Musk sentencia 2036: el 90% de los kilómetros los conducirá la IA

El empresario vuelve a prometer el salto masivo al coche autónomo y liga la próxima década a robotaxis, humanoides y una posible OPV de SpaceX.

Elon Musk hablando en el Foro Económico Mundial, EPA/GIAN EHRENZELLER
Elon Musk hablando en el Foro Económico Mundial, EPA/GIAN EHRENZELLER

“En diez años, el 90% de la distancia la conducirá la IA”, insistió Elon Musk. Lo más grave no es la cifra, sino el cambio cultural: conducir pasaría a ser un lujo. La industria ya mide el futuro en kilómetros automatizados, no en promesas. Pero el salto exige resolver responsabilidad, regulación y fallos en condiciones reales. Y, de paso, Musk dejó otra pista: SpaceX podría salir a bolsa “pretty soon”.

El 90% como eslogan y el miedo a quedarse atrás

Musk trasladó su pronóstico al Samson International Smart Mobility Summit, celebrado en Tel Aviv, donde intervino por videollamada. Su tesis es nítida: en 2036, la conducción manual será “un nicho” y, por tanto, un bien aspiracional más que un servicio cotidiano. “Será una cosa bastante de nicho conducir tu propio coche”, vino a resumir.
Este hecho revela una estrategia recurrente: fijar un horizonte simple —10 años— para ordenar expectativas de mercado, atraer talento y presionar a reguladores. Sin embargo, la historia pesa. Existe incluso un registro público de predicciones pasadas sobre la autonomía de Tesla, con plazos que se han ido desplazando. El contraste entre la narrativa y la ejecución no invalida el destino, pero sí obliga a mirar la letra pequeña.

La seguridad como argumento y el dato que nadie discute

El gran argumento de Musk es la seguridad: el camino hacia vehículos autónomos “más seguros que los humanos” sería “muy claro”. El contexto es brutal: la OMS estima 1,19 millones de muertes al año por siniestros viales en el mundo. Reducir ese peaje, aunque fuese un 10%, implicaría decenas de miles de vidas.
Pero la seguridad no se demuestra con intenciones, sino con exposición. En Estados Unidos, el volumen de tráfico sigue siendo gigantesco: en 2024 se recorrieron 3,29 billones de millas (vehicle-miles traveled). Para que la IA conduzca el 90% de esa distancia, debe operar con fiabilidad en lluvia, obras, vandalismo, peatones imprevisibles y fallos de señalización. Ahí es donde la estadística sustituye al marketing.

Responsabilidad civil: quién paga cuando decide el algoritmo

La barrera invisible no es técnica, sino jurídica. Si el coche “conduce solo”, la pregunta inmediata es quién responde: fabricante, proveedor de software, operador de flota o el propietario que iba sentado. La consecuencia es clara: sin un marco de responsabilidad y seguros estable, el salto al robotaxi masivo se ralentiza por prudencia, no por falta de chips.
Los incidentes, además, no desaparecen: se documentan y se auditan. Waymo, por ejemplo, tuvo que revisar software tras un episodio en el que un robotaxi avanzó por una carretera inundada, lo que terminó en retirada/recall del sistema. Este tipo de casos marca el ritmo real: cada fallo abre expedientes, ajusta pólizas y endurece requisitos. En ese terreno, la promesa del 90% compite contra un enemigo silencioso: la litigiosidad y el coste reputacional.

Los kilómetros reales: robotaxis, expansión y “economía de flota”

Aun así, el mercado ya rueda. Waymo comunicó un hito de 500.000 viajes de pago por semana, tras multiplicar su volumen en menos de dos años. Además, expande su cobertura y acelera su despliegue urbano por áreas cada vez más amplias.
Este es el punto que incomoda: la autonomía progresa más rápido en flotas que en coches privados. La razón es económica. Una flota concentra mantenimiento, teleoperación, mapas y aprendizaje; también permite retirar vehículos ante un fallo y actualizar de forma homogénea. En cambio, el coche particular vive de la promesa “generalista”, la más difícil: sirve igual para autopista, puerto de montaña y callejón sin señal. Por eso la transición puede ser asimétrica: primero robotaxis y reparto, luego el garaje doméstico.

Humanoides “en todas partes”: el segundo salto que reordena el empleo

Musk añadió otra predicción: robots humanoides “prácticamente en todas partes” y que “todo el mundo querrá uno o dos” en diez años. No es un adorno. Introduce una narrativa de automatización total: movilidad sin conductor y trabajo físico asistido por máquinas. Tesla, de hecho, presenta su apuesta en IA y robótica como una misma línea tecnológica.
La lectura económica es incómoda: si el transporte y ciertas tareas repetitivas se automatizan a gran escala, el ajuste no será solo industrial, sino laboral. Operadores, repartidores, parte del taxi y un segmento de la logística quedarían expuestos. A la vez, surgiría una nueva cadena de valor: mantenimiento, seguridad, certificación, sensores y energía. El diagnóstico es inequívoco: el debate no es “si” llega, sino quién captura las rentas y quién asume la transición.

SpaceX “pretty soon”: capital, relato y el efecto dominó

El remate fue financiero. Musk deslizó que una OPV de SpaceX podría llegar “pretty soon”, y varias informaciones sitúan el calendario en junio, con un debut previsto en Nasdaq y valoraciones cercanas a 2 billones de dólares, además de una posible captación de 75.000 millones.
La conexión con el coche autónomo no es casual: capital barato y relato potente se retroalimentan. Si SpaceX abre mercado a esa escala, el efecto dominó es evidente sobre el apetito por “la próxima plataforma” —IA aplicada, movilidad, robótica— y sobre la tolerancia al riesgo. Sin embargo, el mismo impulso puede inflar expectativas: cuanto más se compra futuro, más duro es el ajuste si la regulación, la seguridad o la economía de flota no acompañan. En 2036, quizá el volante sea un capricho. Antes, el mercado exigirá pruebas, no profecías.

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