La deuda de EEUU roza 39 billones: China ya no manda
La deuda federal estadounidense ha vuelto a cruzar una frontera psicológica: casi 39 billones de dólares. Y, sin embargo, el relato más repetido —“China financia a Washington”— ya no explica el fenómeno. Hoy, el verdadero sostén del Tesoro está dentro de casa: del ahorro nacional a los fondos de pensiones, pasando por la propia Reserva Federal.
El dato cambia el enfoque. En el gráfico de composición, la porción extranjera aparece grande en titulares, pero minoritaria en el balance: las tenencias foráneas rondan los 9,5 billones, frente a un volumen total cercano a 39. No es un matiz: es un cambio de poder.
El mito chino se desinfla con los números
El Tesoro no se sostiene en Pekín, sino en un entramado mucho más doméstico. A comienzos de abril, la deuda bruta se situaba en 38,98 billones, de los que 31,41 billones corresponden a deuda “en manos del público” (mercados) y 7,57 billones a deuda intragubernamental (contabilidad entre agencias y fondos federales).
En ese universo, China ya no encabeza nada: sus tenencias declaradas caen a 693.300 millones, lejos de los niveles de otra década. Japón, en cambio, mantiene el primer puesto exterior con 1,239 billones. Y el Reino Unido se consolida como segundo gran polo, con 897.300 millones, reflejo de Londres como plaza de custodia global tanto como de una “apuesta país”.
La deuda “entre agencias”: el bolsillo que no vota
Una quinta parte del endeudamiento federal no se negocia en Wall Street, pero condiciona igualmente la política fiscal. Es la deuda intragubernamental: la que acumulan fondos fiduciarios y cuentas públicas que compran Treasuries como activo “seguro” dentro del propio Estado.
El mayor acreedor interno, por volumen, suele ser el sistema de Seguridad Social: el fondo OASI llegó a acumular 2,4 billones en títulos, alrededor de un 33% del bloque intragubernamental en los últimos datos consolidados. Ese mecanismo, que durante años maquilló la percepción de solvencia, también anticipa un problema político: cuando la pirámide demográfica aprieta, esos mismos fondos pasan de comprar a necesitar liquidez.
La Reserva Federal, el comprador que lo cambia todo
Aquí aparece el actor más incómodo: la Reserva Federal. No es un inversor más, pero su balance marca el precio del dinero y, por tanto, el precio de financiar al Estado. A mediados de abril, la Fed mantenía 4,407 billones de dólares en Treasuries “held outright”.
“La paradoja es brutal: el Estado se financia a sí mismo a través de una institución independiente que, para estabilizar la economía, termina determinando cuánto cuesta sostener el propio déficit.” Cuando la Fed compra, estabiliza mercados y suaviza crisis; cuando reduce balance, exige que el resto del sistema absorba más papel en peores condiciones. Y esa transición —del ‘colchón’ monetario al mercado puro— es donde suelen nacer las sacudidas.
Japón lidera fuera… y lo usa como palanca
En el tablero exterior, Japón sigue siendo el acreedor número uno por un motivo simple: necesita activos líquidos, profundos y con apariencia de seguridad. De ahí su 1,2 billones en Treasuries.
Lo relevante no es solo el tamaño, sino el uso político potencial. En plena tensión comercial, el propio ministro de Finanzas japonés llegó a describir esas tenencias como una “carta” en conversaciones arancelarias con Washington. No anunció ventas, pero verbalizó algo que los mercados siempre temen: que la deuda estadounidense pueda convertirse en instrumento de negociación geopolítica.
Intereses: el impuesto silencioso que devora margen fiscal
El gran problema ya no es colocar deuda, sino pagarla sin asfixiar el presupuesto. En el ejercicio fiscal 2025, el “net interest on the public debt” superó por primera vez el billón y cerró en 1,028 billones, frente a un gasto total de 7,010 billones. Es decir, en torno al 15% del presupuesto federal se fue solo en intereses.
La presión continúa en 2026: en la primera mitad del año fiscal (hasta marzo), los pagos de intereses acumulaban 519.000 millones, un 6,1% más interanual, ya como segunda gran partida de gasto en varios tramos del calendario presupuestario.
2026: por qué un problema “americano” sacude al mundo
Cuando el coste de financiar a EEUU sube, sube el precio del dinero global: el Treasury sigue siendo el activo libre de riesgo de referencia. Si el mercado exige más prima —por déficit persistente, por incertidumbre política o por menor demanda estructural—, el impacto se traslada a hipotecas, crédito corporativo, emergentes y divisas. El diagnóstico es inequívoco: la deuda ya no es una cifra, es un canal de transmisión.
Y hay un detalle adicional: la “extranjerización” del riesgo no ha desaparecido, solo ha mutado. Que China reduzca exposición directa no elimina vulnerabilidad; la desplaza hacia centros financieros (Reino Unido), fondos privados y custodios globales, donde el dinero se mueve más rápido y con menos señal política previa. Por eso 2026 no se juega en un titular sobre Pekín, sino en la capacidad de EEUU de evitar que el mercado empiece a dudar del precio —y del ritmo— de su propia financiación.