Los futuros apuntan a subidas tras unos resultados sólidos

Wall Street se aferra a bancos y chips a la espera de nuevos datos

EPA/JOHN TAGGART

Los principales índices de Estados Unidos apuntan a una apertura mayoritariamente alcista este viernes, apoyados en una nueva tanda de resultados bancarios y en el impulso del sector de semiconductores. En las operaciones previas a la apertura, el Nasdaq avanza en torno a un 0,4%, el S&P 500 suma en torno a un 0,2% y el Dow Jones se mantiene prácticamente plano, reflejando un mercado que celebra los beneficios… pero no se fía del todo.

Wall Street se apoya en la banca y los chips

La sesión arranca bajo la inercia de un cierre claramente positivo el jueves. Los tres grandes índices terminaron en verde, impulsados por una combinación que el mercado valora especialmente: banca rentable y tecnológicas en máximos. La primera pieza llegó de la mano de Morgan Stanley y BlackRock, que presentaron crecimientos de ingresos de entre el 6% y el 8% interanual, apoyados en mayores comisiones por gestión de activos y un repunte en las operaciones de banca de inversión.

La segunda pieza fue el sector de semiconductores, que volvió a actuar como motor de riesgo tras los sólidos resultados de TSMC, el mayor fabricante de chips del mundo por volumen. Sus previsiones para 2026, con crecimientos de doble dígito en ventas ligadas a inteligencia artificial y centros de datos, dispararon a sus competidores y proveedores, arrastrando al alza al Nasdaq. En paralelo, valores como ASML —clave en la cadena de producción de chips avanzados— consolidaron la percepción de que la “nueva ola tecnológica” aún tiene recorrido en Bolsa. Sin embargo, el mensaje de fondo es claro: el mercado está dispuesto a pagar múltiplos exigentes solo mientras los beneficios acompañen.

Resultados de Morgan Stanley y BlackRock: más ingresos, menos margen de error

En el capítulo bancario, la atención se centró en dos nombres con un peso simbólico: Morgan Stanley, referencia en banca de inversión y gestión de patrimonios, y BlackRock, el mayor gestor de activos del mundo. Ambos presentaron crecimientos de ingresos que la calle llevaba meses exigiendo. Morgan Stanley habría mejorado sus ventas alrededor de un 7%, apoyada en una recuperación del negocio de fusiones y salidas a Bolsa tras dos años de sequía. BlackRock, por su parte, habría visto crecer sus ingresos un 5%-6%, impulsada por entradas netas en fondos de renta fija y ETFs de gestión pasiva.

Este hecho revela algo importante: los inversores institucionales han vuelto a mover capital hacia activos de riesgo, aunque de forma muy selectiva. No es un regreso indiscriminado al “todo vale” de los tipos cero, sino una rotación hacia productos con comisiones competitivas y exposición global. La consecuencia es clara: “Los beneficios han sido buenos, pero el listón está cada vez más alto”, admiten varios analistas. Con las acciones de la gran banca cotizando a ratios cercanos a 1,2 veces su valor en libros, cualquier tropiezo en comisiones, márgenes o calidad del crédito puede desencadenar correcciones rápidas.

TSMC y el tirón de los semiconductores hacia nuevos máximos

El otro gran catalizador de la sesión previa fue TSMC, cuyo impacto trasciende la Bolsa de Taipéi. La compañía dio una guía para el ejercicio que refuerza el relato de una segunda ola de inversión en chips ligados a la inteligencia artificial, con incrementos esperados de ingresos de entre el 15% y el 20% si se cumplen sus previsiones internas. Ese optimismo se trasladó de inmediato a todo el ecosistema de semiconductores: desde diseñadores de chips hasta fabricantes de equipos, entre ellos ASML, que figura en las carteras de muchos gestores estadounidenses a través de sus ADR.

Lo más relevante para Wall Street no es solo el crecimiento, sino la visibilidad de la inversión tecnológica a medio plazo. Grandes plataformas de nube, fabricantes de hardware y grupos de defensa han comprometido presupuestos plurianuales para reforzar capacidad de cálculo, lo que garantiza pedidos recurrentes a la cadena de semis. El contraste con sectores más cíclicos —como consumo discrecional o construcción— resulta demoledor. Mientras estos últimos pelean por mantener volúmenes, los chips ligados a IA y automatización operan en un entorno de demanda casi inelástica. La otra cara de la moneda es el riesgo: una parte creciente del rally del Nasdaq descansa sobre un puñado de nombres, lo que aumenta la fragilidad del índice ante cualquier decepción puntual.

Datos clave en la agenda: industria y ladrillo a examen

La fiesta de resultados se cruza hoy con la realidad macro. El mercado espera los datos de producción industrial de diciembre con un ligero avance, en torno al 0,2%-0,3% mensual, tras varios meses de cifras planas. Un dato en esa banda confirmaría la narrativa de una economía que no vuela, pero tampoco se frena de golpe. Un dato negativo, en cambio, reavivaría los temores a que la fortaleza de la Bolsa esté desconectada del pulso manufacturero.

Casi igual de importante será el NAHB Housing Market Index de enero, referencia clave para medir la confianza de los promotores hipotecarios y constructores en el mercado residencial. Tras tocar mínimos el año pasado por las subidas de tipos, el indicador se mueve ahora en la zona de 40-45 puntos, aún por debajo del umbral de 50 que separa la expansión del pesimismo. Si la lectura mejora, el mensaje será que la caída de las hipotecas desde niveles cercanos al 8% hacia el entorno del 6,5%-7% ha comenzado a aliviar al sector. Si decepciona, el riesgo es que el “ladrillo” vuelva a convertirse en el eslabón débil de la economía estadounidense, con impacto directo en empleo, consumo y demanda de crédito.

La Reserva Federal, en el centro de todas las quinielas

Detrás de cada dato y cada resultado late siempre la misma pregunta: ¿qué hará la Reserva Federal? Tras llevar los tipos oficiales a la banda más restrictiva de las últimas cuatro décadas, el banco central ha logrado enfriar la inflación desde tasas superiores al 9% hasta niveles cercanos al 3%, pero aún por encima del objetivo del 2%. El mercado de futuros descuenta ya varios recortes de tipos a lo largo de 2026, con una primera bajada que muchos sitúan en la primera mitad del año.

Sin embargo, la Fed ha repetido que no quiere un “falso amanecer” en su batalla contra la inflación. Un dato de producción industrial robusto, combinado con un mercado laboral todavía tenso, podría empujar al banco central a mantener los tipos altos durante más tiempo, enfriando las expectativas de recortes agresivos. Lo más grave para las Bolsas sería un escenario en el que la inflación repunta ligeramente mientras el crecimiento se debilita: la clásica “estanflación suave” que ningún banco central quiere ver escrita negro sobre blanco. Por ahora, la narrativa oficial sigue siendo la de un aterrizaje suave, pero el margen de maniobra se estrecha.

El pulso del consumo y el riesgo para los beneficios corporativos

Más allá de la banca y los chips, los gestores miran con atención al consumo estadounidense, responsable de cerca del 70% del PIB. Las grandes cadenas minoristas han advertido de una normalización del gasto tras el exceso de ahorro acumulado en la pandemia, y las encuestas de confianza apuntan a hogares cada vez más sensibles al precio. En este contexto, muchas compañías han tenido que elegir entre proteger márgenes o preservar volumen, una decisión que se refleja ya en sus guías de beneficios.

La consecuencia directa es una brecha creciente entre ganadores y perdedores en Bolsa. Empresas con poder de fijación de precios, modelos de negocio escalables y baja intensidad de capital siguen batiendo al mercado. En cambio, sectores con costes fijos elevados, alto apalancamiento o dependencia de un consumidor frágil sufren recortes de recomendación. “El mercado ha dejado de comprar historias; exige flujos de caja reales y disciplina en el capital”, señalan varias casas de análisis. Si los próximos trimestres confirman una desaceleración del crecimiento de beneficios desde tasas del 8%-10% hacia el 4%-5%, la volatilidad volverá con fuerza.

Divisas en calma tensa: un euro estable frente a un dólar fuerte

En el mercado de divisas, el euro se mantiene prácticamente plano frente al dólar, en el entorno de 1,16 dólares por euro, una cota intermedia que refleja un cierto equilibrio entre las expectativas sobre la Fed y el BCE. Para los inversores estadounidenses, un dólar todavía fuerte tiene un efecto mixto: penaliza los beneficios de las multinacionales al convertir ingresos generados en el exterior, pero contiene el coste de las importaciones y ayuda a moderar la inflación.

La calma aparente en el cruce euro-dólar contrasta con períodos recientes en los que movimientos de 5%-7% en pocas semanas reordenaban por completo estrategias de inversión. El contraste con otras divisas —como el yen o algunas monedas emergentes— resulta evidente: mientras estas sufren la combinación de tipos altos en Estados Unidos y menor apetito por riesgo, el euro se sostiene en la expectativa de que el BCE mantendrá políticas relativamente restrictivas durante algo más de tiempo. Para Wall Street, un entorno de divisa estable facilita la lectura de resultados y reduce una fuente de volatilidad… pero no elimina el foco principal: la trayectoria de los beneficios en dólares.