El mayor peligro en Pekín no es que no haya acuerdo: es que haya el acuerdo equivocado

EP XI JINPING TRUMP
EP XI JINPING TRUMP

El 14 de mayo de 2026, el Air Force One aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Pekín poniendo fin a casi una década de ausencia de un presidente estadounidense en suelo chino. Donald Trump, recibido con honores de Estado por el vicepresidente Han Zheng, acudía a la primera gran cumbre bilateral de pleno derecho —no en los márgenes de un foro multilateral— desde que Xi Jinping consolidó su poder sin límites constitucionales en 2018. La imagen protocolaria, la alfombra roja desplegada ante el Gran Salón del Pueblo, el hashtag #WelcomeTrumpToChina encumbrado en lo alto de Weibo: todo sugería normalidad diplomática. Pero bajo la superficie cuidadosamente escenificada latían fracturas de una profundidad que ninguna foto conjunta puede disimular.

Este analista estima que la Cumbre de Pekín de mayo de 2026 constituye el acontecimiento geopolítico bilateral más significativo desde los Acuerdos de Plaza de 1985 —aunque en sentido inverso: entonces EE.UU. dictaba las condiciones de la paridad monetaria; hoy negocia desde una posición de mayor igualdad y equilibrio, es verdad que no es no paridad absoluta. La rivalidad sistémica entre la potencia establecida y la potencia ascendente —la Trampa de Tucídides en su formulación de Graham T. Allison— no ha desaparecido; ha mutado hacia formas más sofisticadas, transaccionales y, en algunos aspectos, más peligrosas, porque ocultan el antagonismo de fondo bajo un barniz de «cooperación win-win».

El presente informe monográfico analiza en profundidad los cinco ejes de la cumbre —comercio y aranceles, Estrecho de Ormuz e Irán, Taiwán, inteligencia artificial y tecnología, y control nuclear— así como el contexto de poder en que se enmarca, los intereses divergentes de cada parte, los acuerdos previsibles y las líneas que ninguno cruzará. Se complementa con un Semáforo de Riesgos y un Comentario Editorial.

 

II. CONTEXTO ESTRATÉGICO: EL CAMINO A PEKÍN

2.1. La arquitectura previa: la guerra arancelaria a la tregua de Busan

La segunda presidencia de Trump arrancó en enero de 2025 con una escalada arancelaria sin precedentes —derechos que en su punto álgido superaron el 140% sobre importaciones chinas— que Pekín absorbió con una resiliencia que sorprendió a los analistas de consenso. La República Popular China (RPC) creció un 5% en 2025, extendiendo esa dinámica al primer trimestre de 2026, mientras diversificaba aceleradamente sus mercados de exportación y aceleraba su política de sustitución tecnológica.

La respuesta de Xi Jinping fue de una precisión quirúrgica: en abril y octubre de 2025, amenazó con restringir las exportaciones de tierras raras —de las que China controla entre el 75% y el 80% de la producción global y el 95% de la capacidad de refinado—, forzando a Trump a replegarse en ambas ocasiones. Este «arma de cristal roto» de las tierras raras demostró que la cadena de suministro occidental, y en particular la estadounidense, tenía una vulnerabilidad estructural de primer orden.

El resultado fue la Cumbre de Busan (30 de octubre de 2025, en los márgenes de la APEC en Corea del Sur): Trump la calificó de «12 sobre 10» y la prensa china de «logros duramente ganados». Los acuerdos incluyeron una reducción de aranceles estadounidenses sobre productos chinos del 57% al 47%, grandes compras chinas de soja, sorgo, petróleo de Alaska y aeronaves Boeing, suspensión de controles de exportación mutuos, cooperación en fentanilo, y un acuerdo renovable anualmente sobre tierras raras y minerales críticos. Se anunció una visita recíproca: Trump a China en primavera de 2026; Xi a EE.UU. a finales de año.

Tres meses después, los ataques estadounidenses e israelíes sobre Irán —la Operación Epic Fury— retrasaron la visita, prevista inicialmente para abril. La reapertura negociada del Estrecho de Ormuz, parcialmente bloqueado desde entonces, se convirtió en la variable más urgente de la agenda de Pekín.

 

2.2. La asimetría de poder en 2026: quién llega más fuerte

El Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) y el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) —fuentes de referencia de este analista— coinciden en un diagnóstico incómodo para Washington: China llega a Pekín con mayor confianza estratégica que en 2017, cuando Trump fue recibido con la «visita de Estado plus» —cena en la Ciudad Prohibida, desfile por Tiananmén, 250.000 millones de dólares en acuerdos comerciales—. Xi ha demostrado a sus cuadros que «el Este se levanta y el Oeste declina» y que «el tiempo y el ímpetu están de nuestra parte».

Trump llega, en cambio, en un momento políticamente delicado: la guerra contra Irán ha disparado la inflación energética, erosionando su popularidad doméstica, y necesita exhibir victorias concretas. Su delegación —el secretario de Estado Marco Rubio, el secretario del Tesoro Scott Bessent, el representante comercial (equivalente a secretario de comercio exterior) Jamieson Greer, y un secretario de Defensa Pete Hegseth que se convierte en el primer jefe del Pentágono en participar en una visita presidencial a China— revela la amplitud del espectro negociado, así como la presencia de más de una docena de directores ejecutivos, entre ellos Elon Musk (Tesla, SpaceX), Tim Cook (Apple), Jensen Huang (Nvidia) y otros líderes del sector tecnológico y financiero. La cumbre tiene, en su capa visible, más de misión económica y de negocios que de confrontación geopolítica.

Sin embargo, el CSIS advierte con rigor analítico que la «ansiedad» de China por celebrar este encuentro —pese a su postura de confianza— delata que tampoco Pekín se siente tan sólido como proclama: las exportaciones chinas a EE.UU. cayeron un 11% interanual en el primer trimestre de 2026; la diversificación de mercados es real pero costosa; y la inestabilidad del entorno iraní amenaza con interrumpir el suministro de petróleo del que China sigue siendo el mayor comprador mundial.

 

III. LOS CINCO EJES DE LA CUMBRE

3.1. Comercio, aranceles y la nueva arquitectura bilateral

Hechos

La tregua de Busan expira en su tramo más sensible a finales de 2026, cuando diversas medidas «snap back» —que se reactivarán automáticamente de no renovarse— entran en vigor. La administración Trump busca en Pekín tres objetivos económicos: (i) prorrogar la tregua y fijar su renovación en el marco de una «Junta de Comercio» (Trade Board) y una «Junta de Inversiones» (Investment Board) de carácter permanente; (ii) ampliar las compras chinas de productos agrícolas (soja, carne de res), energía (Alaska LNG) y aeronaves (Boeing); (iii) obtener un mayor acceso de las empresas estadounidenses al mercado chino, que sigue siendo uno de los más regulatoriamente restrictivos del mundo. Trump declaró durante el vuelo presidencial que su «primera petición» a Xi sería que «abra» la economía china a las compañías de EE.UU.

Implicaciones

La Heritage Foundation señala con precisión que todas las medidas acordadas hasta ahora son reversibles y que Pekín ha demostrado ser estratégicamente hábil en conceder en ítems verificables y de bajo coste político —compras de soja, suspensión de regulaciones— mientras preserva sus prioridades estratégicas: la política tecnológica, la arquitectura de seguridad en el Indo-Pacífico, Taiwán. La Junta de Comercio propuesta podría ser un mecanismo valioso para «institucionalizar» la relación económica —un punto positivo—, pero también puede convertirse en un foro de conflicto permanente si no hay voluntad política de ambas partes. Este analista estima que el riesgo de una nueva guerra arancelaria plena se ha reducido pero no eliminado; la arquitectura bilateral es frágil y depende excesivamente de la química personal entre los dos líderes.

Perspectivas y escenarios

Escenario A (más probable, 55%): Se anuncia prórroga de la tregua de Busan, nuevas compras chinas en agricultura y energía, y creación formal de la Junta de Comercio. Los aranceles se mantienen en torno al 47% como punto de equilibrio. Resultado: estabilización frágil pero funcional.

Escenario B (moderadamente probable, 30%): Acuerdo parcial —nuevas compras, sin Junta de Comercio formalizada— con compromisos vagos sobre reducción arancelaria. Resultado: ambigüedad estratégica que beneficia a China más que a EE.UU.

Escenario C (improbable pero posible, 15%): Ruptura o no-acuerdo en alguno de los ejes sensibles (Taiwán, IA) que contamina el clima económico y fuerza nueva escalada antes de fin de año.

 

3.2. El estrecho de Ormuz y la guerra con Irán: la variable que todo lo impregna

Hechos

El bloqueo de facto del Estrecho de Ormuz por parte de la oligarquía yihadista iraní —agravado tras la Operación Epic Fury— ha disparado los precios del petróleo y el gas natural, golpeando la economía global y en particular la inflación estadounidense. Trump espera que Xi presione a Teherán para reabrir el Estrecho y aceptar un acuerdo de paz. La señal precumbre fue llamativa: el canciller iraní Abbas Araghchi visitó Pekín la semana anterior, y China se presentó ante Washington como el interlocutor que ya había «pesado» ante Irán para facilitar la reapertura. Los ciudadanos chinos consultados por CNN en las calles de Pekín expresan, en cambio, escasa apetencia para que su país se involucre en el conflicto.

Un alto funcionario de la administración Trump confirmó a los periodistas —bajo anonimato— que se esperaba que Trump «aplicara presión» sobre Xi en relación con Ormuz. Pero China es el mayor comprador mundial de petróleo iraní; su relación con Teherán es de interés estratégico profundo, no meramente táctica.

Implicaciones

La oligarquía yihadista iraní —y el triunvirato de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) encabezado por el general Ahmed Vahidi, con Mohamed B. Zolghadr al frente de las Brigadas Al-Quds— ha demostrado una tenacidad que desafía los modelos de análisis de presión exterior. China puede persuadir a Teherán en el margen, pero no puede —ni quiere— forzar un giro de ciento ochenta grados en la política energética iraní sin ofrecer algo a cambio. El riesgo de que Pekín venda a Washington una «mediación» simbólica que no tenga efecto operativo real sobre el cierre del Estrecho es alto. Para Europa —dependiente del tráfico de hidrocarburos por Ormuz— y para España en particular, cuya postura oficial hacia EE.UU. mantiene una incoherencia estructural que este analista vengo describiendo desde el inicio del conflicto (las bases de Rota y Morón apoyan activamente la operación mientras el gobierno mantiene una hostilidad pública hacia Washington), el resultado de este eje es de importancia vital.

Perspectivas y escenarios

Escenario A (probable, 50%): China anuncia «consultas activas» con Irán y se compromete a «facilitar» la reapertura parcial del Estrecho. Sin compromiso operativo vinculante. Trump vende el resultado como una victoria. La realidad sobre el terreno cambia poco a corto plazo.

Escenario B (posible, 35%): China transmite a Teherán condiciones específicas para una reapertura de facto, a cambio de garantías estadounidenses sobre el levantamiento de sanciones secundarias que afectan a las compras chinas de petróleo iraní. Acuerdo implícito, nunca declarado.

Escenario C (improbable, 15%): Xi rechaza cualquier mediación activa sobre Irán y el Estrecho queda fuera del comunicado conjunto. Máxima tensión residual.

 

3.3. Taiwán: la línea roja que no se puede cruzar

Hechos

El diario oficial del Partido Comunista Chino, el People's Daily, publicó antes de la llegada de Trump una editorial sin precedentes en su contundencia, calificando la cuestión de Taiwán de «primera línea roja que no se puede cruzar en las relaciones China-EE.UU». y «el mayor punto de riesgo» entre ambas potencias. Trump había declarado antes de partir que «discutiría» con Xi las ventas de armas estadounidenses a Taiwán —el paquete armamentístico aprobado es el mayor de la historia—, una declaración que generó alarma inmediata en Taipéi y entre los aliados asiáticos de Washington. Al mismo tiempo, las importaciones estadounidenses de bienes taiwaneses —en particular semiconductores avanzados— han superado en 2026 a las importaciones procedentes de China continental, transformando a Taiwán en un proveedor estratégico absolutamente irreemplazable.

Implicaciones

Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) produce el 90% de los semiconductores avanzados del mundo. Cualquier concesión estadounidense sobre la venta de armas a Taiwán —presentada como gesto de buena voluntad hacia Pekín— redefiniría la arquitectura de seguridad de todo el Indo-Pacífico, erosionaría la credibilidad del paraguas de seguridad estadounidense ante Japón, Corea del Sur, Filipinas y Australia, y enviaría una señal de debilidad estratégica de consecuencias incalculables. Este analista considera que una cesión real sobre Taiwán sería el error geopolítico más grave de la administración Trump II, con efectos sistémicos sobre el orden liberal internacional comparables a los del abandono de Afganistán en 2021.

La paradoja del descabezamiento —el fenómeno por el que la eliminación o neutralización de un actor desestabilizador no produce automáticamente estabilidad sino que puede agravar el vacío de poder y la imprevisibilidad— es aquí de aplicación inversa: si EE.UU. «descabeza» su compromiso con Taiwán para obtener réditos transaccionales, no elimina el riesgo; lo multiplica. La potencia que abandona una línea defensiva no compra paz; compra el siguiente ultimátum a mayor precio.

Perspectivas y escenarios

Escenario A (más probable, 60%): EE.UU. mantiene formalmente las ventas de armas y el lenguaje de la Ley de Relaciones con Taiwán (Taiwan Relations Act, 1979). China protesta ritualmente. El comunicado conjunto elude el tema con fórmulas ambiguas sobre «una sola China» que ambas partes interpretan a su conveniencia. Statu quo preservado.

Escenario B (posible, 30%): EE.UU. anuncia una «pausa» o «revisión» de algún componente del paquete armamentístico taiwanés como gesto de buena voluntad en el contexto de un acuerdo más amplio. Señal de alarma máxima para los aliados del Indo-Pacífico.

Escenario C (improbable, 10%): Declaración conjunta que incluye reconocimiento explícito por parte de EE.UU. de las «preocupaciones legítimas» de China sobre Taiwán en términos que vayan más allá del lenguaje tradicional. Terremoto geopolítico.

 

3.4. Inteligencia artificial, chips y la competencia tecnológica

Hechos

La presencia en la delegación de Jensen Huang —director ejecutivo de Nvidia, el fabricante de los chips H100 y B200 que alimentan la revolución de la inteligencia artificial (IA)— no es decorativa: los controles de exportación de chips avanzados a China son uno de los puntos más calientes de la agenda. Pekín quiere reducir las restricciones para acceder a semiconductores de última generación; Washington quiere evitar que esa tecnología refuerce las capacidades militares y de vigilancia del Partido Comunista Chino. DeepSeek demostró al mundo en 2025 que China puede alcanzar niveles de competitividad en IA con menos recursos computacionales —una eficiencia que desafió la hipótesis occidental de que la superioridad en chips bastaba para mantener la ventaja—.

En computación cuántica, EE.UU. mantiene superioridad en potencia bruta (Google Willow, IBM Nighthawk), pero China domina las comunicaciones cuánticas (red continental de distribución de claves cuánticas, satélites propios). La apuesta estadounidense es la «espada ofensiva»; la china, el «escudo impenetrable». En IA, Pekín empuja para que la cumbre produzca algún marco bilateral de gobernanza que le dé acceso regulado a tecnología que hoy se le niega. Washington ve esto como un caballo de Troya regulatorio.

Implicaciones

El CFR señala que Pekín considera los diálogos de IA «una oportunidad para ampliar el acceso de China a la tecnología estadounidense y cerrar la brecha». Esta lectura es correcta. Cualquier marco bilateral de «seguridad en IA» que abra canales de intercambio tecnológico sin garantías de verificación rigurosa beneficia estructuralmente a China más que a EE.UU. La política de «jardín pequeño, valla alta» —restricciones selectivas sobre tecnologías verdaderamente críticas— es el único modelo que tiene sentido estratégico, pero requiere una disciplina de alianzas que la administración Trump II ha erosionado con sus ataques a socios europeos y asiáticos.

Perspectivas y escenarios

Escenario A (probable, 50%): Se anuncia un grupo de trabajo bilateral sobre «gobernanza de IA». Los controles de exportación se mantienen en lo esencial, pero se crean excepciones comerciales negociadas para determinados chips de gama media. Nvidia y otras compañías obtienen acceso parcial al mercado chino.

Escenario B (posible, 35%): Los controles de exportación se relajan significativamente a cambio de compromisos chinos sobre uso civil exclusivo, sin mecanismos de verificación efectivos. Beneficio a corto plazo para las empresas tecnológicas estadounidenses; riesgo estratégico a largo plazo.

Escenario C (improbable, 15%): Acuerdo de gobernanza en IA con cláusulas de verificación robustas y mecanismos de cumplimiento. El escenario más favorable para el orden internacional pero el que requiere mayor confianza mutua —que no existe.

 

3.5. Control nuclear: la propuesta trilateral EE. UU.-China-Rusia

Hechos

Trump planea proponer en Pekín un pacto trilateral de control de arsenales nucleares entre EE.UU., China y Rusia. El Tratado New START entre Washington y Moscú expiró en febrero de 2026 sin renovación, eliminando los últimos límites formales sobre armas nucleares estratégicas. El Pentágono estima que China posee actualmente más de 600 ojivas nucleares operativas y que superará las 1.000 antes de 2030; EE.UU. y Rusia mantienen arsenales superiores a 5.000 ojivas cada uno. China ha rechazado sistemáticamente en el pasado cualquier participación en marcos de control de armamentos que la equipare a las dos superpotencias nucleares originales, argumentando que su arsenal es proporcionalmente inferior.

Implicaciones

La propuesta es políticamente audaz pero estratégicamente compleja. Para China, aceptar límites en su arsenal nuclear en este momento —cuando está en plena expansión cuantitativa y cualitativa— equivaldría a congelarse en una posición de inferioridad permanente respecto a EE.UU. y Rusia. Para Rusia, cualquier acuerdo que implique a China en la misma mesa tiene ventajas (multilateraliza el proceso) e inconvenientes (legitima a China como igual nuclear). Para EE.UU., es una oportunidad de crear arquitectura de seguridad estratégica, pero requiere paciencia negociadora que el estilo transaccional de Trump raramente permite.

Perspectivas y escenarios

Escenario A (más probable, 55%): China acepta «explorar» el concepto en un grupo de trabajo o en el marco de consultas estratégicas bilaterales. Sin compromisos concretos. La propuesta queda en el comunicado como aspiración.

Escenario B (posible, 35%): China rechaza formalmente la propuesta; el tema se retira discretamente del comunicado para no contaminar el resto de los acuerdos.

Escenario C (improbable, 10%): Inicio formal de negociaciones trilaterales con un mandato de plazo definido. Sería el resultado más significativo de la cumbre desde el punto de vista de la seguridad internacional.

 

IV. RACK DE MEDIOS

CNN (EE.UU.): Cobertura en directo desde Pekín. Destaca la «relajación de la escalada» y el tono «positivo y productivo» descrito por los directivos. Elon Musk: «Maravillosas». Tim Cook: gesto de paz y pulgar arriba. Jensen Huang: «Las reuniones fueron bien». Tone: pragmático, orientado a resultados empresariales.

AP / Telemundo (EE.UU. hispano): Énfasis en las demandas agrícolas y la «Junta de Comercio». Señalan el momento «delicado» de la presidencia de Trump por la inflación vinculada al conflicto iraní.

People's Daily / Xinhua (China): Xi describió la situación global como «una nueva encrucijada» y proclamó que EE.UU. y China «deben ser socios y no opositores». Xinhua destacó la «apertura» de Trump y la cooperación en beneficio mutuo. Tono: triunfalista moderado.

El País / El Mundo / La Razón (España): Cobertura amplia. Énfasis en Irán y el Estrecho. Mención a la complejidad de la posición española —bases de Rota y Morón operativas mientras el gobierno mantiene distancia política de la operación—.

CFR / CSIS (think tanks, EE.UU.): El CFR titula que «China tendrá la sartén por el mango» (upper hand). CSIS prevé «avances modestos» hacia mayor estabilidad y predictibilidad. Ambos coinciden en que Xi llega con más confianza que en 2017 y que EE.UU. tiene menos apalancamiento estructural.

Foro Económico Mundial (WEF): Marco la cumbre como «el encuentro más importante de 2026 para la estabilidad de los mercados globales». Anticipa que el resultado determinará la trayectoria de los precios del petróleo y los índices bursátiles internacionales en el segundo semestre.

 

V. SEMÁFORO DE RIESGOS

 

ÁREA DE RIESGO

NIVEL

EVALUACIÓN

Estrecho de Ormuz / Irán

CRÍTICO

Bloqueo de facto en curso; China rehúsa compromiso operativo; posibilidad de distensión diplomática moderada post-cumbre, pero sin garantías.

Guerra comercial EE.UU.–China

ALTO

Tregua de Busan expira en 2026; cumbre busca prórroga y nuevas estructuras (Junta de Comercio). Riesgo de recaída si no hay acuerdo.

Taiwán

CRÍTICO

Línea roja declarada por el Partido. Venta de armas de EE.UU. en agenda; riesgo de detonante diplomático o militar si hay mala gestión.

Tierras raras / tecnología

ALTO

China mantiene hegemonía en extracción y refinado. Acuerdo renovable anual. Vulnerabilidad estructural de EE.UU. persiste.

Inteligencia artificial / chips

ALTO

Nvidia (Jensen Huang presente) en la delegación; controles de exportación de chips en discusión. Competencia estratégica irreducible.

Control nuclear trilateral

MEDIO

Trump propone pacto EE.UU.–China–Rusia. China resistente; arsenal estimado en +600 ojivas operativas. Diálogo posible pero sin acuerdo inminente.

Estabilidad financiera global

MEDIO

Petróleo elevado por Ormuz; inflación en EE.UU. Exportaciones chinas caen 11% interanual. Ambas partes necesitan estabilidad.

Indo-Pacífico / alianzas

ALTO

Países del Indo-Pacífico observan resultado. Cualquier concesión de EE.UU. sobre Taiwán redefine arquitectura de alianzas.

 

 

VI. COMENTARIO EDITORIAL

Hay cumbres que cambian el mundo y hay cumbres que evitan que el mundo cambie para peor. La de Pekín del 14 y 15 de mayo de 2026 pertenece, con alta probabilidad, a la segunda categoría —y eso, en el actual estado de la geopolítica global, es ya un logro no desdeñable.

La rivalidad sistémica entre Estados Unidos y China no es la Guerra Fría. No hay dos bloques herméticos; hay dos economías profundamente interdependientes —China compra soja de Iowa; América fabrica iPhones en Zhengzhou— que compiten por la arquitectura del orden internacional del siglo XXI con armas que son simultáneamente comerciales, tecnológicas, militares y normativas. La Trampa de Tucídides no es un destino; es un riesgo que la diplomacia puede conjurar. Pero conjurarlo requiere algo que escasea en la política de la era Trump: consistencia estratégica.

Xi Jinping llega a esta cumbre en la posición más fuerte de cualquier líder chino en una negociación con EE.UU. desde Mao Zedong. Absorbió la guerra arancelaria sin pestañear; diversificó mercados; utilizó las tierras raras como palanca y obligó a Trump a rebajar sus demandas en dos ocasiones. Mientras tanto, ha consolidado un poder personal sin contrapesos constitucionales y ha construido alrededor de China una red de «socios transaccionales» —Rusia, Irán, Corea del Norte, países del Sur Global— que no son aliados en el sentido occidental del término, pero que reducen su aislamiento estratégico. China no tiene aliados; tiene socios de conveniencia. Es una diferencia crucial: la solidez de esas relaciones es frágil, pero su utilidad táctica es real.

Trump, por su parte, llega necesitado de victorias visibles. La guerra contra Irán —con el Estrecho de Ormuz en situación de fractura sistémica contenida, término que vengo utilizando para describir conflictos que no explotan plenamente pero tampoco se resuelven— ha generado un shock de precios energéticos que erosiona su popularidad doméstica. Su delegación empresarial —Musk, Cook, Huang— es simultáneamente su mayor baza y debilidad: revela que los intereses corporativos pesan tanto o más que los intereses estratégicos en la definición de la posición negociadora de EE.UU. Cuando Jensen Huang —cuya empresa tiene en China uno de sus mercados más importantes— acompaña al presidente a negociar los controles de exportación de chips, la señal que se envía a Pekín es inequívoca: hay espacio para la transacción.

El mayor peligro de esta cumbre no es que fracase. Es que tenga el éxito equivocado: que produzca un acuerdo comercialmente vistoso —compras de soja, Boeing, gas de Alaska; creación de una Junta de Comercio; foto de la firma— mientras deja intactos los problemas realmente peligrosos. El Estrecho de Ormuz seguirá cerrado o semicerrado si China no presiona de verdad a la oligarquía yihadista iraní —y China no lo hará gratis—. Taiwán seguirá siendo la mecha más corta del sistema internacional, y cualquier ambigüedad en el lenguaje del comunicado conjunto sobre la cuestión taiwanese será leída en Taipéi, Tokio, Seúl y Manila como una señal de debilitamiento del compromiso estadounidense. La IA seguirá siendo el campo de batalla donde se decide quién controla las infraestructuras cognitivas del mundo en 2040.

Europa —que mira esta cumbre desde la periferia estratégica a la que la han relegado décadas de wishful thinking y de suicidio industrial en materia de defensa y energía— tiene mucho que perder y poco que ganar. Si el acuerdo comercial entre Washington y Pekín se construye sobre un mercantilismo bilateral que excluye los intereses europeos, el continente quedará atrapado entre dos grandes que negocian sobre su cabeza. Si el acuerdo sobre Irán no produce reapertura real del Estrecho, las economías europeas seguirán pagando una prima energética que está acelerando la desindustrialización que ya vengo denominando suicidio industrial.

España, en este contexto, ocupa una posición de incoherencia estructural que este analista no puede sino señalar con la franqueza que la situación exige: mientras las bases de Rota y Morón participan activamente en el sostenimiento logístico de las operaciones en el Golfo, el gobierno en Madrid mantiene un lenguaje de distancia o de crítica velada hacia Washington que no resiste el menor escrutinio de coherencia. No se trata de maximalismo atlantista; se trata de no pretender que la mano derecha no sabe lo que hace la izquierda. En política exterior, la incoherencia no es neutralidad: es vulnerabilidad.

La cumbre de Pekín es, en definitiva, un espejo. Refleja el estado real del orden internacional: no es el mundo de la Guerra Fría —bipolar, predecible, brutalmente ordenado—; tampoco el momento unipolar de 1991, cuando EE.UU. podía dictar las reglas del juego. Es un mundo de rivalidad sistémica entre una potencia establecida que negocia desde el declive relativo y una potencia ascendente que negocia desde la paciencia estratégica, ambas conscientes de que la guerra total entre ellas sería el apocalipsis de ambas. La lógica de la destrucción mutua asegurada —que en el orden nuclear se llama MAD (Mutually Assured Destruction)— tiene en el siglo XXI una versión económica: la destrucción mutua de las cadenas de suministro globales. Esa conciencia es lo que impide la confrontación directa. Y esa misma conciencia es lo que hace que las guerras de temperatura variable —nadie puede ganarlas ni puede permitirse perderlas— proliferen en la periferia del sistema.

Trump y Xi se fotografiarán, se estrecharán la mano y se proclamarán «socios, no adversarios». Tendrán razón. Y estarán mintiendo. Ambas cosas al mismo tiempo. Eso es la geopolítica del siglo XXI.

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