Wall Street se hunde: el Dow pierde 800 puntos
El mercado estadounidense volvió a entrar en terreno inestable. El Dow Jones se desplomó más de 800 puntos en una sola sesión, arrastrado por el temor a una nueva escalada proteccionista después de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, elevara los aranceles globales al 15%, frente al 10% previamente anunciado. La decisión llega tras el fallo del Tribunal Supremo que anuló parte de su anterior paquete arancelario. La reacción fue inmediata. Los inversores activaron ventas masivas ante la posibilidad de un choque comercial de mayor alcance. Lo más grave: el Parlamento Europeo decidió congelar la ratificación del acuerdo comercial entre la Unión Europea y Estados Unidos, añadiendo incertidumbre política a un mercado ya tensionado.
Un desplome que borra semanas de subidas
El castigo al índice industrial fue inmediato. En apenas media sesión, el Dow Jones borró prácticamente las ganancias acumuladas en las dos últimas semanas, con una caída de 800 puntos que dejó el índice por debajo de niveles considerados de soporte por buena parte de los analistas técnicos. La sesión se tornó en una clásica “huida hacia la calidad”: subieron los bonos del Tesoro, el dólar se mantuvo estable y el euro apenas se movió, negociándose en torno a 1,1793 dólares, mientras las acciones cíclicas y ligadas al comercio exterior sufrían ventas masivas.
Los gestores consultados apuntan a un factor determinante: el mercado no solo reacciona a los aranceles, sino a la imprevisibilidad con la que se toman las decisiones. “El problema no es solo el nivel del arancel, sino la sensación de que la política comercial puede cambiar un lunes por la mañana vía red social”, resume el responsable de renta variable de una gran gestora europea. Este hecho revela una pérdida de confianza en la hoja de ruta de la Casa Blanca y en la capacidad de las instituciones para estabilizar las expectativas. El contraste con la relativa calma de las últimas semanas resulta demoledor para los inversores que habían vuelto a apostar por los activos de riesgo.
El giro de Trump: del 10% al 15% en cuestión de horas
La secuencia política que ha desencadenado el terremoto bursátil es, en sí misma, el mejor indicador del clima institucional en Washington. Primero, el Tribunal Supremo anuló el anterior paquete de aranceles, al considerar excesivo el uso de la autoridad delegada por el Congreso para imponer gravámenes generalizados. Lejos de optar por una desescalada, la Casa Blanca reaccionó redoblando la apuesta: anunció un nuevo esquema de tarifas del 15%, superior al originalmente planteado del 10%, amparándose en otra base legal.
“La señal que recibe el mercado es que ninguna institución, ni siquiera el Supremo, limita ya el uso político de los aranceles”, advierte un analista de un banco de inversión estadounidense. Lo más grave, sostienen varias fuentes, es el mensaje implícito a los socios comerciales: si la primera reacción a un correctivo judicial es incrementar la presión arancelaria, la seguridad jurídica de cualquier acuerdo futuro queda en entredicho. En este contexto, los aranceles pasan de ser una herramienta negociadora a convertirse en un instrumento de política interna, con los mercados como daño colateral.
La reacción de Bruselas: acuerdo congelado, mensaje político
Si el objetivo de Trump era presionar a sus socios, Bruselas ha respondido en el mismo terreno: el político. El Parlamento Europeo decidió congelar el proceso de ratificación del acuerdo comercial entre la UE y Estados Unidos, una pieza clave para reforzar el eje transatlántico tras los años de tensión con China. La resolución, aprobada por una amplia mayoría de eurodiputados, se justifica en la “amenaza explícita” de la Casa Blanca de ampliar aún más los aranceles bajo otra autoridad si Bruselas no aceptaba sus condiciones.
La consecuencia es inmediata: se congela un pacto que, según estimaciones internas, podía aumentar en más de un 20% el comercio bilateral en determinados sectores industriales y de servicios. Pero el movimiento tiene una lectura más profunda. La Eurocámara lanza un aviso tanto a Washington como a las capitales europeas: no está dispuesta a ratificar acuerdos bajo chantaje arancelario. Este hecho revela también una creciente fractura entre la lógica de corto plazo de la política estadounidense y el enfoque más procedimental de las instituciones europeas. Para las empresas exportadoras europeas, la incertidumbre regulatoria se multiplica justo cuando empezaban a recuperar terreno tras la pandemia y la crisis energética.
El precedente de la guerra comercial de 2018
El fantasma que sobrevuela los parqués es el de la guerra comercial de 2018-2019, cuando la escalada entre Estados Unidos y China introdujo una prima de riesgo permanente sobre el comercio global. Entonces, los aranceles recíprocos llegaron a afectar a intercambios por valor de más de 360.000 millones de dólares, alteraron cadenas de suministro enteras y contribuyeron a la desaceleración manufacturera en Europa y Asia. Los inversores temen ahora que se repita un patrón similar, esta vez con la UE como protagonista directa del choque.
La comparación histórica no es casual. En aquel episodio, cada ronda de negociaciones iba acompañada de anuncios de nuevos gravámenes, desmentidos y cambios de criterio. El diagnóstico es inequívoco: los mercados odian la incertidumbre más que las malas noticias. La mera posibilidad de una espiral de represalias, listas de productos afectados y decisiones improvisadas desde los despachos políticos basta para justificar una reducción rápida del riesgo en cartera. El contraste con el periodo de relativa cooperación comercial posterior a la pandemia subraya hasta qué punto el giro actual sorprende a los actores económicos.
Sectores más expuestos: del automóvil europeo a la tecnología
No todos los sectores sufren por igual. El primer candidato a verse directamente afectado es el automóvil europeo, tradicional diana de los aranceles estadounidenses en anteriores pulsos comerciales. Un incremento de gravámenes de hasta el 15% sobre vehículos y componentes podría recortar de forma significativa los márgenes de los fabricantes, especialmente los alemanes, pero también los proveedores españoles integrados en sus cadenas de valor. A medio plazo, el riesgo es una relocalización forzada de parte de la producción dentro de Estados Unidos para esquivar las tarifas.
La tecnología y los bienes de capital tampoco quedan al margen. Las grandes compañías de software y servicios digitales europeos temen que el clima político contamine otros dosieres sensibles, como el de la protección de datos o la fiscalidad de las multinacionales. “Cuando la relación se encona por los aranceles, el siguiente paso suele ser extender el conflicto a otros ámbitos regulados”, advierte el director de asuntos públicos de una multinacional tecnológica. El resultado es un aumento de los costes de cumplimiento y un freno a nuevas inversiones transatlánticas. Lo que para algunos gobiernos puede ser una herramienta de presión, para las empresas se traduce en menos visibilidad sobre sus planes a tres o cinco años.
El impacto para España: exportaciones en la diana
Aunque el foco mediático se concentra en Alemania y Francia, España no es ajena a esta crisis. Las exportaciones españolas a Estados Unidos representan en torno al 5% del total, con especial peso de sectores como la automoción, la industria farmacéutica, el agroalimentario y determinados bienes de equipo. Cualquier incremento de aranceles generalizado puede reducir la competitividad de estos productos frente a alternativas de terceros países, o forzar descuentos que se comen los márgenes empresariales.
El contraste con otras economías europeas resulta demoledor para algunos sectores concretos. El precedente de los aranceles a productos agroalimentarios durante anteriores disputas —vino, aceite, quesos— demostró que España puede quedar entre los más perjudicados cuando Washington decide castigar a la UE por bloques. La posibilidad de que se repita un escenario similar vuelve a situar en la diana a regiones exportadoras específicas, desde La Rioja hasta Andalucía. Para el Ibex 35, el riesgo es doble: por un lado, la caída de los mercados globales; por otro, el impacto directo sobre los ingresos en dólares de las compañías más internacionalizadas.
Dudas sobre la seguridad jurídica en Estados Unidos
Más allá de los números, lo que ha encendido las alarmas en los despachos de inversión europeos es el choque entre la Casa Blanca y el Tribunal Supremo. Que un correctivo de la máxima instancia judicial se traduzca en una subida adicional de los aranceles, apoyándose simplemente en otra base legal, alimenta la percepción de que el ejecutivo está dispuesto a estirar al límite sus prerrogativas comerciales. Para un inversor que sopesa abrir una planta o firmar un contrato a largo plazo en Estados Unidos, la pregunta es obvia: ¿qué valen las reglas si pueden reescribirse en un fin de semana?
“Lo que está en juego no es solo el libre comercio, sino la idea de que Estados Unidos es un socio previsible”, resume el responsable de estrategia de una firma de asesoramiento europeo. La consecuencia es clara: parte del capital internacional puede decidir posponer proyectos o redirigirlos hacia jurisdicciones percibidas como más estables, desde Canadá hasta determinados países asiáticos. Este hecho revela un daño reputacional que va más allá de la coyuntura y que, de consolidarse, podría erosionar una ventaja histórica de la economía estadounidense: su capacidad para atraer inversión extranjera de forma casi automática.

