Claves del día: El oro es el nuevo Rey, el gran golpe “permitido” al dólar y tensión total en EEUU
El mercado global ha cruzado un umbral que pocos se atrevían a anticipar. El oro ha superado por primera vez los 5.200 dólares por onza, con una subida cercana al 30% en lo que va de año, mientras el índice dólar se hunde hasta la zona de 96 puntos, mínimos de los últimos cuatro años. En ese contexto, Donald Trump ha decidido hacer algo que ningún presidente estadounidense había verbalizado con tanta claridad: aceptar abiertamente la debilidad del dólar y calificarla como algo “positivo”. El mensaje implícito es inequívoco: la Casa Blanca está cómoda con una moneda más barata para ganar competitividad exterior. Sin embargo, la reacción ha sido inmediata: ventas masivas de activos denominados en dólares, confianza del consumidor en mínimos de más de una década y un debate creciente sobre si Estados Unidos ha iniciado, sin decirlo, un cambio de régimen monetario. Mientras tanto, en Minnesota, las tensiones sociales y migratorias evidencian que la fragilidad no es sólo financiera: también es política.
El dólar entra en zona de “debilidad permitida”
La frase de Trump, celebrando la caída del dólar como algo “positivo”, ha supuesto un punto de inflexión psicológico en los mercados. No es lo mismo que una moneda se debilite por la presión del mercado que escuchar al propio presidente aceptar –y casi reivindicar– ese movimiento. El dólar se ha deslizado hasta los 96 puntos en el índice DXY, niveles no vistos en cuatro años, mientras el euro roza los 1,20 dólares, una cota que el mercado no veía desde hace más de una década.
La lectura inmediata es clara: Washington prioriza la competitividad de sus exportaciones y el alivio de sus desequilibrios comerciales, aunque eso implique una pérdida explícita de poder adquisitivo internacional. Este hecho revela un giro estratégico que los socios de Estados Unidos observan con creciente inquietud. Una divisa deliberadamente más débil puede derivar, si otros países responden, en una nueva ronda de guerra de divisas.
Lo más grave, sin embargo, es el daño colateral sobre la confianza interna. Los indicadores de sentimiento del consumidor han caído a niveles que no se veían desde la crisis financiera global, con algunos índices marcando descensos de más del 15% interanual. La consecuencia es clara: cuando el ciudadano percibe que su moneda vale menos y que el poder político avala esa tendencia, la búsqueda de refugios alternativos se acelera.
El oro como nuevo Rey del sistema financiero
En este contexto, el verdadero ganador es el oro. El metal precioso se ha consolidado como nuevo Rey del sistema, superando los 5.200 dólares por onza y encadenando una revalorización cercana al 30% en lo que va de año. Frente a una divisa cuyo emisor parece cómodo con la depreciación, el oro ofrece justamente lo contrario: escasez, historia y neutralidad política.
Las compras se han disparado tanto entre inversores minoristas como institucionales. Los grandes fondos de inversión han incrementado el peso del metal en sus carteras estratégicas, y algunos ETF respaldados por oro físico han visto cómo sus activos bajo gestión crecían más de un 40% en doce meses. El diagnóstico es inequívoco: el oro ha dejado de ser un complemento táctico para convertirse en activo núcleo de muchas estrategias defensivas.
El paralelismo histórico resulta inevitable. Si en los años setenta fue la ruptura de Bretton Woods la que desencadenó una década de turbulencia inflacionista y subidas del oro, hoy es la ruptura silenciosa del tabú del dólar fuerte la que alimenta la subida. Como resume un gestor consultado por varias firmas internacionales, “cuando el propio emisor de la moneda de reserva mundial aplaude su debilidad, el oro deja de ser alternativa y pasa a ser necesidad”.
Bancos centrales en modo acumulación acelerada
El movimiento no se limita al sector privado. Los bancos centrales llevan años comprando oro, pero el ritmo actual marca un salto cualitativo. En los últimos doce meses, las compras netas de bancos centrales superan las 1.300 toneladas, un volumen cercano a los máximos de las últimas seis décadas. En paralelo, algunos emisores han reducido la proporción de reservas en dólares en entre 5 y 8 puntos porcentuales, girando hacia oro y, en menor medida, hacia otras divisas.
Este hecho revela una desconfianza estructural creciente en la deuda pública estadounidense. Con una deuda federal que roza el 130% del PIB y una trayectoria de déficits crónicos, el incentivo para diversificar reservas es cada vez mayor. El mensaje implícito de estos movimientos es demoledor: los propios guardianes del sistema monetario internacional están construyendo un seguro frente al dólar.
El contraste con otras etapas históricas resulta elocuente. Durante décadas, el dólar no sólo fue moneda de pago, sino también reserva indiscutida y activo de máxima seguridad. Hoy, el oro compite en ese terreno. La consecuencia a medio plazo puede ser un sistema más fragmentado, con bloques monetarios apoyados en cestas de activos donde el metal precioso recupere un protagonismo que llevaba casi medio siglo dormido.
La desfiatización silenciosa de los mercados
Sobre este telón de fondo, analistas y gestores comienzan a hablar de un proceso de “desfiatización”: una huida progresiva del dinero fiat hacia activos duros y finitos. El oro es el epicentro, pero no está solo. Metales industriales estratégicos, determinadas materias primas agrícolas e incluso activos inmobiliarios de máximo nivel en grandes capitales se están beneficiando de la misma narrativa: protegerse frente a la erosión del valor del dinero emitido por los Estados.
Mientras el dólar se debilita, la renta variable estadounidense sigue avanzando. El S&P 500 ha superado los 7.000 puntos, con subidas acumuladas de más del 20% en los últimos doce meses, alimentadas por tipos reales negativos y liquidez abundante. Sin embargo, el contraste es inquietante: se revalorizan a la vez los activos de riesgo y los refugios extremos. El diagnóstico es claro: el sistema entero está siendo repreciado en dólares más baratos.
La consecuencia potencial es un aumento de la volatilidad a medio plazo. “No estamos en un rally clásico de crecimiento sano; estamos en un rally de huida hacia delante”, apuntan varios estrategas. Si la narrativa de desfiatización se consolida, otro activo puede verse arrastrado a este movimiento: las criptomonedas de mayor capitalización, que ya muestran repuntes de dos dígitos mensuales apoyados en el mismo rechazo al dinero fiat tradicional.
Minnesota, espejo de una tensión política al límite
La fragilidad estadounidense no se mide sólo en gráficos de divisas y metales. También se expresa en las calles. En Minneapolis, el Gobierno de Trump ha anunciado una reorganización de las operaciones migratorias para rebajar la tensión tras los recientes enfrentamientos en Minnesota. Al frente del dispositivo, Tom Homan, figura conocida en el ámbito de la inmigración, en un intento de mostrar control y experiencia.
La Casa Blanca ha tratado de recordar que ciertos sectores demócratas respaldaron en el pasado medidas similares, en un claro intento de repartir costes políticos. Trump ha defendido la actuación federal y ha subrayado que es necesario revisar caso por caso, insistiendo en que “no se puede permitir que personas porten armas durante estos operativos”. Al mismo tiempo, ha reivindicado que la delincuencia en Minnesota se sitúa en mínimos históricos, con descensos de hasta el 35% en determinados delitos violentos tras la detención de miles de criminales en el estado.
El contraste, sin embargo, resulta demoledor: mientras la administración presume de cifras de seguridad, las imágenes de confrontación en las calles alimentan la percepción de una sociedad fragmentada y polarizada. Para los inversores internacionales, ese ruido político se convierte en prima de riesgo institucional. Un país que renuncia al símbolo del dólar fuerte y muestra tensión interna creciente ofrece, cada vez más, el perfil de un emisor que hay que cuestionar y vigilar, no simplemente asumir como ancla del sistema.
Efecto dominó para la economía global y para Europa
La caída “permitida” del dólar no es un fenómeno aislado: tiene consecuencias globales. Para Europa, el euro en torno a 1,20 dólares abarata las importaciones de energía y materias primas, pero al mismo tiempo erosiona la competitividad de sus exportaciones hacia Estados Unidos. Sectores como el automóvil, la maquinaria industrial o determinados bienes de lujo pueden ver reducidos sus márgenes si no son capaces de trasladar a precios el nuevo tipo de cambio.
La banca y las grandes cotizadas europeas con fuerte presencia en Estados Unidos se encuentran ante un dilema similar. Una parte importante de sus beneficios se genera en dólares; al convertirlos a euros, el impacto de una divisa más débil puede suponer caídas de entre el 8% y el 12% en el beneficio por acción, según cálculos de distintos analistas. La presión sobre las cotizaciones en bolsa puede intensificarse si el movimiento del dólar se prolonga.
Para los mercados emergentes, la foto es ambivalente. Por un lado, un dólar más débil alivia el peso de la deuda emitida en esa moneda y reduce el riesgo de crisis de balanza de pagos. Por otro, un rally del oro y de otros activos refugio puede encarecer la financiación externa y tensionar las reservas. En este tablero, la eurozona y, en particular, países como España deben decidir si aprovechan la ventana de tipos reales todavía bajos para consolidar reformas o si se limitan a gestionar el corto plazo, asumiendo que la próxima ola de inestabilidad financiera puede llegar cuando el dólar deje de caer.

