Irán denuncia daños en 4 joyas históricas bajo las bombas

Abás Araqchi acusa a Israel de golpear enclaves patrimoniales mientras la UNESCO ya ha verificado desperfectos en palacios, mezquitas y áreas arqueológicas que forman parte de la memoria persa y del equilibrio legal de la guerra.

Palacio de Golestán, Teherán, Irán
Palacio de Golestán, Teherán, Irán

Al menos cuatro enclaves culturales e históricos iraníes han sufrido daños verificados en plena escalada bélica. La acusación lanzada este jueves por el ministro de Exteriores iraní, Abás Araqchi, eleva un peldaño más la confrontación: ya no se discute solo sobre objetivos militares, sino sobre el deterioro de símbolos que condensan siglos de historia. Irán sostiene que varios lugares Patrimonio Mundial han sido alcanzados y exige una reacción más contundente de la UNESCO. El trasfondo es todavía más delicado: Irán cuenta con 29 sitios inscritos en la lista del Patrimonio Mundial, de modo que cada impacto sobre uno de ellos trasciende la propaganda y entra en el terreno del coste civilizatorio, jurídico y económico.

Golpe a la memoria persa

La denuncia iraní no es menor porque toca uno de los nervios más sensibles de cualquier Estado con ambición histórica: su relato de continuidad. Araqchi lo formuló en términos abiertamente políticos al acusar a Israel de atacar monumentos y lugares históricos, y al exigir a la UNESCO que abandone lo que Teherán considera una respuesta insuficiente. “Es natural que un régimen que no llegará al siglo odie a naciones con un pasado milenario”, escribió el ministro iraní, en una frase que mezcla diplomacia, propaganda y una batalla por el encuadre moral del conflicto.

Lo relevante, sin embargo, no es solo la retórica. Cuando el patrimonio entra en el parte de guerra, cambia la naturaleza del daño. No se destruyen únicamente fachadas, cúpulas o mosaicos; se erosiona un activo cultural que funciona como legitimidad interna, como proyección internacional y también como fuente de actividad económica. Lo más grave es que algunos de los enclaves afectados están vinculados a periodos fundacionales de la historia iraní y a ciudades cuya identidad urbana depende en gran medida de la preservación de ese legado.

Cuatro daños ya verificados

A diferencia de otras acusaciones de guerra difíciles de contrastar en tiempo real, aquí ya existe una base mínima confirmada. La agencia AP informa de que al menos cuatro lugares culturales e históricos han sufrido daños: el Palacio de Golestán en Teherán, el palacio de Chehel Sotoun, la Masjed-e Jāme de Isfahán y edificios próximos al valle de Jorramabad. En este último caso, el conjunto incluye cinco cuevas prehistóricas y un abrigo rocoso con evidencias de ocupación humana desde 63.000 a. C.. El dato, por sí solo, explica la magnitud de lo que está en juego.

El caso más simbólico es el de Golestán. La UNESCO y varios medios internacionales han confirmado daños en este complejo de la capital iraní, cuyos orígenes se remontan al siglo XIV y que sufrió destrozos por onda expansiva y fragmentos tras un ataque en su zona de protección. En Isfahán, los desperfectos alcanzan además a Chehel Sotoun, del siglo XVII, y a la mezquita del viernes más antigua del país. El contraste resulta demoledor: incluso cuando el impacto no es directo, las ondas, los cascotes y la presión de las explosiones bastan para quebrar vidrieras, molduras, azulejería y estructuras delicadas.

La presión sobre la UNESCO

Teherán exige más visibilidad y más dureza a la UNESCO, pero el organismo ya ha dado un paso que conviene subrayar. En una comunicación reciente, la agencia de Naciones Unidas expresó su “profunda preocupación” y recordó que había transmitido a las partes las coordenadas geográficas de los lugares inscritos en la lista del Patrimonio Mundial, así como de otros bienes bajo protección reforzada, para que se adoptaran todas las precauciones posibles. Ese matiz es crucial: no se trata de sitios invisibles ni ambiguos, sino de enclaves identificados de antemano.

Este hecho revela una incomodidad institucional evidente. La UNESCO dispone de instrumentos normativos, capacidad de monitoreo y legitimidad internacional, pero carece de fuerza ejecutiva. Puede alertar, documentar y elevar la presión diplomática; no puede detener un misil. En ciudades como Isfahán, según relató la prensa británica, los tejados de varios edificios históricos exhibían incluso el emblema del Blue Shield, distintivo asociado a la protección de bienes culturales en conflicto armado. Y aun así hubo daños. La consecuencia es clara: el marco de protección existe, pero su eficacia depende por completo de que los beligerantes decidan respetarlo.

Un daño que también es económico

La destrucción patrimonial suele analizarse como una tragedia cultural, y lo es. Pero también constituye un problema económico de primer orden. Teherán e Isfahán no solo albergan monumentos; concentran actividad turística, cadenas de servicios, empleo cultural, restauración, comercio urbano y reputación internacional. Cada cristal roto en Golestán y cada mosaico perdido en Isfahán encarecen futuras restauraciones, disuaden visitantes y multiplican la percepción de riesgo país. A falta de una valoración oficial cerrada de los daños, el coste potencial ya se adivina elevado porque hablamos de conjuntos monumentales de alta complejidad técnica y fuerte carga simbólica.

Además, el deterioro del patrimonio se produce dentro de un shock regional mucho más amplio. El Brent ha vuelto a superar los 100 dólares por barril y la Agencia Internacional de la Energía ha impulsado una liberación de 400 millones de barriles de reservas estratégicas para amortiguar la crisis de oferta. El diagnóstico es inequívoco: cuando una guerra empieza a dañar a la vez infraestructura energética, centros urbanos y patrimonio protegido, la factura ya no es local. Afecta al comercio, a los seguros, al transporte, a la inflación y a la percepción global de estabilidad.

El precedente jurídico que inquieta

El trasfondo legal también merece atención. La Convención de La Haya de 1954 para la protección de bienes culturales en caso de conflicto armado nació precisamente para evitar que la guerra devorase la herencia material de los pueblos. La UNESCO recuerda que esa protección no es ornamental: responde a la idea de que el daño al patrimonio de un pueblo es, en última instancia, un daño al patrimonio de toda la humanidad. Bajo el sistema de protección reforzada, ciertos bienes gozan de una inmunidad especialmente alta frente a ataques o frente a su uso como objetivo militar.

Ahora bien, la diferencia entre daño colateral, negligencia grave y ataque deliberado puede marcar el recorrido jurídico del caso. Por eso la documentación importa tanto. Fotografías, coordenadas previas, informes técnicos y peritajes de restauración pueden convertirse con el tiempo en piezas relevantes para determinar responsabilidades. Si se acreditara que no se tomaron las precauciones factibles o que hubo conocimiento suficiente del riesgo, el debate dejaría de ser meramente diplomático. En ese escenario, el patrimonio pasaría de ser símbolo herido a prueba material de una eventual infracción del derecho internacional humanitario.

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