ITURRALDE: "EEUU quiere la destrucción total de Oriente Medio; todos los países van a ir cayendo"

El analista Alberto Iturralde revela en Negocios TV la estrategia de Estados Unidos para desestabilizar y reordenar Oriente Medio, utilizando tácticas bélicas, tecnológicas y políticas. Un análisis profundo sobre los intereses globales, el aprovechamiento de la crisis energética y los mecanismos de control social vinculados a la Inteligencia Artificial.
Captura del vídeo de Negocios TV con Alberto Iturralde durante la entrevista sobre la situación en Oriente Medio.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
ITURRALDE: "EEUU quiere la destrucción total de Oriente Medio; todos los países van a ir cayendo"

El guion de la guerra con Irán suele contarse en términos de victoria, disuasión y estabilidad energética. Alberto Iturralde lo desmonta y propone otro marco: una guerra diseñada para ser “perdida” y, a partir de ahí, convertir el caos en palanca geoeconómica. El analista, responsable en Operativa DAX, interpreta el endurecimiento del mensaje iraní —amenazas sobre uranio enriquecido, expulsión de Estados Unidos y “nuevo orden mundial”— como combustible perfecto para un plan mayor: un Golfo “inhabitable”, rutas encarecidas y un reajuste de poder donde el control de recursos valga más que la narrativa diplomática.

Guerra para “perder”: la tesis que invierte el relato

Iturralde parte de una idea provocadora: el conflicto “no tiene nada que ver con ser ganado”. Según su lectura, el mensaje más duro del nuevo liderazgo iraní no perjudica a Washington, sino que le facilita el paso siguiente: acelerar la degradación del entorno regional hasta que los Estados del Golfo “caigan como castillos de naipes”. Aquí el giro no es militar, sino administrativo: primero, gestionar; después, anexionar. En esa lógica, la escalada verbal sería funcional, no accidental.
La consecuencia es clara: si el objetivo no es estabilizar, la incertidumbre se vuelve un activo. Y un activo, en geopolítica, siempre se monetiza: en energía, en contratos de defensa y en control de fronteras. El diagnóstico, por incómodo que sea, apunta al mismo lugar: al final de la cadena, alguien cobra.

El gas como botín: plantas sin sentido que “ahora sí” encajan

El analista conecta el tablero bélico con una infraestructura concreta: plantas de licuefacción. Recuerda que cuando Estados Unidos empezó a construir capacidad de LNG en 2016, “no tenía ningún sentido”… hasta que llegó la guerra de Ucrania y Europa se convirtió en cliente cautivo. Su tesis es que el patrón se repite hacia Asia: nuevas plantas que parecían excesivas ahora encuentran justificación en la crisis iraní.
Este hecho revela un mecanismo clásico: primero se invierte, después se crea el contexto que vuelve imprescindible la inversión. En términos económicos, no hablamos de ideología, sino de reconversión de flujos energéticos y dependencia contractual a largo plazo. Si el Golfo se vuelve inestable, el comprador busca alternativa; si busca alternativa, el proveedor gana precio, poder y permanencia.

Ormuz como aduana: peajes, moneda y dependencia

En la pieza de Iturralde, el Estrecho de Ormuz no es un punto del mapa, sino una aduana política. Su lectura es que el cierre —o la amenaza creíble de cierre— beneficia a quienes pretenden asfixiar comercialmente al Golfo y obligar a pagar “peajes”. Introduce incluso un elemento monetario: sugiere que parte de esos pagos podrían estar haciéndose en yuanes, lo que añadiría una capa geofinanciera al conflicto.
No es un detalle menor: si el tránsito se encarece y cambia la moneda de referencia, se erosionan equilibrios que sostienen comercio, reservas y alianzas. La consecuencia es doble: el consumidor paga inflación y el Estado paga soberanía. Y, como suele ocurrir, la factura llega antes que la explicación.

Dark Eagle: un misil como anuncio de lujo

Cuando entra en el despliegue del misil hipersónico Dark Eagle, Iturralde no lo interpreta como necesidad defensiva, sino como escaparate. Lo dice sin rodeos: Estados Unidos “está muy necesitado de publicidad” para vender armamento a nuevos compradores, ya que el Golfo podría dejar de ser cliente natural. Su diana: Europa, Japón y Corea del Sur.
La comparación que lanza es demoledora en términos de coste: si un hipersónico ruso costara 3 o 4 millones de dólares, el estadounidense podría venderse por 30 millones la unidad y ser “100 veces menos útil”. “Hay que abrir el mercadillo y a ver quién es el tonto que compra, que seguramente va a ser europeo”. En clave económica, la guerra se convierte en feria tecnológica: se prueba, se etiqueta y se factura.

IA, Palantir y la tecnocracia del control

La parte más inquietante del análisis llega cuando vincula el conflicto con el auge de la inteligencia artificial. Para Iturralde, la guerra es un campo de pruebas total: desde targeting militar hasta herramientas de control social. Su explicación se apoya en una idea histórica: los sistemas de dominación siempre han sido tecnológicos; la diferencia ahora es la velocidad y la centralización.
Coloca a Palantir en el centro del tablero: la empresa como infraestructura para “centralizar el control” y, especialmente, para evitar “levantamientos ciudadanos” si Estados Unidos sacrifica recursos en un proyecto imperial. Y remata con una frase que explica el riesgo moral del modelo: “Luego te dirán que no son ellos, que es la inteligencia artificial”. La consecuencia es una política con coartada: la decisión se deshumaniza, pero el beneficio no.

Trump-Putin: reputación, alto el fuego y un presidente “títere”

Sobre la llamada entre Trump y Putin —y el posible alto el fuego del 9 de mayo— Iturralde reconoce importancia, pero duda del impacto real. Su argumento no es diplomático, es estructural: sostiene que Trump ejecuta un plan ajeno. En su formulación más cruda: “Donald Trump es un pelele… un títere”.
Ese enfoque introduce un elemento clave: el coste reputacional. Para Iturralde, ciertas decisiones pueden perjudicar la imagen del presidente, pero beneficiar un objetivo estratégico superior: reordenar el Golfo, forzar dependencias energéticas y abrir nuevos mercados armamentísticos. Si la reputación cae, se gestiona; si el plan avanza, se consolida. Lo más grave es el incentivo: cuando la política exterior se mide por ventas, control y acceso a recursos, la paz deja de ser fin y pasa a ser pausa.

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