Infantino fuerza la normalidad: Irán jugará el Mundial en EEUU
La FIFA descarta mover sus partidos a México y convierte el torneo de 2026 en una prueba de resistencia política, logística y reputacional.
A poco más de dos meses del arranque del Mundial, la FIFA ha cerrado uno de los frentes más delicados del torneo: Irán acudirá a la cita de 2026 y disputará sus encuentros en Estados Unidos, tal y como marca el sorteo. La decisión, verbalizada por Gianni Infantino este martes, pretende proyectar normalidad. En realidad, revela otra cosa: que el mayor evento del fútbol mundial llega a junio bajo una presión geopolítica inédita.
Porque el debate ya no es deportivo. Irán se ganó su plaza en el campo, pero su presencia en suelo estadounidense, en medio del conflicto que sacude la región y tras las dudas expresadas por Donald Trump sobre la seguridad del viaje, sitúa a la FIFA ante un dilema mucho más incómodo: defender la universalidad del torneo sin perder el control político, operativo y reputacional de la competición. Ese equilibrio, hoy, es mucho más frágil de lo que aparenta el mensaje oficial.
Sin plan B
Infantino eligió la contundencia. Desde Turquía, después de reunirse con el entorno de la selección iraní y en el contexto del amistoso ante Costa Rica, el presidente de la FIFA zanjó la discusión con una frase tan breve como cargada de consecuencias: “Irán estará en el Mundial”. Y añadió, en esencia, que los partidos se jugarán donde el sorteo estableció. Traducido al lenguaje institucional: no habrá excepcionalidad para Teherán, no habrá traslado preventivo y no habrá rediseño del cuadro a menos que la situación se deteriore de forma extrema.
Lo relevante no es solo el contenido, sino el momento. En las últimas semanas, Irán había explorado la posibilidad de desplazar sus encuentros a México por motivos de seguridad. La respuesta de la FIFA, sin embargo, ha sido de cierre total. Este hecho revela una lógica muy clara: abrir una excepción ahora equivaldría a admitir que el torneo ya no puede aislarse de la guerra. Y eso es precisamente lo que Infantino quiere evitar. La consecuencia es clara: la FIFA ha preferido preservar la arquitectura del campeonato antes que reconocer públicamente su vulnerabilidad.
El calendario no se toca
El calendario oficial ayuda a entender por qué la FIFA se aferra al guion. El Mundial 2026 arrancará el 11 de junio, reunirá a 48 selecciones, se disputará en 16 ciudades de tres países y sumará 104 partidos, el mayor volumen competitivo de la historia del torneo. En ese marco, Irán mantiene intacta su hoja de ruta en el Grupo G: debutará ante Nueva Zelanda en Los Ángeles el 16 de junio, se medirá a Bélgica en Los Ángeles el 21 de junio y cerrará la fase ante Egipto en Seattle el 27 de junio.
Mover únicamente a Irán no sería un simple ajuste de sede. Sería una alteración con efecto en cadena sobre seguridad, desplazamientos, venta de entradas, paquetes hospitality, producción televisiva y reparto de cargas entre ciudades anfitrionas. El contraste con otros torneos resulta demoledor: aquí no hablamos de un campeonato concentrado en un solo país o en pocas sedes, sino de una estructura multinacional y masiva. Cada cambio arrastra decenas de contratos y miles de itinerarios. Por eso la FIFA habla de normalidad: porque reconocer lo contrario tendría un coste organizativo y económico difícil de absorber a tan poca distancia del inicio. Esa conclusión es una inferencia directa de la dimensión del evento y del calendario oficial.
Trump abrió la grieta
La presión política se disparó cuando Donald Trump, presidente de Estados Unidos, introdujo públicamente la duda que hasta entonces se movía en voz baja: no veía “apropiado” que la selección iraní viajara “por su propia vida y seguridad”. El problema no fue solo la frase. Lo más grave fue la contradicción con el principio básico que exige un Mundial: que el país anfitrión garantice acceso y condiciones de participación a todos los clasificados. En ese punto, la discusión dejó de ser diplomática y pasó a cuestionar la fiabilidad del marco anfitrión.
La FIFA intenta taponar esa grieta con una idea recurrente: el fútbol como espacio de diálogo. Pero el diagnóstico es inequívoco. Cuando el jefe del Estado que acoge la mayor parte del torneo cuestiona la conveniencia de que una selección clasificada entre, el mensaje hacia federaciones, patrocinadores y operadores de seguridad cambia por completo. No se percibe solo riesgo físico; se percibe incertidumbre regulatoria y política. Y en eventos de esta escala, la incertidumbre se traduce siempre en mayores costes, más fricción operativa y un deterioro silencioso de la confianza.
La guerra ya ha entrado en el césped
La imagen más incómoda de estos días no ha sido una rueda de prensa, sino el gesto de la selección iraní en Turquía antes de su amistoso ante Costa Rica: jugadores y técnicos exhibieron fotografías de menores que, según denunciaron las autoridades iraníes, murieron en bombardeos recientes. Días antes, el equipo ya había utilizado brazaletes negros y mochilas escolares como símbolo de duelo. El fútbol, por tanto, ya no está al margen del conflicto; lo está escenificando.
Ese dato importa mucho más de lo que parece. Si el torneo debía ser una celebración global, la guerra se ha colado en el relato antes del pitido inicial. Y además lo hace con un telón de fondo económico cada vez más áspero: la escalada militar en la región ha dejado más de 3.000 muertos, según AP, y ha empujado al alza los precios energéticos, con el Brent subiendo más de un 45% en el contexto de la crisis. La conexión entre ambos planos es directa: cada deterioro geopolítico aumenta la presión sobre la seguridad, sobre la movilidad y sobre la estabilidad reputacional del Mundial.
El coste reputacional para la FIFA
Infantino ha elegido la doctrina de la continuidad. Es comprensible: excluir a Irán o desplazar sus partidos implicaría asumir que el torneo no puede sostener su promesa de neutralidad competitiva. Sin embargo, esa defensa del principio universal tiene un reverso peligroso. Si en junio se produce cualquier incidente diplomático, logístico o de seguridad vinculado a la presencia iraní, la FIFA ya no podrá presentarlo como una contingencia imprevisible. Habrá quedado constancia pública de que el riesgo fue advertido y deliberadamente asumido.
Aquí aparece el verdadero problema de gobernanza. La FIFA no solo gestiona un cuadro de competición; administra un ecosistema de marcas, derechos audiovisuales, acuerdos comerciales y relaciones estatales. En un Mundial de 104 encuentros repartidos por Norteamérica, la reputación no es un accesorio: es parte del activo. La consecuencia es clara: cuanto más firme es el mensaje de “todo sigue igual”, mayor será el daño si algo obliga a rectificar después. En otras palabras, la institución se ha atado a su propia narrativa. Y eso reduce su margen de maniobra.
El precedente que nadie quería abrir
La historia del fútbol internacional demuestra que las guerras sí han alterado torneos. En febrero de 2022, FIFA y UEFA suspendieron a Rusia de todas las competiciones tras la invasión de Ucrania. Y en 1992, Yugoslavia quedó fuera de la Eurocopa en el marco de las sanciones impulsadas por Naciones Unidas. Es decir, el precedente existe: cuando la presión política y jurídica supera cierto umbral, el deporte deja de operar como esfera autónoma.
Precisamente por eso el caso iraní resulta tan revelador. La FIFA no está aplicando hoy el patrón de exclusión, sino el contrario: mantener al clasificado dentro del torneo y blindar el calendario. El contraste con Rusia es significativo. No necesariamente porque una situación sea equiparable a otra, sino porque muestra que la frontera entre “principio deportivo” y “decisión política” nunca ha sido estable. Depende del contexto, de las alianzas, de la presión institucional y del coste de intervenir. Y en 2026, a escasas semanas de la cita, el coste de reabrir el cuadro parece demasiado alto.