El presidente vincula su guerra arancelaria al supuesto liderazgo tecnológico de Estados Unidos

Trump presume de liderar a China en IA mientras arriesga 130.000 millones

Trump presume de liderar a China en IA mientras arriesga 130.000 millones

“Estamos liderando a China y al mundo en inteligencia artificial”. Donald Trump aprovechó la rueda de prensa por el primer aniversario de su regreso a la Casa Blanca para reivindicar que su agenda de desregulación, aranceles y energía barata ha colocado a Estados Unidos por delante de Pekín en la carrera tecnológica. A renglón seguido, presumió de que el país está “produciendo más electricidad que nunca” y lanzó un aviso directo al Tribunal Supremo: si sus tarifas se tumban, “China se aprovechará”. El mensaje llega en el momento más delicado para su doctrina económica, con la máxima instancia judicial a punto de pronunciarse sobre la legalidad de su política arancelaria de emergencia y con la economía global cada vez más dependiente del boom de la IA que sale de Silicon Valley. La pregunta de fondo es clara: ¿responden los datos a la narrativa de Trump o encubren un liderazgo mucho más frágil de lo que él admite?

Una declaración de fuerza en pleno examen del Supremo

Trump comparece en la Casa Blanca mientras el Tribunal Supremo mantiene en vilo a mercados y gobiernos con un fallo pendiente sobre la constitucionalidad de sus tarifas globales amparadas en la ley de poderes económicos de emergencia de 1977. Los jueces escucharon los argumentos en noviembre y, desde entonces, el caso se ha convertido en un referéndum jurídico sobre hasta dónde puede llegar un presidente al usar la palanca arancelaria sin pasar por el Congreso. Los tribunales inferiores ya han dictaminado que buena parte de los llamados aranceles del “Día de la Liberación”, con un 10% universal y recargos de hasta el 50% para los países con mayor superávit frente a EEUU, excedían su autoridad.

En ese marco, el discurso de Trump sobre la IA funciona como un relato de éxito para blindar su agenda. Presentar a Estados Unidos como potencia indiscutible en inteligencia artificial le permite sugerir que sus políticas funcionan y que un revés del Supremo sería un regalo a Pekín. Al advertir que China “se aprovechará” si cae el muro arancelario, el presidente convierte un pleito técnico sobre la interpretación de una ley de 1977 en una batalla existencial por el liderazgo tecnológico del siglo XXI. Es una jugada retórica eficaz, pero no menos arriesgada: si la Corte le desautoriza, no sólo se tambalearán las tarifas, también la premisa de que su estrategia económica es la clave del supuesto liderazgo en IA.

Los números que sostienen el liderazgo de EE UU

Más allá de la hipérbole presidencial, hay datos que respaldan la idea de una ventaja estadounidense en IA. Según el AI Index de la Universidad de Stanford, la inversión privada en inteligencia artificial en Estados Unidos alcanzó 109.100 millones de dólares en 2024, casi 12 veces más que los 9.300 millones de China. La brecha se amplía si se mira la última década: desde 2013, la inversión privada acumulada en IA en EEUU supera los 470.000 millones, frente a alrededor de 50.000 millones en el conjunto de la Unión Europea, 28.000 en Reino Unido y cantidades aún menores en Canadá o Japón.

La propia Comisión Europea reconoce que Estados Unidos lidera la inversión privada en IA, con unos 62.500 millones de euros en 2023, frente a apenas 7.300 millones en China y unos 9.000 millones combinados de la UE y el Reino Unido. A ello se suma el peso de las grandes tecnológicas estadounidenses en el desarrollo de modelos punteros y en el control de infraestructuras críticas como la nube y los chips avanzados. No es casual que la Casa Blanca de Trump se atribuya haber “solidificado la posición de liderazgo” de Estados Unidos, al presumir de 2,7 billones de dólares en inversiones tecnológicas y de IA movilizadas durante su primer año de mandato.

Sin embargo, estos números no cierran el debate. Muestran una ventaja en financiación y modelos, no una hegemonía irrevocable. La capacidad de otros actores para recortar distancias —especialmente China— y la sostenibilidad de este ciclo inversor bajo un clima de guerra comercial son las variables que pondrán a prueba el relato triunfalista de Trump.

China, el competidor que no se rinde en la carrera de la IA

Mientras el presidente estadounidense se proclama vencedor, Pekín juega una partida de fondo. China ha lanzado un plan específico de 70.000 millones de dólares para reforzar su industria de semiconductores y chips de IA, mientras Corea del Sur anuncia programas aún más ambiciosos por valor de 518.000 millones. Su mercado de inteligencia artificial está valorado ya en 21.630 millones de dólares (2024) y podría dispararse hasta los 202.000 millones en 2032, con crecimientos anuales superiores al 30%.

En el terreno de los modelos, China produce menos sistemas de referencia que Estados Unidos, pero gana terreno en volumen de uso y en código abierto. Un informe reciente sitúa la cuota de modelos abiertos chinos en plataformas globales pasando de apenas 1,2% a picos cercanos al 30% en 2025, señal de una adopción acelerada en mercados emergentes y aplicaciones industriales.

El flanco crítico sigue siendo el acceso a chips avanzados. La Administración Trump ha optado por una estrategia de control selectivo: autorizó la venta a China de determinados chips de Nvidia, como el H200, bajo estrictas condiciones y al tiempo que imponía un arancel del 25% a determinadas importaciones de semiconductores de alto rendimiento, con el argumento de reducir la dependencia de la fabricación asiática. Expertos en seguridad, como el CEO de Anthropic, han advertido de que relajar demasiado esos controles podría recortar la ventaja estadounidense en capacidad de cómputo de más de 10 a 1 a ratios mucho más ajustados.

El diagnóstico es inequívoco: China no ha ganado la carrera, pero tampoco la ha perdido. Y cada decisión de Washington sobre aranceles y exportaciones de chips tiene un impacto directo en la velocidad a la que Pekín puede recortar distancias.

Tarifas bajo la lupa: el riesgo de una devolución millonaria

El otro eje del discurso de Trump —sus tarifas— es precisamente el que está en manos del Supremo. El presidente bautizó como “Día de la Liberación” el anuncio de una tarifa universal del 10% sobre prácticamente todas las importaciones, combinada con aranceles “recíprocos” adicionales de entre el 11% y el 50% para 185 países, calculados en función de las barreras comerciales que, según la Casa Blanca, estos imponen a EEUU.

Los tribunales de comercio ya han concluido que el uso de los poderes de emergencia para imponer este esquema choca con los límites constitucionales y con el mandato del Congreso, y han emitido una orden permanente bloqueando buena parte de las medidas. El caso ha llegado ahora al Supremo, que debe decidir si valida la interpretación expansiva de la ley o obliga a desmontar una de las piezas centrales de la doctrina económica de Trump.

Lo más grave es el coste potencial de una derrota. Estudios citados en la prensa estadounidense apuntan a que una sentencia adversa podría forzar devoluciones de hasta 130.000 millones de dólares en aranceles cobrados, con un impacto inmediato en la recaudación federal. En paralelo, Trump ha añadido nuevas capas a su muro arancelario, como el arancel del 25% a determinados chips de IA importados, diseñado para presionar a fabricantes extranjeros sin estrangular el suministro interno.

La consecuencia es clara: incluso si el Supremo recorta el perímetro de su política, la Casa Blanca ya trabaja en vías alternativas para mantener los aranceles en el centro de su estrategia. Trump lo sabe, y por eso presenta la decisión judicial como una disyuntiva entre su modelo y un supuesto regalo estratégico a China.

La apuesta energética: más electricidad, pero cuellos de botella

Cuando Trump proclama que Estados Unidos produce “más electricidad que nunca”, no exagera del todo. El auge del gas y de las renovables ha elevado la generación eléctrica, y el consumo de los centros de datos se ha convertido en uno de los motores de esa demanda. Pero el dato bruto oculta el verdadero problema del que alertan economistas y reguladores: no es sólo cuánta energía se produce, sino dónde y cómo se integra en la red.

Análisis recientes subrayan que Estados Unidos afronta un “gap de electrones” frente a China: mientras Washington domina el acceso a los chips de última generación, Pekín cuenta con una ventaja creciente en capacidad energética y en la rapidez con la que puede conectar nuevos proyectos a la red. Algunos complejos de IA previstos en EEUU requieren más de 1 gigavatio de potencia —equivalente a una pequeña ciudad—, pero chocan con cuellos de botella en infraestructuras, permisos y oposición local.

Este hecho revela una contradicción central en el relato de Trump. Su desregulación de la IA y su apuesta por la expansión de combustibles fósiles buscan abaratar la energía y acelerar proyectos, pero sin una modernización profunda de la red, el cuello de botella puede trasladarse del chip al enchufe. China, mientras tanto, combina grandes programas de renovables y carbón con una planificación centralizada que facilita la conexión de nuevos centros de datos. El liderazgo en IA, en última instancia, se mide tanto en modelos y chips como en megavatios disponibles.