Carlos Mamani revela por qué el acuerdo de Trump con Irán y Medio Oriente no será realidad, y el Dow Jones lo anota
La palabra “acuerdo” vuelve a sonar en Oriente Medio, pero con menos credibilidad que nunca. En el Foro Económico Internacional de San Petersburgo, Carlos Mamani desmonta la narrativa de un supuesto pacto entre Donald Trump e Irán: no hay arquitectura, no hay garantes, no hay incentivos alineados. Lo que hay es presión cruzada, un tablero regional lleno de vetos y un orden mundial que se resquebraja por varios puntos a la vez.
El espejismo es peligroso porque anestesia. Hace creer que la crisis está contenida cuando, en realidad, está administrada.
Mamani parte de una idea incómoda: un tratado de paz sostenible requiere algo más que un comunicado. Requiere verificación, calendario, ceses de hostilidades y, sobre todo, una ecuación de seguridad que incluya a los actores que pueden sabotearlo. En Oriente Medio, ese mínimo rara vez se cumple. Si el acuerdo depende de dos capitales pero el terreno lo decide un tercero, el pacto es papel mojado.
El analista lo resume con crudeza: “la paz oficial” suele servir para ganar tiempo, no para cambiar el tablero. En términos prácticos, cualquier pacto que ignore el factor Israel —y la autonomía estratégica de su liderazgo— nace con una grieta. Y una grieta en la región se convierte, en cuestión de días, en prima de riesgo: petróleo, seguros marítimos, rutas y financiación.
El unipolarismo no se rinde, pero ya no manda solo
El marco global es el verdadero protagonista del diagnóstico. Mamani sostiene que el unipolarismo occidental —el bloque angloamericano— sigue intentando gobernar la agenda, pero ya no tiene monopolio de legitimidad ni de palancas. El mundo multipolar emerge con más voz desde Asia y América Latina, y esa resistencia convierte cada intervención en un problema de coste y reputación.
La consecuencia es clara: la hegemonía se encarece. No basta con declarar una línea roja; hay que sostenerla, financiarla y convencer. En 2026, esa combinación es más difícil porque la fragmentación ya no es excepción: es norma. Y cuando el orden deja de ser vertical, los conflictos regionales dejan de ser “locales”: se vuelven escenarios de competencia sistémica.
La Euro-OTAN y la “ucranización” de Europa
Mamani introduce un término que duele en Bruselas: “ucranización”. No solo como guerra, sino como transformación estratégica forzada: más gasto militar, más dependencia de cadenas de suministro de defensa y una política exterior cada vez más condicionada por el frente oriental. El relato oficial habla de seguridad; el efecto real incluye fatiga social y tensión presupuestaria.
Europa, además, convive con una paradoja: se le pide autonomía estratégica mientras se la empuja a decisiones de bloque. El objetivo del 2% del PIB en defensa se queda corto cuando la amenaza se percibe estructural, pero subirlo implica recortar en otra parte. En esa tensión, la OTAN funciona como paraguas y como corsé. Y Rusia, como factor que justifica la permanencia del estado de excepción.
Irán en terreno: el “bochorno” y la disuasión asimétrica
El punto más provocador del análisis es el “bochorno internacional”: la capacidad iraní de proyectar fuerza y penetración regional mientras Washington aparece atado por límites políticos, electorales y de opinión pública. No es que Estados Unidos sea débil; es que la disuasión ya no se juega solo en portaaviones, sino en redes, proxies, inteligencia y resistencia económica.
“Lo que se presenta como negociación es, en realidad, un intento de congelar daños sin alterar el equilibrio real. Irán no firma para rendirse; firma para consolidar espacio. Y eso, en Occidente, cuesta admitirlo”, apunta Mamani en una lectura que desplaza el foco del titular al mecanismo.
En ese entorno, cada “acuerdo” se convierte en un alto el fuego informal de 60 días que estira el tiempo sin resolver el conflicto.
Netanyahu, el actor que desordena el guion de Washington
Aquí está la pieza que, según Mamani, vuelve inviable el relato de una paz dirigida desde la Casa Blanca: Israel opera con objetivos propios. Y el liderazgo de Netanyahu —con agenda interna y estrategia regional— puede condicionar, acelerar o bloquear cualquier marco diplomático estadounidense.
El efecto es doble. Primero, táctico: acciones sobre el terreno que cambian condiciones de negociación. Segundo, político: deja a Washington en una posición de reacción constante, obligado a sostener una narrativa de control mientras gestiona crisis sucesivas. Por eso el “pacto Trump-Irán” aparece como espejismo: porque el orden regional no lo decide un despacho, lo decide el equilibrio de poder y la capacidad de imponer costes. Y, en esa ecuación, Israel no es un invitado: es un factor determinante.
La economía global no necesita una guerra abierta para dañarse: le basta la incertidumbre sostenida. Si el estrecho de Ormuz —por donde transita cerca del 20% del petróleo marítimo mundial— entra en zona de fricción prolongada, el impacto llega por tres vías: energía, logística y confianza. Y cuando la confianza cae, los mercados descuentan crecimiento menor y tipos más tensos.
Ahí aparece el termómetro bursátil: el Dow Jones no vota, pero sí refleja el coste industrial del riesgo geopolítico. Una paz creíble estabiliza; un espejismo encarece. Y en 2026, la gran batalla no es solo por firmar acuerdos: es por sostener credibilidad en un orden mundial que ya no se deja dirigir con un único mando.