Rubio cierra Epic Fury y escolta 1.550 barcos en Ormuz

Washington vende “misión defensiva”, pero convierte el estrecho en un ultimátum a Irán y abre, a la vez, un nuevo frente hemisférico con Cuba.
Marco Rubio en conferencia desde el Comando Sur (SOUTHCOM) anunciando el fin de la Operación Furia Épica y nuevas medidas contra Irán y Cuba.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Rubio cierra Epic Fury y escolta 1.550 barcos en Ormuz

Marco Rubio ha dado por concluida la fase ofensiva de Operation Epic Fury y ha presentado Project Freedom como una operación “separada” y orientada a reabrir el Estrecho de Ormuz, donde esperan más de 1.550 buques y unos 22.500 marineros.
El giro no rebaja la presión: Estados Unidos mantiene que Irán está “ahogando” el comercio mundial y vincula la reapertura del paso —por donde circulaba alrededor del 20% del petróleo y gas global antes del conflicto— a la negociación nuclear.
En paralelo, Rubio endurece el discurso sobre Cuba, con la crisis energética y la presencia de potencias rivales como telón de fondo, elevando el pulso a “seguridad nacional” a 90 millas de Florida.

De la guerra “relámpago” a la escolta permanente

Rubio ha verbalizado un cambio de etapa: “Epic Fury… estamos ya en el Proyecto de Libertad”, dijo, subrayando que la fase ofensiva ha terminado. El matiz importa porque no implica retirada, sino reempaquetado. Washington quiere desligar la nueva operación del debate interno sobre poderes de guerra y venderla como una intervención acotada, defensiva y “humanitaria”.

La consecuencia práctica es otra: el Estrecho de Ormuz se convierte en un escenario de fricción cotidiana. Si el alto el fuego se sostiene “por debajo del umbral”, como repite el Pentágono, el riesgo deja de ser un bombardeo masivo y pasa a ser un accidente, un dron, un misil costero o una mala lectura en un corredor saturado.

Ormuz: el atasco de 22.500 marineros que cotiza en el barril

La Casa Blanca ha puesto cifras al bloqueo: 22.500 marineros y más de 1.550 barcos aguardando paso. Rubio elevó el tono con una imagen deliberadamente cruda: marineros “que podrían morir de hambre” si la situación se prolonga.

Pero Ormuz no se explica por dramatismo, sino por economía. Antes de esta crisis, el estrecho canalizaba alrededor del 20% de los suministros mundiales de petróleo y gas. Cada día de bloqueo introduce prima de riesgo: fletes, seguros, desvíos, combustible más caro. Y esa prima es pegajosa: puede bajar en una sesión, pero tarda semanas en desaparecer de contratos y logística. Lo más grave es el efecto dominó: energía cara, industria bajo presión y bancos centrales más incómodos.

“Favor al mundo”, pero con dedo en el gatillo

El relato oficial insiste en que Project Freedom es “un favor al mundo” porque Estados Unidos es “el único” capaz de proyectar poder en esa zona. Es una forma de decir que la operación tiene destinatario: aliados que dependen del paso y que no quieren aparecer como beligerantes. En términos reales, la escolta se mueve en una línea fina: cada convoy es disuasión y, a la vez, provocación potencial.

La tensión se palpa en el terreno. El Reino Unido informó de un carguero alcanzado por “un proyectil desconocido” en el estrecho, un recordatorio de que la reapertura no es un trámite, es una operación en zona caliente. En paralelo, Irán ensaya su propia narrativa, rebautizando Project Freedom como “Project Deadlock”. El choque de nombres anticipa el choque de legitimidades.

La palanca nuclear como condición de navegación

Washington ha vinculado abiertamente la navegación a la negociación nuclear: “¿Qué harían si tuvieran un arma nuclear?”, planteó Rubio. El mensaje es inequívoco: la reapertura de Ormuz no es solo seguridad marítima; es presión estratégica para encarrilar un acuerdo en términos estadounidenses.

Este hecho revela una apuesta arriesgada: convertir un cuello de botella comercial en herramienta de negociación. Si funciona, Estados Unidos se atribuye la estabilidad; si falla, el precio lo paga el mercado. Y el mercado ya se comporta como si el riesgo fuese estructural. Con el petróleo oscilando en niveles tensos y la cadena logística alterada, la economía global vuelve a depender de una geografía de pocos kilómetros de ancho.

Cuba, “Estado fallido” y el regreso de la seguridad hemisférica

Mientras Oriente Medio monopoliza titulares, Rubio ha levantado otra bandera: Cuba. En Washington, el secretario de Estado ha descrito la isla como un “Estado fallido” sin economía real, con población en “miseria” y sin libertades, además de “país anfitrión” de adversarios. No es retórica inocua: enmarca la política hacia La Habana como amenaza cercana, no como dossier diplomático.

El contexto económico es explosivo. Cuba atraviesa una crisis energética sostenida por falta de combustible y red eléctrica deteriorada; AP recogió que un petrolero ruso entregó 730.000 barriles en marzo para aliviar parcialmente la situación. Washington, mientras tanto, endurece el cerco y convierte la energía en instrumento de presión regional.

Un Congreso en ebullición y una doctrina de “presión total”

La tensión no se juega solo fuera. Dentro, el Congreso empieza a tensionar los límites del Ejecutivo. En abril, el Senado rechazó por 51-47 un intento demócrata de obligar a Trump a pedir autorización para mantener o escalar el bloqueo energético sobre Cuba. El debate es de fondo: hasta dónde puede llegar una Administración en “hostilidades” sin pasar por el Capitolio, ya sea en el Golfo o en el Caribe.

La estrategia se parece demasiado en ambos frentes: estrangular económicamente al adversario, sostener que la misión es defensiva y exigir concesiones políticas a cambio de normalidad. El diagnóstico es inequívoco: Washington ha convertido el comercio —petróleo, fletes, energía— en herramienta de poder duro, y la factura de esa decisión se cuela en inflación, mercados y cadenas de suministro.

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