INCENDIO

¿Está prohibido limpiar el monte en España? Esto dice la ley y los políticos no tienen razón

Incendio Almería
Incendio Almería

La legislación española no contiene una prohibición general de “limpiar el campo”. La afirmación, repetida después de cada gran incendio, es jurídicamente falsa. Sin embargo, calificarla simplemente de bulo también oculta una realidad incómoda: numerosas actuaciones preventivas están sometidas a comunicaciones, autorizaciones, restricciones ambientales y procedimientos autonómicos.

El problema comienza por el lenguaje. “Limpiar” puede significar desbrozar matorral, podar árboles, retirar biomasa, abrir una pista o quemar restos vegetales. Cada actividad tiene un tratamiento diferente. La ley no impide gestionar el monte, pero tampoco permite intervenir libremente sobre cualquier terreno forestal.

Un eslogan jurídicamente vacío

Ni “campo” ni “limpieza” son categorías suficientemente precisas para determinar qué puede hacerse. La Ley de Montes habla de terrenos forestales, aprovechamientos, tratamientos selvícolas y modificaciones de la cubierta vegetal.

España cuenta con alrededor de 28,3 millones de hectáreas forestales, más de la mitad del territorio nacional. Sobre esa superficie conviven montes públicos, propiedades privadas, espacios protegidos, explotaciones ordenadas y parcelas abandonadas. Pretender que todos están sometidos al mismo régimen resulta engañoso.

No existe una norma que prohíba cortar hierba o retirar matorral en toda España. Sí existen actividades que requieren autorización dependiendo del terreno, la intensidad de los trabajos y la comunidad autónoma competente.

La ley ordena prevenir

El artículo 48 de la Ley de Montes obliga a las comunidades autónomas a aprobar planes anuales de prevención, vigilancia y extinción. Estos documentos deben incluir tratamientos selvícolas, cortafuegos, vías de acceso y puntos de agua, además de los trabajos que correspondan a los propietarios y sus plazos de ejecución.

Por tanto, la normativa estatal no considera el desbroce un enemigo de la naturaleza. El propio Ministerio para la Transición Ecológica identifica las podas, los aclareos y la eliminación controlada de combustible como herramientas para dificultar la propagación del fuego.

Lo discutible es la eficacia del sistema. Una obligación incluida en un plan sirve de poco si no hay presupuesto, vigilancia o incentivos para ejecutarla.

Desbrozar no es talar

La diferencia resulta esencial. Un propietario puede realizar determinados trabajos ordinarios sin autorización, mientras que una corta de madera o una alteración sustancial de la cubierta vegetal puede exigir una declaración responsable o un permiso previo.

En montes sin instrumento de gestión, los aprovechamientos maderables requieren generalmente autorización. La ley contempla procedimientos más sencillos para usos domésticos inferiores a 10 metros cúbicos de madera o 20 estéreos de leña, salvo que la autonomía establezca límites menores.

También corresponde a cada Administración forestal determinar cuándo una modificación intensa de la vegetación necesita autorización. Retirar maleza alrededor de una vivienda no equivale jurídicamente a transformar una masa forestal.

Quemar restos sí está restringido

La mayor confusión procede de las quemas agrícolas y forestales. La Ley de Residuos establece, con carácter general, que no está permitida la quema de restos vegetales. No obstante, dispensa a las pequeñas y microexplotaciones agrarias y permite autorizaciones autonómicas por razones fitosanitarias o para prevenir incendios.

Por tanto, decir que “está prohibido quemar cualquier resto” es incorrecto. Pero tampoco puede prenderse una hoguera libremente para eliminar biomasa.

La restricción tiene una lógica evidente: una quema destinada a evitar futuros incendios puede convertirse en el origen de uno si se realiza durante una ola de calor, con viento o sin medios de control.

Diecisiete modelos distintos

La prevención y extinción de incendios corresponde principalmente a las comunidades autónomas. Eso significa que los permisos, calendarios, formularios y limitaciones cambian según el territorio.

Una actuación permitida mediante comunicación previa en una autonomía puede necesitar autorización expresa en otra. Si además afecta a especies protegidas, cauces, Red Natura 2000 o caminos públicos, pueden intervenir varios organismos.

El contraste es demoledor: la ley favorece la prevención sobre el papel, pero la fragmentación administrativa puede volverla lenta y costosa sobre el terreno.

El verdadero combustible

El debate político suele concentrarse en las prohibiciones porque resulta más sencillo señalar una norma que explicar décadas de abandono rural. Menos ganadería extensiva, menor aprovechamiento de leña y pérdida de actividad agrícola implican una acumulación creciente de biomasa.

El Gobierno reconoce que el territorio forestal se enfrenta a un proceso de abandono provocado por factores climáticos y socioeconómicos.

La regulación puede añadir trabas, pero el gran problema es que limpiar cuesta dinero y, en demasiadas parcelas, no produce ningún rendimiento. Sin actividad económica, cuadrillas suficientes y gestión continuada, el monte vuelve a llenarse después de cada intervención.

La verdad que incomoda a todos

La derecha exagera cuando afirma que la legislación prohíbe limpiar el campo. La izquierda simplifica cuando responde que no existe ningún obstáculo regulatorio.

La realidad es menos cómoda: la limpieza está permitida, promovida e incluso puede ser obligatoria, pero determinadas actuaciones requieren permisos y soportan costes que desincentivan su ejecución.

El fuego no distingue entre consignas. Necesita combustible, continuidad vegetal y condiciones meteorológicas adversas. Reducir ese riesgo exige menos propaganda, procedimientos más claros y una política forestal que haga rentable cuidar el monte antes de que resulte necesario apagarlo.

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