y el cobalto han sufrido alta volatilidad por restricciones de oferta y decisiones geopolíticas.
Este entorno volátil da margen a fabricantes como Tesla para reabrir contratos firmados en la parte alta del ciclo y exigir precios más ajustados a las nuevas condiciones del mercado.
Corea del Sur, China y la batalla por el cátodo
El caso tiene también una lectura geoestratégica. Corea del Sur ha tratado de consolidarse como polo clave en la producción de materiales para baterías, compitiendo directamente con China en segmentos de alto valor añadido como cátodos NCM o NCA. Un contrato multimillonario con Tesla reforzaba esa apuesta. Su recorte, por el contrario, pone de manifiesto la fragilidad de esa posición.
Mientras tanto, los fabricantes chinos de materiales y celdas han ganado cuota apoyados en:
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Integración vertical con mineras y refinadores.
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Apoyos estatales y financiación preferente.
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Economías de escala en el mercado doméstico.
Es razonable interpretar el movimiento de Tesla también como un intento de diversificar suministros y de aprovechar la war price en curso entre proveedores asiáticos. Un fabricante con volúmenes por encima del 1,5 millón de vehículos eléctricos anuales dispone de un poder de negociación que pocos pueden igualar, lo que le permite imponer revisiones contractuales sin perder capacidad de suministro.
La estrategia de Musk: costes a la baja y apuesta espacial
Mientras el negocio del automóvil se ajusta, Elon Musk mantiene sobre la mesa otros proyectos que exigen capital y foco. La salida a Bolsa de SpaceX, prevista en el entorno de 2026 según los planes que manejan distintas casas de análisis, podría alcanzar una valoración superior a los 150.000 millones de dólares, situándola entre las mayores OPV de la década.
En ese contexto, preservar el cash flow de Tesla y mejorar sus márgenes se convierte en una prioridad doble:
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Sostener la inversión en nuevas plataformas y fábricas de vehículos y baterías.
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Reforzar el perfil financiero del grupo del que Musk es rostro visible, en un momento en el que los inversores evalúan su capacidad para gestionar varios gigantes a la vez.
La revisión drástica del contrato de cátodos puede interpretarse como un ejemplo de esa disciplina: se recortan compromisos heredados del ciclo alcista anterior y se reconfigura la estructura de costes para adaptarla a un entorno con crecimiento más moderado y mayor competencia.
Riesgos para la innovación en baterías
La otra cara del ajuste es su impacto posible en la innovación tecnológica. Los contratos de gran tamaño, de varios miles de millones, permiten a los proveedores acometer:
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Fábricas de nueva generación con capacidades superiores a los 50 GWh anuales.
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Programas de I+D en químicas avanzadas (alto níquel, bajo cobalto, nuevas estructuras cristalinas).
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Inversiones en procesos de reciclaje y economía circular de metales críticos.
Al recortar de forma tan agresiva un acuerdo de este tipo, el mensaje que reciben los proveedores es ambivalente: por un lado, la demanda final de baterías seguirá creciendo; por otro, los contratos pueden no ser tan previsibles como se pensaba.
El riesgo es que algunos fabricantes opten por retrasar inversiones o adoptar posiciones más conservadoras, lo que podría ralentizar la entrada en mercado de tecnologías que prometen:
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Mayor densidad energética.
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Carga más rápida.
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Menor dependencia de materiales críticos.
En todo caso, la presión competitiva y la entrada de nuevos actores hace improbable que el desarrollo tecnológico se detenga; más bien se redistribuirá geográficamente hacia quienes consigan firmar acuerdos más estables con los grandes fabricantes.
Señal de alerta para proveedores europeos
Aunque el epicentro del caso se sitúa en Asia, la decisión de Tesla tiene implicaciones para la industria europea de baterías y componentes. Los planes comunitarios para desplegar una capacidad de producción de baterías superior a los 500 GWh anuales a finales de la década descansan, en parte, en la firma de contratos de suministro de largo plazo con fabricantes de vehículos.
Si los proveedores perciben que incluso acuerdos multimillonarios pueden reducirse a una mínima expresión en cuestión de meses, será más complejo financiar nuevas plantas, especialmente en un entorno de tipos de interés más altos y mayor escrutinio del riesgo.
Para la Unión Europea, el episodio refuerza la necesidad de:
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Diversificar clientes más allá de uno o dos grandes nombres globales.
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Reforzar instrumentos públicos de garantía y financiación que permitan absorber mejor eventualidades contractuales.
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Acelerar el desarrollo de una cadena de valor propia, desde materiales refinados hasta reciclaje, para reducir la dependencia de decisiones tomadas en California, Seúl o Shenzhen.
Un sector que entra en fase de madurez turbulenta
El recorte del contrato surcoreano no es un simple ajuste contable; es una señal de que el vehículo eléctrico entra en una fase de madurez turbulenta. Tras años de crecimiento casi exponencial, el mercado se enfrenta ahora a:
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Consumidores más sensibles al precio final del vehículo.
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Competencia intensa en todos los tramos, del low cost al segmento premium.
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Exigencias regulatorias sobre huella de carbono y origen de materias primas.
En ese entorno, movimientos como el de Tesla serán cada vez más habituales: contratos que se reformulan, proveedores que pierden peso y nuevas alianzas que se tejen a velocidad de vértigo.
La foto de fondo, sin embargo, no cambia: el coche eléctrico sigue siendo el vector central de la descarbonización del transporte, y las baterías, con sus cátodos, ánodos y electrolitos, seguirán en el centro de la batalla industrial de la próxima década. Lo que este caso deja claro es que nadie, ni siquiera quienes firmaron acuerdos milmillonarios en pleno auge, tiene garantizado un lugar permanente en esa cadena.