Zohran Mamdani, el nuevo alcalde de Nueva York que rompe moldes jurando sobre el Corán
La primera investidura sobre el Corán en la historia de la ciudad marca un giro político y una apuesta arriesgada por la redistribución y la justicia social
La llegada de Zohran Mamdani al despacho de alcalde de Nueva York ha roto varios techos a la vez. Con apenas 34 años, se ha convertido en el alcalde número 112 de la ciudad y en el primero en jurar su cargo sobre el Corán, un gesto que trasciende el protocolo y pone en primer plano la pluralidad religiosa y cultural de la metrópoli. La ceremonia, arropada por miles de personas y por referentes de la izquierda estadounidense como Bernie Sanders, se ha convertido en una declaración política en sí misma.
Mamdani no llega como un gestor neutro, sino como un dirigente que se reivindica abiertamente musulmán, socialista y aliado de la clase trabajadora. Su mensaje inaugural ha sido inequívoco: la Nueva York de los próximos años quiere ser menos desigual, más verde y más inclusiva.
En una ciudad con cerca de 8,8 millones de habitantes y algunos de los índices de desigualdad más elevados del mundo desarrollado, el experimento es tan ambicioso como arriesgado. Si funciona, servirá de referencia para otras urbes globales; si fracasa, reforzará el discurso de quienes sostienen que la izquierda solo sabe protestar, pero no gobernar ciudades complejas.
La legislatura que empieza no será solo un capítulo más en la política municipal, sino una prueba de estrés para un modelo que aspira a mezclar agenda social radical y estabilidad económica en el corazón del capitalismo financiero.
Un gesto histórico en las escalinatas del Ayuntamiento
La imagen de Mamdani con la mano sobre el Corán, en la escalinata del Ayuntamiento, quedará como uno de esos momentos que condensan el espíritu de una época. Nueva York, ciudad construida por oleadas de inmigrantes, ve por primera vez cómo un alcalde musulmán convierte su fe en parte visible de la liturgia institucional. No es un detalle menor en un país donde, tras el 11-S, millones de ciudadanos de esa confesión fueron tratados con sospecha permanente.
El propio rito estuvo cargado de simbolismo: la ceremonia principal se celebró a media tarde, ante una multitud diversa en la que se mezclaban familias inmigrantes, sindicatos, organizaciones vecinales y representantes del establishment político. El mensaje implícito era evidente: la ciudad no pertenece solo a las élites de Manhattan, sino a los barrios que la sostienen.
La presencia de figuras como Bernie Sanders reforzó la idea de que Mamdani se inscribe en una corriente más amplia de renovación progresista dentro del Partido Demócrata. Al mismo tiempo, la jura sobre el Corán envía una señal a los millones de estadounidenses que no se reconocen en la tradición cristiana mayoritaria: “usted también cabe en el corazón institucional del país”.
Lo más revelador es que el alcalde insistiera, desde el primer minuto, en un mensaje de unidad: “Si usted es neoyorquino, yo soy su alcalde, aunque no estemos de acuerdo o no me haya votado”. Una frase que pretende desactivar el miedo a la polarización que muchos asocian con cualquier giro ideológico nítido.
Un alcalde musulmán y socialista en la capital financiera
Que la capital financiera del mundo haya elegido a un alcalde que se define sin matices como socialista es una paradoja que explica bien la fase política que atraviesa la ciudad. Tras años de subida incesante del coste de la vida, precariedad laboral y deterioro de servicios públicos, una parte creciente de la población entiende que el viejo equilibrio entre “negocio primero” y políticas sociales mínimas ha saltado por los aires.
En los últimos diez años, el precio medio de la vivienda de alquiler ha subido más de un 40% en algunos barrios, mientras los salarios reales apenas han avanzado. La percepción de que Nueva York se convertía en un escaparate para súper ricos, expulsando a clases medias y trabajadores, se ha transformado en una fractura política que encontró en Mamdani un canal de expresión.
El nuevo alcalde ha construido su relato sobre una idea sencilla: la ciudad que genera riqueza récord no puede resignarse a que 1 de cada 5 vecinos viva cerca del umbral de la pobreza. Desde esa premisa, reivindica impuestos más progresivos, inversión pública en vivienda y refuerzo de los servicios esenciales como educación, transporte y sanidad.
El contraste con el modelo clásico de la ciudad-business es evidente. Donde antes se priorizaba atraer a cualquier precio a grandes corporaciones, Mamdani habla de condicionar incentivos y exenciones fiscales a compromisos claros de empleo digno, salarios decentes y respeto ambiental. Su reto será demostrar que esa exigencia no ahuyenta inversión, sino que la ordena y la orienta a largo plazo.
Vivienda y desigualdad: la urgencia que marcará el mandato
Si hay un terreno donde la paciencia social parece agotada, ése es el de la vivienda. En distritos como Brooklyn o Queens, el alquiler de un piso modesto supera ya los 2.500 dólares mensuales, mientras que los salarios de muchos trabajadores de servicios apenas rondan los 15 dólares la hora. La ecuación simplemente no cierra.
Mamdani ha prometido un plan de choque con tres pilares: congelar alquileres en buena parte del parque regulado, acelerar la construcción de vivienda asequible y reforzar la protección frente a desahucios. Quiere que el Ayuntamiento pase de ser mero regulador a convertirse en actor directo en la promoción de vivienda, volviendo a fórmulas de parque público y cooperativo que la ciudad abandonó hace décadas.
Los propietarios y el lobby inmobiliario han alertado de que una regulación más dura podría frenar nuevas inversiones y deteriorar el parque existente. Temen, además, que se amplíen las zonas con controles de precios, hoy limitadas a determinadas áreas y edificios. Los sindicatos de inquilinos, por el contrario, ven en el nuevo alcalde la oportunidad de romper una dinámica que consideraban insostenible.
La consecuencia es clara: el campo de batalla de este mandato será, en gran medida, el precio del metro cuadrado. Si Mamdani logra contener la escalada sin hundir la oferta, habrá ganado el núcleo de su apuesta política. Si las medidas se traducen en fuga de capital o en menos construcción, la factura política será inmediata.
Inmigración, pluralidad y la promesa de inclusión total
Nueva York es una ciudad donde casi el 40% de sus residentes ha nacido fuera de Estados Unidos. Esa diversidad no es solo un dato demográfico: atraviesa la cultura, la economía y la política local. El nuevo alcalde, hijo de inmigrantes y representante de una comunidad históricamente estigmatizada, ha convertido esa realidad en eje de su discurso.
Su mensaje inaugural fue claro: “No hay neoyorquinos de primera y de segunda”. Lo acompañó con la promesa de blindar los servicios básicos —sanidad de urgencia, educación obligatoria, asistencia jurídica básica— para cualquier residente, con independencia de su situación administrativa. En una ciudad que se ha definido durante años como “santuario” para migrantes, ese compromiso es también un desafío directo a políticas federales más restrictivas.
La pluralidad no se limita a la cuestión migratoria. Mamdani habla de libertad religiosa, derechos de la comunidad LGTBIQ+ y lucha contra el racismo institucional como piezas de un mismo puzzle. Quiere que la administración municipal actúe sobre discriminaciones cotidianas en vivienda, empleo o acceso al crédito que, aunque a menudo invisibles, tienen efectos devastadores sobre millones de personas.
El riesgo, sin embargo, es doble. Por un lado, que una parte de la clase media perciba estas políticas como un coste añadido en forma de impuestos o presión sobre los servicios. Por otro, que se alimente la narrativa de una ciudad “demasiado blanda” en seguridad y control migratorio, alimentando discursos populistas desde la derecha. El equilibrio entre garantía de derechos y sensación de orden será uno de los hilos finos del mandato.
El contraste con Trump y la batalla por el relato
Aunque la alcaldía de Nueva York es un cargo eminentemente local, cualquier movimiento en la ciudad se lee en clave nacional. La figura de Donald Trump, antiguo vecino ilustre y ex presidente, se proyecta como antagonista inevitable en el relato de Mamdani, aunque el nuevo alcalde evita la confrontación directa y permanente.
La contraposición es evidente: frente al mensaje de “recuperar América” a través de fronteras cerradas y rebajas fiscales a grandes fortunas, Mamdani propone una ciudad que abraza la migración, redistribuye riqueza y se toma en serio el cambio climático. La batalla será, sobre todo, por el sentido común económico: ¿es el gasto social una amenaza para la prosperidad o una inversión necesaria para sostenerla?
En los próximos años, Nueva York se convertirá en escenario de una disputa simbólica que irá más allá de sus límites administrativos. Cada mejora en indicadores de empleo, vivienda o seguridad será utilizada por el alcalde para demostrar que la izquierda puede gobernar con eficiencia. Cada tropiezo será amplificado por sus adversarios como prueba de los supuestos límites del “experimento progresista”.
La lucha por el relato no se librará solo en los medios tradicionales, sino también en redes sociales y plataformas digitales, donde los mensajes simples y las imágenes impactantes pesan más que los matices. Mamdani lo sabe y por eso cuida cada gesto, desde el libro sobre el que jura hasta con quién comparte escenario.
Los riesgos económicos de una agenda de ruptura
Detrás del entusiasmo de sus seguidores se esconde una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede tensarse el modelo económico de la ciudad sin dañar su capacidad de atraer inversión? Nueva York concentra sedes de grandes bancos, fondos de inversión y empresas tecnológicas que aportan una porción relevante de la recaudación fiscal.
El nuevo alcalde habla de aumentar la contribución de las rentas más altas y de revisar exenciones fiscales históricas a sectores como el inmobiliario o el financiero. Sobre el papel, un incremento moderado en la presión sobre el 1% más rico podría financiar programas de vivienda, transporte y transición energética sin poner en riesgo la solvencia municipal. La duda es cómo reaccionará el capital móvil, siempre atento a otras ciudades con impuestos más bajos y regulaciones más laxas.
La historia reciente ofrece ejemplos mixtos. Algunas ciudades que endurecieron sus políticas fiscales vieron una desaceleración en nuevas inversiones; otras lograron mantener el atractivo económico gracias a su ecosistema de talento, infraestructuras y calidad de vida. Mamdani apuesta por lo segundo: confía en que la marca Nueva York, su red de universidades, su diversidad y su posición estratégica pesen más que uno o dos puntos adicionales de impuestos al capital.
El diagnóstico es inequívoco: sin crecimiento, ninguna agenda social es sostenible. Por eso, buena parte de la credibilidad del nuevo proyecto se jugará en los próximos presupuestos, donde se verá si hay equilibrio entre ambición redistributiva y prudencia fiscal.