Irán desafía a Trump y se aferra al Mundial

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La selección iraní rechaza que Washington marque quién puede competir en 2026 y devuelve la presión a la FIFA en pleno deterioro geopolítico.

La selección de Irán ha devuelto la pelota a la FIFA y ha dejado a Donald Trump en una posición incómoda. El presidente de Estados Unidos sugirió que el equipo debería plantearse no acudir al Mundial de 2026 por su propia “vida y seguridad”, pero Teherán respondió recordando algo esencial: la Copa del Mundo no la administra la Casa Blanca, sino la FIFA. La fricción trasciende el deporte. A menos de tres meses del arranque del torneo, el mayor de la historia, la crisis entre Washington y Teherán amenaza con contaminar un negocio que la propia FIFA cifra en 40.000 millones de dólares, con 48 selecciones, 104 partidos y una promesa oficial de apertura global que hoy empieza a resquebrajarse.

Choque institucional

La secuencia es tan reveladora como inquietante. Primero, Gianni Infantino aseguró tras reunirse con Trump que Irán sería bienvenido en el torneo. Después, el propio presidente estadounidense deslizó que quizá no sería “apropiado” que la selección iraní viajara a Norteamérica y llegó a invocar su seguridad personal. La reacción de Teherán fue inmediata: la selección rechazó esas declaraciones y subrayó que la participación en la Copa del Mundo no puede depender del criterio de “ningún país individual”. “El Mundial es un evento histórico e internacional y su rector es la FIFA”, vino a decir el equipo en un mensaje que no solo busca defender una plaza deportiva, sino también blindar un principio jurídico y reputacional. Lo más grave es la contradicción de fondo: el anfitrión que debía proyectar normalidad global introduce ahora una duda política sobre una selección ya clasificada.

La FIFA, no la Casa Blanca

Ese matiz importa mucho más de lo que parece. La FIFA organiza el Mundial y fija el marco competitivo, disciplinario y operativo del torneo; el país anfitrión asume obligaciones logísticas, diplomáticas y de seguridad, pero no dispone de un derecho discrecional para redibujar el cuadro de participantes a conveniencia. Por eso la respuesta iraní golpea donde más duele: en la credibilidad del torneo como espacio supuestamente neutral. El contraste con el discurso político de Washington resulta demoledor. La Casa Blanca constituyó en marzo de 2025 un grupo de trabajo específico para el Mundial con la idea de convertir el evento en escaparate de “excelencia americana”, mientras la FIFA lo presenta como una cita inclusiva y planetaria. Cuando ese escaparate se mezcla con vetos implícitos o mensajes ambiguos sobre quién puede viajar, el diagnóstico es inequívoco: el problema ya no es deportivo, sino de gobernanza internacional.

Un grupo ya diseñado

Conviene recordar que Irán no está en una zona gris competitiva. La selección se clasificó el 25 de marzo de 2025 tras empatar 2-2 con Uzbekistán y selló así su cuarta presencia consecutiva en una Copa del Mundo. Desde entonces, la FIFA mantiene al equipo dentro del cuadro oficial del torneo. Irán aparece encuadrado en el Grupo G y tiene asignado un calendario concreto: debut ante Nueva Zelanda el 16 de junio, duelo frente a Bélgica el 21 de junio y cierre de fase ante Egipto el 27 de junio. Todo, además, con partidos programados en suelo estadounidense, entre Los Ángeles y Seattle. Este hecho revela la magnitud del problema: no se trata de una hipótesis abstracta, sino de una selección con billetes competitivos emitidos, calendario cerrado y sedes asignadas. Alterar esa estructura en marzo implicaría reabrir un puzle deportivo, operativo y comercial a menos de cien días del inicio del torneo.

Seguridad, visados y negocio

Trump ha intentado colocar el debate en el terreno de la protección física, pero ese argumento tiene una derivada económica inmediata. La FIFA ha vendido el Mundial 2026 como el mayor acontecimiento de su historia: 16 ciudades, 104 encuentros, más de 10 millones de asistentes previstos, alrededor de 200.000 empleos y un impacto regional estimado en 40.000 millones de dólares. En paralelo, AP ha informado de que la evaluación de seguridad del dispositivo organizado por Estados Unidos seguía siendo de “riesgo bajo”, con una infraestructura reforzada para el torneo. Ahí surge la paradoja. Si el propio jefe del Estado anfitrión sugiere que una selección clasificada podría poner en riesgo su integridad al acudir al campeonato, erosiona la principal mercancía que vende cualquier gran evento: la certeza. Y sin certeza, el negocio se encarece, la narrativa institucional se debilita y los patrocinadores empiezan a mirar dos veces.

El precedente que inquieta a Zúrich

La FIFA sabe que abrir la puerta a la politización del acceso puede desordenar por completo sus torneos. El precedente más incómodo está en Indonesia, que perdió la sede del Mundial sub-20 de 2023 después de la controversia política en torno a la participación de Israel. La propia FIFA anunció entonces la retirada de la organización y dejó claro que un anfitrión no puede convertir una competición internacional en prolongación de sus disputas diplomáticas. El contraste con el caso iraní es evidente, aunque no idéntico. Estados Unidos no ha decretado formalmente la exclusión de Irán, pero el mero hecho de que el presidente plantee públicamente su no comparecencia introduce una presión impropia de un país organizador. La consecuencia es clara: Zúrich necesita preservar el principio de universalidad sin humillar al socio que sostiene buena parte del músculo logístico, comercial y político del torneo. Ésa es la verdadera trampa.

La diplomacia del balón

En el caso iraní, además, el fútbol nunca ha sido solo fútbol. La selección masculina ya cargó con un enorme simbolismo político en Qatar 2022, cuando sus jugadores guardaron silencio durante el himno en el debut ante Inglaterra en un gesto interpretado globalmente como señal de apoyo a las protestas internas. Esa memoria pesa ahora. La presión sobre el equipo llega por varios frentes: desde el conflicto exterior con Estados Unidos hasta la lectura doméstica que cualquier gesto pueda tener dentro de Irán. Por eso el comunicado de la selección no es una simple nota de prensa deportiva. Es una declaración de autonomía frente al anfitrión, pero también un intento de no aparecer sometida ni a la lógica estadounidense ni al desorden regional. La camiseta se ha convertido en un documento diplomático. Y cuando eso ocurre, cada partido deja de ser un partido para convertirse en una escena de Estado.

Qué puede pasar ahora

A corto plazo, hay tres escenarios plausibles. El primero, y hoy todavía el oficial, es que no cambie nada: Irán sigue en el cuadro, la FIFA mantiene su calendario y el torneo arranca el 11 de junio para concluir el 19 de julio con el formato ampliado de 12 grupos de cuatro. El segundo sería una retirada formal iraní, lo que obligaría a la FIFA a improvisar una solución competitiva y jurídica con el reloj ya en rojo. El tercero, quizá el más probable si la tensión no remite, pasa por una negociación discreta: garantías extraordinarias de seguridad, blindaje diplomático y un mensaje público de normalidad para evitar que el conflicto escale hasta el césped. Sin embargo, el daño ya está hecho. El Mundial de 2026 aspiraba a ser la gran celebración planetaria del fútbol; hoy empieza a parecerse demasiado a un termómetro geopolítico con patrocinadores, estadios llenos y un árbitro institucional bajo máxima presión.