Amazon impulsa la minería biológica en Arizona para potenciar su dominio en Inteligencia Artificial
La carrera por la inteligencia artificial no solo se libra en los laboratorios y en la nube. También se está decidiendo, literalmente, en el subsuelo de Arizona. Amazon Web Services (AWS) ha cerrado un acuerdo de dos años con Rio Tinto para comprar cobre producido mediante bioextracción en la mina Johnson Camp, el primer nuevo proyecto de cobre operativo en Estados Unidos en más de una década. Este metal alimentará parte del cableado, transformadores y equipos que sostienen los centros de datos de la compañía, mientras la demanda de cobre ligada a la IA se dispara a un ritmo que amenaza con tensar el mercado global. El mensaje es doble: Amazon quiere garantizarse suministro en un contexto de escasez anunciada y, al mismo tiempo, vestir su cadena de valor con la etiqueta de “baja huella de carbono”.
La operación que une minas y nube
El acuerdo convierte a Amazon en el primer gran cliente de Nuton, la tecnología de bioextracción desarrollada por Rio Tinto para recuperar cobre de minerales de baja ley y escombreras que antes no eran rentables.
No se trata de un detalle menor: la propia industria reconoce que gran parte de los yacimientos fáciles ya están explotados, y el futuro pasa por minerales más pobres, más profundos y más caros.
Según las cifras facilitadas por la propia compañía, la mina de Johnson Camp aspira a producir alrededor de 14.000 toneladas de cátodos de cobre en cuatro años, una cantidad modesta frente a las necesidades globales, pero clave como demostración tecnológica.
Para Amazon, el volumen importa menos que la señal: la empresa quiere mostrar que puede reconfigurar su cadena de suministro de materiales críticos del mismo modo que ya hizo con la energía, firmando contratos a largo plazo para asegurar electricidad barata y renovable para sus centros de datos.
En paralelo, AWS pondrá a disposición de Rio Tinto sus servicios en la nube para monitorizar el proceso, analizar datos de operación y optimizar la producción en tiempo real. La jugada cierra el círculo: la IA que devora cobre se pone a trabajar, precisamente, para extraer más cobre de forma más eficiente. Minería como cliente y, a la vez, como campo de pruebas comercial.
Cobre bioextraído: cómo funciona realmente
La “minería biológica” que Amazon quiere incorporar a su cadena de valor se basa en un principio simple: aprovechar microorganismos capaces de oxidar los sulfuros metálicos y liberar el cobre a una solución ácida de la que luego puede recuperarse el metal.
En lugar de hornos, altas temperaturas y grandes emisiones, el proceso se apoya en pilas de mineral sobre las que se hace percolar una solución rica en bacterias especializadas.
En la práctica, la bioextracción presenta varias ventajas frente a la metalurgia convencional:
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Menores emisiones de CO₂ y de gases tóxicos como el dióxido de azufre.
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Menor consumo energético al evitar etapas de concentración y fundición.
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Posibilidad de recuperar metal de minas cerradas, colas de tratamiento y escombreras, reduciendo pasivos ambientales históricos.
Sin embargo, la cara B también existe. La bioextracción requiere soluciones ácidas muy agresivas y un control exquisito para evitar filtraciones a aguas subterráneas. Además, el proceso es más lento que la fundición tradicional, lo que obliga a inmovilizar grandes volúmenes de mineral durante largos periodos. El diagnóstico de los expertos es claro: la tecnología es más limpia en términos relativos, pero está lejos de ser neutral.
Arizona, laboratorio de la nueva minería
Arizona se ha convertido en el lugar donde convergen tres vectores estratégicos: mineral abundante, presión social y regulatoria para reducir el impacto ambiental, y una explosión de demanda de infraestructura digital en el suroeste de Estados Unidos.
La mina Johnson Camp, reactivada con la tecnología Nuton, opera sobre materiales de baja ley que antes habrían quedado como residuos. La propia Rio Tinto defiende que el proceso permite obtener cobre con una huella de carbono sensiblemente inferior a la media de la industria y con menos consumo de agua, un recurso cada vez más escaso en la región.
En paralelo, Arizona vive un auge de proyectos de centros de datos y fábricas de semiconductores, impulsados por incentivos fiscales y por la intención de Estados Unidos de reducir su dependencia de Asia en tecnología crítica. Este cruce de caminos convierte al estado en un banco de pruebas global: si la combinación de minería biológica y grandes plataformas en la nube funciona aquí, el modelo podría exportarse a otros polos mineros en América Latina, África o Australia.
Lo más revelador es que el experimento no se limita al cobre. Las investigaciones en biominería apuntan también a níquel, cobalto y tierras raras, los otros tres pilares silenciosos de la revolución digital y energética.
La fiebre del cobre que desata la inteligencia artificial
La operación de Amazon no se entiende sin el contexto de fondo: una tormenta perfecta de demanda de cobre. Informes recientes calculan que el consumo ligado a centros de datos podría ascender a entre 330.000 y 420.000 toneladas adicionales en 2030, con la IA representando ya más de la mitad de ese incremento.
Otra estimación, aún más contundente, sitúa el uso anual de cobre de los centros de datos en torno a 1,1 millones de toneladas para 2030, cerca del 3% de la demanda mundial, con instalaciones hiperescalables que pueden llegar a requerir hasta 50.000 toneladas por centro.
La consecuencia es clara: en un mercado donde la demanda total podría crecer un 50% hasta 2040, el riesgo de estrangulamientos y de subidas de precios se vuelve estructural.
El contraste con la escala del acuerdo de Amazon resulta elocuente. Incluso si el 100% de la producción de Johnson Camp se dedicara a sus centros de datos, el volumen cubriría solo una fracción mínima de sus necesidades a nivel global. Pero, de nuevo, el movimiento no va solo de toneladas: va de asegurar prioridad en el acceso a un material que puede convertirse en cuello de botella geopolítico en la próxima década.
Promesa “verde” frente a un legado de alto impacto
El discurso oficial del proyecto se centra en la sostenibilidad. La combinación de bioextracción y suministro doméstico en Estados Unidos permite a Amazon afirmar que su cobre es “de baja huella de carbono” y menos expuesto a controversias sociales que las minas de otras regiones del mundo.
No obstante, el legado de la minería del cobre en Arizona y otros estados del cinturón minero norteamericano es pesado: acuíferos comprometidos, paisajes alterados y comunidades que arrastran décadas de conflictos con las grandes compañías. La clave estará en cómo se gestionen aspectos como:
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La calidad del agua en torno a las pilas de lixiviación.
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La rehabilitación de escombreras históricas.
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La participación real de las comunidades locales en la toma de decisiones.
La etiqueta “verde” se agota rápidamente si el territorio percibe que solo cambian las bacterias, pero no las reglas del juego. De momento, el proyecto arranca con un relato atractivo para inversores y reguladores, pero bajo la lupa de organizaciones ambientales que recuerdan que la mejor minería es, sencillamente, la que evita consumo innecesario de recursos.
Los riesgos de dependencia y de “greenwashing” tecnológico
Más allá del caso concreto de Arizona, la estrategia de Amazon encierra un precedente relevante: una Big Tech que empieza a bajar en la cadena de valor hasta el origen físico de los materiales que alimentan su nube. El paralelismo con la integración vertical de la industria automovilística del siglo XX no es casual.
Este movimiento plantea tres riesgos evidentes:
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Concentración de poder: si las grandes plataformas se aseguran contratos preferentes con productores “limpios”, otros actores —incluidas pequeñas y medianas empresas tecnológicas— podrían quedar relegados a suministros más caros o con peor perfil ambiental.
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Greenwashing sofisticado: un puñado de proyectos emblemáticos puede servir para mejorar indicadores de sostenibilidad corporativa, mientras el grueso del consumo de materias primas sigue dependiendo de minería convencional con impactos mucho mayores.
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Dependencia tecnológica cruzada: la propia minería empieza a basar su competitividad en servicios de nube e IA de los mismos gigantes que compran su producción, creando relaciones de dependencia difíciles de revertir.
El diagnóstico es inequívoco: la narrativa de innovación verde convive con una pugna silenciosa por controlar los puntos críticos de la cadena de suministro de la IA. Lo que hoy parece un acuerdo experimental puede ser, mañana, el estándar exigido por los mercados financieros para seguir financiando proyectos mineros.