ECONOMÍA

El hombre más poderoso de Wall Street tiene claro qué no haría en el Dow Jones: "El riesgo es inminente"

Jamie Dimon no está anunciando el próximo crac. Está diciendo algo más incómodo: los inversores reciben una compensación insuficiente por asumir los riesgos actuales. El consejero delegado de JPMorgan aseguró que no compraría el conjunto del mercado bursátil ni bonos del Tesoro estadounidense de largo plazo a los precios actuales.

La precisión importa. Dimon no descartó adquirir una compañía concreta si encontrase una oportunidad excepcional. Tampoco rechazó toda la renta fija. Su advertencia se dirige contra dos pilares habituales de las carteras —bolsa generalista y deuda larga— en un momento de inflación resistente, déficits históricos y tensión geopolítica.

El refugio que ya no convence

Los bonos del Tesoro suelen actuar como protección cuando cae la bolsa. Sin embargo, Dimon considera que la deuda de largo vencimiento ofrece actualmente poco recorrido frente al riesgo de que la inflación o los tipos permanezcan elevados.

«No sería comprador. No entiendo dónde está el potencial alcista», afirmó al ser preguntado por los Treasuries largos.

Incluso con una inflación situada en el objetivo del 2%, calcula que el bono a diez años debería rentar entre el 4% y el 4,5%. Con los rendimientos ya alrededor de esos niveles, una mejora limitada convive con la posibilidad de nuevas pérdidas si los tipos vuelven a subir.

La inflación sigue demasiado viva

La cautela no nace únicamente de las valoraciones bursátiles. El índice de precios estadounidense avanzó un 3,5% interanual en junio, todavía lejos del objetivo de la Reserva Federal. La energía se encareció un 15,7% y la gasolina, un 26,7%, reflejando cómo una crisis exterior puede trasladarse rápidamente al bolsillo del consumidor.

El análisis es delicado. Si la inflación continúa elevada, la Fed tendrá menos espacio para reducir los tipos. Y si no los reduce, tanto las acciones con valoraciones exigentes como los bonos emitidos a tipos inferiores permanecen bajo presión.

La bolsa y su supuesto seguro podrían caer al mismo tiempo.

Una factura fiscal descomunal

Dimon también mira hacia la deuda pública. La Oficina Presupuestaria del Congreso proyecta un déficit federal de 1,9 billones de dólares en 2026, equivalente al 5,8% del PIB. En 2036 alcanzaría los 3,1 billones y la deuda en manos del público subiría hasta el 120% del PIB.

Esta trayectoria obliga al Tesoro a emitir cantidades crecientes de deuda. Si los compradores exigen más rentabilidad para absorberla, aumentarán los intereses pagados por Washington y el coste de financiación del conjunto de la economía.

Lo más grave es el círculo resultante: más deuda genera más intereses, y esos intereses agrandan nuevamente el déficit.

Los vigilantes del mercado

El temor de Dimon es que regresen los llamados vigilantes de los bonos: inversores que venden deuda soberana cuando consideran que un Gobierno ha perdido disciplina fiscal. Las ventas hacen caer el precio de los bonos y elevan sus rendimientos.

Ese movimiento encarecería hipotecas, créditos empresariales y refinanciaciones. También reduciría el atractivo relativo de la bolsa, porque los inversores podrían obtener mayores rendimientos sin asumir riesgo corporativo.

Una subida brusca de los tipos largos provocaría así un doble golpe: pérdidas en las carteras de bonos y compresión de las valoraciones bursátiles. No hace falta una recesión para causar daños; basta con una reevaluación del precio del dinero.

El mercado exige perfección

Las grandes compañías siguen generando beneficios, la inteligencia artificial moviliza inversiones extraordinarias y el sistema bancario estadounidense presenta una posición sólida. Pero los precios actuales descuentan que buena parte de ese crecimiento continuará sin grandes interrupciones.

Dimon cree que el mercado no incorpora suficientemente las guerras en Oriente Próximo y Ucrania, la rivalidad con China, el endeudamiento público y el riesgo de una inflación comparable, en algunos aspectos, con la sufrida durante la década de 1970.

Cuando las expectativas son elevadas, una empresa no necesita hacerlo mal para caer. Basta con que lo haga menos bien de lo esperado.

Protegerse no significa huir

La advertencia no constituye una orden para venderlo todo. Intentar anticipar el día exacto de una corrección suele llevar al inversor a abandonar demasiado pronto o regresar demasiado tarde.

La lectura prudente pasa por revisar el apalancamiento, evitar concentraciones excesivas, mantener liquidez y comprobar si la duración de la cartera encaja con la tolerancia al riesgo. Diversificar tampoco consiste en acumular productos distintos que reaccionan igual ante una subida de tipos.

Dimon no asegura que el golpe sea inminente. Advierte de que el margen para equivocarse es pequeño. Y cuando uno de los banqueros que mejor atravesó la crisis de 2008 considera insuficiente la recompensa ofrecida por acciones y deuda larga, Wall Street tiene motivos para escuchar.

Comentarios