El uso de la inteligencia artificial como arma en la batalla política

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La inteligencia artificial ha traspasado los umbrales del Congreso de los Diputados, transformándose en una herramienta operativa para un número creciente de parlamentarios que la emplean tanto en la preparación de discursos como en la investigación legislativa. Lo que hace apenas una década hubiera parecido ciencia ficción —delegar en algoritmos la construcción de argumentos parlamentarios— se ha convertido en una práctica discreta pero extendida entre diputados de diversas formaciones políticas. La Cámara baja, escenario de debates que han configurado la historia política española, asiste ahora a una mutación en la forma de producir el discurso político que plantea interrogantes sobre la autenticidad, la eficacia y los límites de la representación democrática.

Lo anterior me sugiere que estamos ante una inflexión comparable a la introducción de los medios audiovisuales en la política de masas del siglo XX. Si la televisión transformó la oratoria parlamentaria al exigir nuevas competencias de imagen y gestualidad, la inteligencia artificial está modificando los procesos de elaboración del mensaje político en una dimensión más profunda: la propia génesis del argumento. Según ha documentado Amanda Mars en un artículo publicado el pasado día 22 de marzo en El País con el título "Ahora pónmelo con tono agresivo": así han empezado a utilizar la IA los diputados del Congreso", un diputado consultado en la cafetería de la Cámara describe con naturalidad su método de trabajo: "Yo cojo Chat GPT y le pongo todos los elementos que quiero que incluya, ideas, trozos de informes… Y me saca un primer borrador. Entonces lo vuelvo a enviar y le digo: 'Ahora ponlo en tono más agresivo'". Esta confesión, realizada bajo anonimato, ilustra la normalización de una tecnología que modifica sustancialmente la cadena de producción del discurso parlamentario.

II. Las máquinas de la elocuencia

Las herramientas disponibles para los parlamentarios han proliferado con rapidez. Además de los sistemas generales como Chat GPT, Copilot o Gemini, han emergido aplicaciones especializadas en oratoria como Rationale, DebateAI o Orai, diseñadas específicamente para potenciar las capacidades argumentativas en contextos de confrontación dialéctica. La velocidad y eficiencia que aportan estos recursos resulta evidente cuando se considera el volumen de trabajo que asumen los diputados: un real decreto-ley puede alcanzar las 700 páginas, y en una semana ordinaria pueden votarse tres textos de similar envergadura.

Debe tenerse presente que la utilización de estas tecnologías no es uniforme ni masiva, sino que sigue patrones generacionales y de formación previa. Los parlamentarios más jóvenes muestran mayor propensión a integrar la inteligencia artificial en su rutina de trabajo, mientras que los legisladores veteranos mantienen métodos tradicionales de elaboración discursiva. Según la información recogida por Amanda Mars en el citado artículo de El País, un diputado relativamente joven expresa una reserva significativa: "No sé ni cómo se usa", afirma, añadiendo que prefiere escribir a mano los discursos de menos de 10 minutos y leer directamente los documentos legislativos porque le ayuda a memorizarlos. Esta actitud, minoritaria entre sus coetáneos, revela que la adopción tecnológica no es inexorable ni determinista.

La personalización del discurso mediante inteligencia artificial ha alcanzado niveles de sofisticación que merecen atención. El mismo parlamentario que solicitaba un tono "más agresivo" a la máquina explica que también puede encargar estilos específicos: "O se le puede pedir: hazlo estilo Cayetana Álvarez de Toledo o estilo no sé quién, según quién te guste". Esta capacidad de imitación estilística plantea cuestiones sobre la propiedad intelectual del estilo discursivo y, más profundamente, sobre la autenticidad de la representación política. Cuando un diputado encarga a un algoritmo que reproduzca el registro de otro parlamentario, está produciendo una forma de mimesis tecnológica que desdibuja la línea entre la identidad política personal y la simulación algorítmica.

III. El debate de investidura como referente histórico

Para comprender la transformación que la inteligencia artificial está operando en el discurso parlamentario, resulta útil recordar un episodio que ha quedado en la memoria colectiva de la Cámara. El 27 de octubre de 2016, durante el debate de investidura de Mariano Rajoy, se produjo un intercambio entre el candidato y Aitor Esteban, portavoz del Partido Nacionalista Vasco, que ilustra las posibilidades de la oratoria genuinamente humana. Esteban, citando un refrán popular, adaptó su formulación a las circunstancias: "Si bien me quieres, Mariano, da menos leña y más grano". La respuesta de Rajoy, improvisada y aparentemente ingenua —"A mí lo único que se me ha ocurrido es: si quieres grano, Aitor, te dejaré mi tractor"— generó un momento de conexión auténtica con el hemiciclo que la inteligencia artificial difícilmente podría haber producido.

Hay que reseñar que este tipo de intercambios, basados en la espontaneidad, el conocimiento compartido de la cultura popular y la capacidad de improvisación, representan una forma de política que la racionalidad algorítmica no alcanza a reproducir. La diferencia entre "pedir y que te den" y "currárselo", evocada por Rajoy mediante la metáfora del tractor, constituye una argumentación que solo emerge del contexto situado, de la lectura del momento y de la confianza en el propio instinto político. La inteligencia artificial, entrenada en patrones estadísticos de probabilidad lingüística, carece de acceso a esta dimensión situada de la comunicación política.

La pregunta que plantea la irrupción tecnológica es si estos momentos de oratoria genuina se volverán excepcionales en un contexto de producción masivamente algorítmica del discurso. Según Amanda Mars en su artículo de El País, una diputada experimentada en el uso de la inteligencia artificial considera que, precisamente, la tecnología resulta inadecuada para las sesiones plenarias: "En las sesiones plenarias no percibo que se use la inteligencia artificial porque ahí los partidos van a golpe de argumentario y la inteligencia artificial les daría intervenciones mucho más racionales y centradas en el fondo de los temas". Esta observación sugiere que los diputados preservan ciertos espacios de la actividad parlamentaria para la oratoria tradicional, reservando la tecnología para ámbitos menos visibles como las comisiones o la investigación documental.

IV. La agresividad parlamentaria y la racionalidad de la máquina

La descripción de una sesión de control al Gobierno celebrada el 18 de febrero de 2026, tal como la recoge Amanda Mars en su reportaje para El País, revela una tensión entre la dinámica tribal del hemiciclo y la racionalidad que impondría la inteligencia artificial. La ausencia del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que participaba en la Cumbre de Inteligencia Artificial de Nueva Delhi defendiendo una industria "más humana" y pensada "para el bien", no atenuó la confrontación. La oposición, ante la noticia de una acusación de abuso sexual contra un alto cargo de la Policía Nacional, exigió dimisiones "a todo pulmón y con fuerte taconeos en el suelo". La agresividad real del hemiciclo, según los testimonios recogidos por la periodista, excede con mucho lo que los medios audiovisuales pueden transmitir.

Asumo que esta dimensión performativa de la política, basada en la indignación expresiva, el zapateo y los gritos, constituye una forma de comunicación que la inteligencia artificial no solo no reproduce, sino que tendería a neutralizar. Un discurso elaborado algorítmicamente, racional y centrado en el fondo de los temas, resultaría inadecuado para un contexto donde la eficacia política se mide por la capacidad de movilizar emociones y marcar posiciones tribales. La diputada que defiende la utilidad de la tecnología para la investigación pero no para el pleno expresa esta distinción con claridad: la inteligencia artificial es incompatible con la agresividad ritualizada que caracteriza la confrontación parlamentaria directa.

Esta tensión entre racionalidad tecnológica y pasión política plantea una paradoja. La inteligencia artificial podría mejorar la calidad técnica de los discursos, aportando precisión argumentativa y exhaustividad documental, pero al hacerlos "más racionales" los desharía de la eficacia política que requiere el contexto del hemiciclo. El diputado que encarga un tono "más agresivo" a la máquina está reconociendo implícitamente esta limitación: la racionalidad algorítmica por defecto resulta insuficiente para los requerimientos del combate político. La agresividad debe ser añadida como parámetro adicional, una instrucción postiza que la máquina ejecuta sin comprender su significado situado.

V. Los riesgos de la homogeneización discursiva

Julio Gonzalo, catedrático del área de Lenguajes y Sistemas Informáticos de la Universidad Nacional de Educación a Distancia y especialista en inteligencia artificial, expresa una preocupación que trasciende el ámbito parlamentario: "El discurso público en redes sociales ya está muy contaminado por la inteligencia artificial generativa, y empieza a generar hartazgo y rechazo. En Twitter y LinkedIn, por ejemplo, una gran parte de las intervenciones son tan uniformes estilísticamente que casi nadie parece tener voz propia". Esta observación, recogida por Amanda Mars en su artículo de El País, resulta particularmente aplicable al ámbito político y sugiere que la masificación del uso algorítmico podría conducir a una pérdida de diversidad discursiva que debilitaría la calidad misma del debate público.

Entiendo que el riesgo de homogeneización es particularmente grave en un sistema parlamentario donde la representación de pluralidad de visiones constituye su razón de ser. Si los discursos de distintos partidos, elaborados mediante las mismas herramientas tecnológicas y siguiendo parámetros similares de optimización retórica, convergen hacia una uniformidad estilística, el ciudadano perderá una de las señales de identificación política más elementales: la diferencia de tono, de vocabulario, de estructura argumentativa. La política se volvería predecible no solo en sus contenidos, que ya lo son en gran medida por la disciplina de partido, sino en su forma expresiva.

El catedrático Daniel Innerarity, autor de una teoría crítica de la inteligencia artificial, desarrolla esta idea mediante una distinción tipológica que Amanda Mars cita en su reportaje: "Si lo usase alguien como Donald Trump, probablemente cometería menos errores y diría menos tonterías, sería más respetuoso y se portaría de forma más racional". Sin embargo, "si Winston Churchill le hubiese preguntado a la inteligencia artificial sobre la entrada en la Segunda Guerra Mundial, probablemente la inteligencia artificial le hubiese respondido que eso era irresponsable y ahora viviríamos en una Europa muy diferente, hitleriana". Esta comparación ilustra la imposibilidad de la audacia política, de la osadía que caracteriza a la gran política de altura, en el marco de la racionalidad probabilística de los algoritmos.

VI. La primera declaración pública de uso

El 28 de marzo de 2023, el diputado de Esquerra Republicana de Cataluña Joan Capdevila realizó una intervención que, por su naturaleza declarativa, constituye un hito en la historia parlamentaria española. Durante una sesión de diputación permanente, Capdevila anunció explícitamente que había utilizado Chat GPT para elaborar parte de su discurso. La ocasión fue una moción del Partido Popular que el parlamentario catalán describió como "tan chata, tan blanda, tan ramploncita y repetitiva" que le indujo a sospechar que sus autores habían recurrido previamente a la inteligencia artificial. Su respuesta, leída literalmente desde el escaño, procedía del modelo generativo: "Las propuestas del Partido Popular están vacías de contenido y solo favorecen a las élites".

Considero que esta intervención, realizada con ironía autoconsciente y documentada por Amanda Mars en su artículo de El País, estableció un precedente de transparencia tecnológica que contrasta con el uso discreto que predomina entre sus colegas. Capdevila concluyó su intervención con una reflexión sobre el honor dudoso de ser "la primera vez que en esta Cámara se usa el Chat GPT para componer un discurso", dejando entrever una ambivalencia respecto a la práctica que él mismo había puesto en escena. La declaración pública, aunque singular, no generó un debate institucional sobre los límites del uso de la inteligencia artificial en la actividad parlamentaria, lo cual sugiere que la Cámara aún no ha desarrollado una sensibilidad normativa al respecto.

La utilización de la inteligencia artificial como arma dialéctica —Capdevila la empleó para descalificar la moción adversaria mediante una respuesta algorítmica— abre la posibilidad de una escalada tecnológica en la confrontación parlamentaria. Si un partido detecta que su adversario utiliza estas herramientas, la tentación de recurrir a sistemas más sofisticados o de personalizar los mensajes con mayor precisión resulta difícil de resistir. La política se convertiría en una competencia de capacidades tecnológicas más que de propuestas sustanciales, externalizando a proveedores de inteligencia artificial una función que debería ser eminentemente humana.

VII. La externalización de la palabra política

El uso de la inteligencia artificial en el Congreso plantea una cuestión de fondo sobre la naturaleza de la representación democrática. Los diputados son elegidos por el pueblo para ejercer funciones que, según la Constitución española, incluyen la representación de los ciudadanos, la elaboración de leyes y el control del Gobierno. Cuando un parlamentario delega en un algoritmo la elaboración de su discurso, está externalizando una parte sustancial de su función representativa. El ciudadano que votó por un determinado candidato esperaba, presumiblemente, que sus palabras en el hemiciclo fueran expresión de su propio juicio político, no de un proceso estadístico de generación de texto.

La distinción entre el diputado que utiliza directamente la inteligencia artificial y aquel que recibe documentos preparados por asesores que la emplean sin su conocimiento expreso resulta relevante para apreciar la magnitud del fenómeno. Según documenta Amanda Mars en El País, un legislador veterano confiesa no utilizar estas herramientas de forma directa, pero sospecha que "sí lo hacen" quienes le preparan algunos documentos, detectándolo por la celeridad de entrega y por el estilo. Esta opacidad en la cadena de producción discursiva dificulta la atribución de responsabilidad política: cuando un discurso resulta inadecuado o contiene errores, ¿debe responsabilizarse al parlamentario que lo pronunció, al asesor que lo redactó o al algoritmo que lo generó?

Un joven asesor parlamentario explica, en el citado artículo de El País, que recurre a la tecnología para preparar borradores de comunicados de prensa, y que lo que le sorprendió al iniciar su trabajo en la Cámara fue "lo poco que se usaba" la inteligencia artificial. Esta percepción, contrastada con la de otros testimonios, sugiere que la adopción tecnológica está en fase de aceleración. Lo que hace un año resultaba excepcional se está convirtiendo en práctica habitual, siguiendo la curva de difusión que caracteriza a las innovaciones tecnológicas en otros ámbitos.

VIII. La inteligencia artificial como adversaria dialéctica

Más allá de la generación de discursos, la inteligencia artificial está encontrando aplicaciones parlamentarias que potencian las capacidades críticas sin sustituir la producción textual. Julio Gonzalo señala, en declaraciones recogidas por Amanda Mars en El País, que "la inteligencia artificial puede ser una buena herramienta como adversaria: puede servir para detectar puntos débiles en el discurso, prever contraargumentos, incluso, en ocasiones, para pulir errores de estilo". Esta utilización, que mantiene al parlamentario como sujeto activo del proceso argumentativo, resulta menos problemática desde la perspectiva de la autenticidad representativa.

El uso de la máquina como interlocutor simulado, capaz de anticipar las objeciones del adversario político, reproduce en el ámbito parlamentario una práctica habitual en la preparación de litigios judiciales. Los abogados desde hace tiempo utilizan técnicas de role-playing para ensayar sus argumentaciones; la inteligencia artificial proporciona una versión escalable y disponible las 24 horas de esta metodología. La diferencia radica en que el litigio judicial busca una resolución técnica de un conflicto, mientras que el debate parlamentario persigue la confrontación pública de visiones políticas alternativas.

La predicción de contraargumentos mediante algoritmos podría, paradójicamente, reducir la genuinidad del debate. Si todos los participantes han ensayado sus intervenciones contra modelos adversarios entrenados en los mismos patrones argumentativos, el intercambio parlamentario perdería la capacidad de sorpresa que lo hace relevante. El debate se convertiría en una repetición de simulaciones previamente realizadas, una puesta en escena de guiones ensayados donde la espontaneidad —como la que caracterizó el intercambio Rajoy-Esteban de 2016— resultaría imposible.

IX. La tensión entre eficiencia y legitimidad

La defensa del uso de la inteligencia artificial por parte de los parlamentarios se fundamenta habitualmente en argumentos de eficiencia. Según el artículo de Amanda Mars en El País, una diputada afirma que "a mí me cunde mucho más el tiempo que a otros", expresando una racionalidad instrumental comprensible ante el volumen de trabajo legislativo. La inteligencia artificial permite procesar cantidades de información que resultarían inabordables mediante métodos tradicionales, identificar jurisprudencia relevante, sintetizar documentación extensa. En esta perspectiva, la tecnología aparece como liberación de tareas mecánicas que permitiría al diputado concentrarse en las funciones de mayor valor añadido.

Ello me obliga a deducir que la cuestión central no es la utilización de la inteligencia artificial per se, sino la determinación de qué aspectos de la labor parlamentaria pueden delegarse en algoritmos sin comprometer la legitimidad de la representación. La investigación documental, la verificación de datos, la identificación de fuentes relevantes parecen candidatos aceptables para la asistencia tecnológica. La elaboración del discurso propiamente dicho, especialmente cuando contiene juicios de valor, apelaciones emocionales o posicionamientos políticos fundamentales, resiste más la externalización algorítmica.

La frontera entre asistencia y sustitución resulta, empero, difusa y movediza. El diputado que encarga "esqueletos de discursos" a la máquina, aunque "sin abusar" para no perder la frescura, está ya en terreno de sustitución parcial. El que externaliza "la mayor parte de sus publicaciones en la red social X" a la inteligencia artificial está delegando una función de comunicación política que los electores presumiblemente atribuyen a su propia voz. La gradualidad de la externalización dificulta la percepción del punto en que la representación se ha convertido en simulación.

X. Reflexiones finales

La inteligencia artificial ha irrumpido en el Congreso de los Diputados como arma en la batalla política, transformando los procesos de elaboración del discurso parlamentario. La práctica, aún minoritaria pero en expansión acelerada, abarca desde la generación de borradores textuales hasta la simulación de adversarios dialécticos, pasando por la imitación estilística de parlamentarios destacados. Los diputados que recurren a estas herramientas invocan la eficiencia y el volumen de trabajo; los que se resisten destacan la autenticidad y la memorización que proporciona el trabajo manual.

La tensión entre racionalidad tecnológica y pasión política, entre eficiencia algorítmica y legitimidad representativa, no admite resolución definitiva mediante la regulación. La Cámara, que aún no ha abordado institucionalmente esta cuestión, deberá eventualmente determinar si el uso de la inteligencia artificial requiere transparencia obligatoria o si la discrecionalidad del parlamentario en sus métodos de trabajo prevalece. El precedente de Joan Capdevila, que declaró explícitamente su utilización de Chat GPT, contrasta con la opacidad que predomina entre sus colegas.

La inteligencia artificial como arma política presenta riesgos de homogeneización discursiva, de pérdida de autenticidad representativa y de escalada tecnológica en la confrontación parlamentaria. Pero también ofrece posibilidades de mejora en la calidad técnica de los discursos, en la exhaustividad de la investigación legislativa y en la preparación de argumentaciones complejas. El desafío para el parlamentarismo español consiste en integrar estas herramientas sin sacrificar la dimensión humana, espontánea y situada que caracteriza a la política de altura cuando alcanza su máxima expresión.

El recuerdo del intercambio entre Rajoy y Esteban en 2016, con su tractor y su refrán personalizado, funciona como recordatorio de lo que está en juego. La política que merece la pena, la que configura la historia y la identidad colectiva, requiere una audacia que la inteligencia artificial, por su naturaleza probabilística, no puede generar. Los diputados que deleguen excesivamente en los algoritmos podrán producir discursos correctos, coherentes y eficientes, pero difícilmente lograrán esos momentos de conexión genuina que transforman el debate parlamentario en memoria compartida. La máquina puede ser asistente o adversaria; pero la voz política, para seguir siendo tal, debe permanecer humana.

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