¿Hay burbuja en la Inteligencia Artificial? Oportunidades y riesgos para inversores en 2026
La posible burbuja en IA, el papel de Europa y el tirón de los emergentes reabren el debate clave: cómo invertir cuando el mercado mezcla euforia y miedo
La pregunta se repite en despachos de banca privada y en las carteras de pequeños ahorradores: ¿es 2026 un buen año para lanzarse a la Bolsa o conviene ir con el freno de mano echado? En la última entrega de Ponte en Acción, varios gestores de referencia han diseccionado el escenario: una posible burbuja en Inteligencia Artificial (IA), un mercado europeo que intenta sacudirse la etiqueta de “rezagado” y unos emergentes que vuelven a seducir con más rentabilidad… y más riesgo. Todo ello con la vieja discusión de fondo: gestión activa o pasiva. La sensación compartida es que el ciclo no admite recetas simples: ni todo vale en IA, ni todo está caro en Bolsa, pero el margen para equivocarse se ha estrechado. En 2026, más que nunca, la clave está en cómo se entra, cuánto se arriesga y quién está al mando de la cartera.
2026: oportunidad… pero con suelo resbaladizo
El punto de partida no es menor: la renta variable global llega a 2026 tras varios años con retornos de doble dígito. Muchos índices ligados a tecnología e IA acumulan subidas superiores al 40% en apenas dos ejercicios, mientras el inversor medio se pregunta si no está entrando cuando la música empieza a sonar más baja.
Francisco Simón, responsable europeo de estrategia de asset allocation en Santander Asset Management, insiste en que el debate no es de miedo, sino de información: “No se trata de huir de la Bolsa, sino de entender qué parte de las subidas responde a beneficios reales y qué parte a pura narrativa”. En su diagnóstico, 2026 no es necesariamente “el año de la gran caída”, pero sí un periodo en el que la dispersión entre ganadores y perdedores será mucho más brutal que en ciclos anteriores.
La consecuencia es clara: quien entre ahora en renta variable sin un análisis mínimo puede confundir “estar en Bolsa” con estar expuesto a los segmentos más tensos del mercado, sin saberlo. Y ese es el caldo de cultivo perfecto para las decepciones.
La supuesta burbuja de la IA, bajo la lupa
La gran incógnita se llama Inteligencia Artificial. ¿Estamos ante una nueva burbuja tipo “puntocom” o ante un cambio estructural que apenas empieza? Simón lo resume en dos cifras: en algunos índices sectoriales, el peso de compañías ligadas a IA supera ya el 25% de la capitalización, y las valoraciones descuentan crecimientos de beneficios de más del 15% anual durante la próxima década.
Lorenzo González, head of Iberia en DNB Asset Management, alerta contra el salto irreflexivo: “Subirse al carro de la IA solo porque ha subido es la forma más rápida de pagar la fiesta de otros”, advierte. Pero añade un matiz incómodo: “Cada gran revolución tecnológica ha parecido cara al principio. Quien esperó a que ‘se desinflara’ internet se quedó fuera del movimiento secular”.
El punto en común entre ambos gestores es que no toda IA es igual. Distinguen entre empresas con flujo de caja, patentes y clientes reales, y valores que solo venden “historia”. En 2026, el riesgo no es tanto que el sector desaparezca como que parte de los nombres más de moda sufran correcciones del 30%-40% si las expectativas se desinflan. La burbuja, si existe, no sería de tecnología en general, sino de promesas sin respaldo.
El termómetro del inversor en Andalucía: más cautela, menos espuma
Lejos de los grandes despachos, el pulso real del ahorrador lo mide el día a día en oficinas y visitas. Desde A pie de campo, Miguel Ángel Fernández, private banker de ABANCA Banca Privada, constata un cambio de tono en los clientes andaluces: “Se habla mucho de IA en la tele, pero cuando llega el momento de invertir, la pregunta es si no será otra moda como tantas”.
Según su experiencia, más del 60% de los nuevos clientes con los que trabaja pide estrategias “defensivas” o mixtas, no carteras ultraagresivas centradas en tecnología. El recuerdo de correcciones recientes y la volatilidad diaria han generado una suerte de “prudencia aprendida”. “Empiezan a valorar más la consistencia a cinco años que el golpe de suerte en seis meses”, explica.
Este hecho revela un movimiento de fondo: lejos de la caricatura del pequeño inversor persiguiendo la última moda, una parte creciente del ahorro en regiones como Andalucía busca renta variable, sí, pero con amortiguadores: fondos flexibles, mixtos, estrategias con coberturas y exposición gradual a sectores de crecimiento. Es una señal de madurez que contrasta con ciclos anteriores, dominados por la euforia.
Europa deja de ser el rezagado obligado
En ese contexto, Europa aparece en la tertulia no como el “mal necesario” al que se asigna lo que sobra, sino como un bloque con palancas propias de crecimiento. Juan Ramón Caridad, director de clientes estratégicos en Pictet AM para Iberia y Latam, subraya que el continente empieza a moverse en áreas donde antes iba a remolque: “Defensa, transición energética y reindustrialización no son ya palabras en un PowerPoint; empiezan a ser capex real”.
Los datos lo avalan: en los últimos tres años, el gasto europeo en defensa ha crecido por encima del 5% anual, y los compromisos de inversión en renovables y redes superan los 600.000 millones de euros a 2030. Sectores como infraestructura, lujo, industria avanzada o salud ofrecen dinámicas de beneficios más estables y menos dependientes de narrativas de moda.
Caridad insiste en que el error ha sido mirar Europa solo a través de su índice general, muy bancarizado y con peso en sectores maduros: “Dentro del viejo continente hay nichos de crecimiento sostenible que nada tienen que envidiar a otros mercados desarrollados, siempre que se sepa dónde mirar”. El mensaje implícito es claro: Europa puede ser parte del motor de la cartera, no solo el contrapeso conservador.
Mercados emergentes: más premio, más nervios
Si Europa aporta equilibrio, los mercados emergentes siguen siendo el territorio donde el binomio rentabilidad-riesgo se estira al máximo. Caridad recuerda que, a largo plazo, muchas economías emergentes han crecido al doble de ritmo que las desarrolladas, pero con trayectorias plagadas de sobresaltos.
En 2026, el atractivo se concentra en tres frentes: demografía favorable, clases medias en expansión y transición energética, que obliga a asegurar materias primas clave presentes en Latinoamérica, Asia y África. Sin embargo, la volatilidad política, la dependencia de flujos externos y los vaivenes de divisa convierten la inversión en emergentes en un ejercicio de resistencia mental. “No son mercados para quien se pone nervioso con caídas del 15% en pocos meses”, coinciden los gestores.
Para los expertos de Ponte en Acción, la forma más sensata de abordarlos pasa por vehículos diversificados y gestión profesional, no por apuestas aisladas en países o empresas de moda. En otras palabras: los emergentes siguen siendo una fuente de alfa potencial, pero exigen horizontes de al menos 5-7 años y tolerancia alta al ruido.
Gestión pasiva vs activa: el falso dilema
El debate entre gestión pasiva y gestión activa vuelve a aparecer, pero ya no como una guerra de religiones. Los expertos reconocen las virtudes de los índices: costes muy bajos, transparencia y acceso inmediato a grandes mercados. En un entorno en el que casi un 50% de los flujos globales se canalizan vía productos pasivos, ignorarlos sería irreal.
Sin embargo, Simón y González coinciden en que 2026 no es un año “fácil” para la pura pasiva. En sectores como IA, emergentes o temáticas complejas, el riesgo de concentrar demasiado peso en los nombres más caros es evidente. “Un índice nunca se baja del tren antes de que descarrile; lo hace con el resto de los pasajeros”, ironizan. La gestión activa, bien ejecutada, permite reducir exposición a burbujas incipientes, aprovechar ineficiencias y ajustar el riesgo a la realidad de cada cliente.
La síntesis que emerge es pragmática: combinar ambas. Utilizar productos pasivos para construir el “esqueleto” de la cartera (grandes índices globales, renta fija core) y apoyarse en estrategias activas para los satélites más complejos: IA, emergentes, crédito corporativo o temáticas de nicho. No se trata de elegir bando, sino de saber dónde cada enfoque aporta más valor.