Europa llega a la guerra del gas con depósitos al 28,5%
El bloqueo en Ormuz y los daños en Qatar golpean a una UE que afronta la recarga de reservas en mínimos de cinco años, con menos gas ruso, más dependencia del GNL y un mercado que ya vuelve a tensionarse.
Europa encara la nueva sacudida energética con un dato que resume toda su fragilidad: sus almacenamientos subterráneos apenas estaban al 28,5% en la tercera semana de marzo, frente al 33,9% de hace un año. Varios analistas prevén que el mes cierre con los depósitos entre el 22% y el 27%, muy lejos del entorno del 41% que marcaba la media de los últimos cinco años para estas fechas. Eso obliga a una carrera de compras en pleno shock geopolítico: harán falta 67 bcm, equivalentes a unos 700 cargamentos de GNL, para llegar al próximo invierno con un colchón razonable.
Un colchón mucho más fino
El almacenamiento no es un detalle técnico, sino la póliza de seguro del sistema gasista europeo. La propia Comisión Europea recuerda que los depósitos cubren habitualmente entre el 25% y el 30% del gas consumido por la UE en invierno, de modo que llegar a la primavera con niveles tan bajos reduce el margen para absorber cualquier sobresalto adicional. A comienzos de marzo, el Consejo situaba a Alemania, Francia, Italia y Países Bajos como los países con mayor capacidad de almacenamiento del bloque; sin embargo, la magnitud del problema ya no está solo en la geografía de los depósitos, sino en la velocidad a la que habrá que rellenarlos. Europa no llega sin gas, pero sí llega sin holgura. Y esa diferencia, en energía, suele ser la que separa un mercado caro de un mercado directamente dislocado.
La guerra golpea donde más duele
La nueva crisis no nace en Bruselas, sino en el Golfo. Los ataques sobre instalaciones energéticas de Qatar y la disrupción del tráfico por el estrecho de Ormuz han alterado el corazón del comercio mundial de GNL. El golpe más simbólico —y más peligroso para Europa— se ha producido en Ras Laffan, donde los daños han dejado fuera de juego alrededor del 17% de la capacidad exportadora de GNL de Qatar y han abierto la puerta a reparaciones que pueden prolongarse entre tres y cinco años. La consecuencia es clara: el continente que sustituyó el gas ruso por moléculas llegadas en barco vuelve a depender de una ruta marítima sometida a la guerra. Cuando el mercado global del gas pierde flexibilidad, Europa deja de comprar barato y empieza simplemente a comprar tarde.
El coste del relleno se dispara
Ese deterioro físico del suministro ya tiene traducción inmediata en los precios. El contrato front-month del TTF holandés llegó el 23 de marzo a 61,58 euros por MWh, con un avance de más del 90% en el mes y en niveles no vistos desde comienzos de 2023. Al mismo tiempo, el coste estimado para rellenar los depósitos europeos este verano se ha disparado hasta 40.000 millones de dólares, unos 13.600 millones más que en el ejercicio anterior, según cálculos recogidos por Reuters. El diagnóstico es inequívoco: Europa necesita más gas, más rápido y más caro. Y ahí aparece el círculo vicioso que preocupa al mercado: cuanto más evidente sea la obligación política de llenar reservas, mayor será la presión compradora y mayor el incentivo de los vendedores a esperar precios aún más altos.
Dependencia exterior sin red rusa
La crisis actual revela además un cambio estructural que Bruselas había vendido como fortaleza y que hoy funciona también como vulnerabilidad. La cuota del gas ruso por gasoducto ha caído del 40% en 2021 a alrededor del 6% en 2025, y si se suma el GNL, Rusia aún representó cerca del 13% de las importaciones europeas el año pasado. Pero desde el 18 de marzo de 2026 ya ha empezado a aplicarse la prohibición gradual de nuevas importaciones rusas, con la eliminación total prevista para finales de 2027. Europa, por tanto, llega a esta guerra con menos exposición a Moscú, sí, pero también con mucha más dependencia del mercado global de GNL. La IEA anticipaba antes del conflicto que las importaciones europeas de gas licuado marcarían un nuevo récord en 2026, mientras la oferta mundial crecería en más de 40 bcm. El problema es que ese alivio esperado ya no puede darse por descontado.
La industria vuelve al alambre
El mercado aún no está en un escenario de racionamiento generalizado, pero ya han aparecido avisos que hace solo unas semanas parecían exagerados. El consejero delegado de Shell advirtió este 25 de marzo de que Europa podría sufrir escasez de combustibles en abril si no se normaliza el tráfico por Ormuz, y la presión sobre el gas amenaza con trasladarse otra vez a toda la cadena industrial: química, fertilizantes, refino, vidrio, cerámica, papel o metalurgia. Ese fue exactamente el patrón de 2022, cuando la energía dejó de ser un coste más y se convirtió en el factor que decidía si una planta producía o paraba. Además, el repunte de petróleo y gas ya ha reabierto el frente macroeconómico: el BCE ha deslizado que podría endurecer su postura si el shock energético acaba contaminando la inflación. Europa no solo se juega la factura; se juega crecimiento, competitividad y política monetaria.
Bruselas gana flexibilidad, pero pierde tiempo
Consciente del riesgo, la UE ha optado por suavizar parte del corsé regulatorio sin renunciar a la meta final. Las reglas de almacenamiento se han prorrogado hasta 2027 y mantienen el objetivo del 90%, pero permiten alcanzarlo entre el 1 de octubre y el 1 de diciembre, además de introducir más flexibilidad para evitar compras forzadas que distorsionen el mercado. Sobre el papel, la decisión tiene sentido: comprar todo demasiado pronto puede disparar los precios que precisamente se quieren contener. Sin embargo, este hecho revela el verdadero límite de la política energética comunitaria: Bruselas puede redistribuir calendarios, pero no puede crear moléculas. La ampliación de terminales de regasificación y FSRU desde 2022 ha reforzado la capacidad europea —la IEEFA estima un aumento del 32% hasta 338,9 bcm—, aunque esa infraestructura no sirve de mucho si el suministro global vuelve a atascarse en el Golfo.