El complejo residencial de Alí Jameneí ha dejado de existir bajo el fuego de proyectiles de alta precisión. La madrugada de este sábado, una coalición coordinada entre Washington y Tel Aviv ha ejecutado el ataque más ambicioso contra la soberanía iraní en el último medio siglo, dejando un rastro de devastación que alcanza la sede de la presidencia y el corazón de la Guardia Revolucionaria. Con el paradero del Líder Supremo envuelto en una incertidumbre absoluta tras el colapso físico de su búnker, el mundo asiste al desmantelamiento de la cúpula de poder de la República Islámica en una maniobra que busca redefinir el equilibrio regional mediante la aniquilación operativa de sus dirigentes. El diagnóstico es inequívoco: la diplomacia ha muerto bajo el estruendo de los F-35, situando a la economía mundial ante el abismo de un corte de suministro en el Golfo que amenaza con disparar el crudo por encima de los 130 dólares.
La incursión aérea sobre el centro neurálgico de Teherán marca el certificado de defunción de la disuasión convencional iraní. Imágenes satelitales procesadas en tiempo real revelan la destrucción total de tres de las cuatro estructuras principales que componían la residencia de Alí Jameneí, un recinto que hasta hoy se consideraba inexpugnable ante ataques convencionales. El uso de munición de alta penetración —las denominadas «rompebúnkeres»— sugiere que el objetivo no era solo el daño material, sino la neutralización física del vértice de la teocracia. Este hecho revela una fractura masiva en los sistemas de defensa aérea rusos S-300 que custodiaban la capital, los cuales fueron cegados por una campaña de guerra electrónica previa que dejó a los radares iraníes en una situación de inoperancia absoluta.
La consecuencia inmediata de este descabezamiento es un estado de parálisis en la cadena de mando. Junto a la residencia del Líder Supremo, la aviación aliada ha golpeado el edificio de la presidencia de Masud Pezeshkian y las sedes operativas del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. El diagnóstico de los servicios de inteligencia occidentales apunta a un escenario de vacío de poder inducido, donde la ausencia de una voz de mando clara impide coordinar la represalia balística masiva que Teherán ha prometido durante años. La noche del 28 de febrero de 2026 pasará a los anales de la historia militar como la ejecución de una "decapitación estratégica" que sitúa a una nación de 88 millones de personas en un limbo institucional sin precedentes.
Una arquitectura de ataque madurada en la sombra
La «Operación Epic Fury» no ha sido un acto reactivo o improvisado, sino la culminación de un plan de asalto diseñado meticulosamente durante meses en los sótanos del Pentágono y la inteligencia israelí. Este hecho revela que la Administración Trump había fijado las coordenadas del colapso iraní mucho antes de que las negociaciones en Ginebra llegaran a su punto muerto. La ofensiva ha implicado la movilización de más de 300 aeronaves y la participación de 16 buques de guerra, una potencia de fuego que se ha concentrado en 30 objetivos críticos seleccionados para desmantelar la industria de misiles y el programa nuclear persa en una sola ventana de oportunidad.
Lo más grave, según fuentes cercanas al mando operativo, es que el ataque ha logrado neutralizar simultáneamente a comandantes de alto rango de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC). La sincronía de las explosiones en Teherán, Isfahán y Qom demuestra una capacidad de infiltración en las comunicaciones iraníes que invalida cualquier protocolo de redundancia. El diagnóstico técnico es demoledor: Estados Unidos e Israel han ejecutado un "formateo" de la estructura militar persa, dejando a las unidades de misiles en sus silos sin capacidad de recibir códigos de lanzamiento autorizados. Esta asimetría tecnológica es la que permite a Washington amenazar ahora con la aniquilación total de la marina iraní si no se produce una rendición incondicional en las próximas 48 horas.
La parálisis total del corredor del Golfo
El impacto de las bombas en Teherán ha tenido un eco inmediato y paralizante en la logística regional. La clausura inmediata de los espacios aéreos en Irán e Israel ha dejado a miles de pasajeros varados y ha forzado la cancelación de más del 40% de las rutas comerciales entre Europa y Asia. Este hecho revela que el conflicto ha trascendido la frontera soberana para convertirse en un bloqueo geográfico de dimensiones continentales. La suspensión de las actividades económicas en Dubái y Abu Dabi, ante el temor a que la represalia iraní golpee centros financieros, ha provocado un repunte de la volatilidad que el mercado financiero apenas comienza a asimilar tras el cierre del fin de semana.
La consecuencia económica es un escenario de incertidumbre total que castiga especialmente a las aerolíneas y a las empresas de transporte marítimo. Con el Estrecho de Ormuz bajo la sombra del misil, las primas de seguro para el tránsito de carga se han disparado un 35% en cuestión de horas. El diagnóstico para el comercio global en marzo es desolador: el mundo se asoma a una parálisis de suministros que afectará desde el sector automotriz hasta el tecnológico. La «Operación Epic Fury» ha encendido la mecha de una inflación de costes que ningún arancel del 15% podrá mitigar si el principal corredor energético del planeta permanece cerrado por hostilidades activas.
La condena de Moscú y el silencio glacial de Pekín
La reacción internacional ante la destrucción de la residencia de Jameneí dibuja un mapa de alianzas fracturado. Desde Moscú, el Kremlin ha denunciado el ataque como una «agresión armada planificada y no provocada», elevando el tono hacia una posible implicación indirecta en favor de su aliado persa. Este hecho revela que Rusia percibe la ofensiva como un desafío directo a su esfera de influencia en el eje euroasiático. La consecuencia es un aumento del riesgo de escalada nuclear táctica o de suministro de inteligencia avanzada a las milicias proxy iraníes en Siria e Irak para atacar bases estadounidenses.
Por el contrario, el silencio de Pekín resulta, si cabe, más inquietante. La diplomacia china ha optado por no emitir comunicados oficiales de condena inmediata, una postura que en el lenguaje de la geopolítica moderna se interpreta como una espera vigilante para evaluar el nuevo balance de poder. China es el principal comprador de crudo iraní, y su inacción sugiere que está recalculando sus acuerdos comerciales ante la posibilidad de un Irán post-clerical. El diagnóstico de los analistas es que nos encontramos ante la mayor crisis del orden multilateral desde la Segunda Guerra Mundial, donde el sistema de seguridad colectiva de la ONU ha quedado reducido a la irrelevancia ante la voluntad ejecutiva de Donald Trump y Benjamin Netanyahu.
El impacto en la rentabilidad de los mercados de energía
Para los parqués internacionales, la caída del búnker de Jameneí es el detonante de un choque de oferta de proporciones bíblicas. Aunque las bolsas cerraron la semana con el Dow Jones retrocediendo un 1,05% y el S&P 500 cediendo un 0,43%, la apertura del lunes se perfila como una sesión de pánico absoluto. El diagnóstico de los expertos en energía sitúa al barril de Brent en una trayectoria de ascenso vertical: si la infraestructura petrolera iraní es destruida y Ormuz bloqueado, el crudo podría testar los 150 dólares en menos de una semana. Este hecho revela la fragilidad de una economía mundial que depende críticamente de una región hoy convertida en zona de exclusión militar.
La consecuencia será una asfixia inmediata de los márgenes empresariales en Occidente. «Estamos ante un escenario donde la prima de riesgo geopolítico ha devorado cualquier previsión de beneficios para el segundo trimestre», señalan fuentes de la banca de inversión en Londres. La lección de esta noche es que la seguridad nacional de los Estados Unidos se ha impuesto a la estabilidad financiera global. Para Trump, la nobleza de la misión —evitar una Irán nuclear— justifica la destrucción del ahorro acumulado por millones de ciudadanos ante la previsible subida del coste de la vida provocada por la guerra total en el Golfo.
La quimera del cambio de régimen forzado
El objetivo político declarado por la coalición es el cambio de régimen, pero el diagnóstico de los historiadores de Oriente Medio advierte de un riesgo de anarquía sistémica. Al intentar descabezar al régimen mediante bombardeos, Washington confía en que la población iraní aproveche el caos para derrocar a los restos de la Guardia Revolucionaria. Sin embargo, este hecho revela una temeridad estratégica que ignora la capacidad de resistencia del nacionalismo persa. La consecuencia de un Irán acéfalo podría ser la balcanización del país, transformándolo en un santuario para grupos extremistas que desestabilizarían a vecinos como Irak, Afganistán y Pakistán de forma permanente.
"La hora de vuestra libertad está cerca. Tomad vuestro gobierno", ha sido el mensaje de Trump. No obstante, la realidad operativa indica que derrocar a una teocracia mediante el fuego es la parte sencilla de la ecuación; reconstruir un Estado funcional sobre las ruinas de una residencia soberana es una tarea para la que no existe un presupuesto claro en Washington. El diagnóstico para el pueblo iraní es el de una tragedia humanitaria inminente, donde la libertad prometida podría llegar precedida de años de guerra civil y desabastecimiento de bienes básicos.