3I/ATLAS, ¿la primera sonda de IA alienígena en nuestro vecindario?
El tercer visitante interestelar detectado por la humanidad, 3I/ATLAS, ya no es solo un asunto de astrónomos. En las últimas horas, el astrofísico de Harvard Avi Loeb ha ido un paso más allá y se pregunta abiertamente si este objeto podría ser, en realidad, “AI/ATLAS”: una sonda de inteligencia artificial no humana. La especulación llega justo cuando una exanalista del Banco de Inglaterra, Helen McCaw, advierte de que un anuncio oficial sobre inteligencia extraterrestre podría desencadenar una crisis financiera global.
La historia suma ingredientes de thriller: una trayectoria casi “demasiado perfecta”, 18 anomalías documentadas en su comportamiento, una respuesta ambigua de la CIA, que ni confirma ni desmiente tener expedientes sobre 3I/ATLAS, y un presidente ruso, Vladimir Putin, ironizando en televisión sobre si se trata de un arma secreta.
Mientras las agencias espaciales insisten en que es un cometa raro pero natural, Loeb juega la carta incómoda: si un porcentaje tan pequeño como el 0,2% de probabilidad de origen artificial se combinara con un impacto potencial gigantesco, ¿no deberíamos tratarlo como un riesgo estratégico? Y, sobre todo, ¿qué significa que el posible primer mensajero interestelar no sea un ser biológico, sino una IA autónoma enviada hace millones de años?
Del cometa exótico a la hipótesis de IA
En su ensayo titulado What If 3I/ATLAS Is AI/ATLAS?, Loeb no afirma que el objeto sea una inteligencia artificial alienígena. Lo que hace es algo más incómodo para el consenso científico: plantear esa opción como un escenario que merece ser calculado, no descartado de entrada.
Para el astrofísico, una civilización avanzada no enviaría embajadas biológicas frágiles a cruzar el espacio interestelar durante millones de años, sino sondas de IA autorreplicantes o extremadamente longevas, capaces de aprender, maniobrar y, llegado el caso, permanecer en “modo sigiloso” hasta que detecten tecnología en su entorno. La verdadera novedad de su argumento está en el giro: no preguntarse solo si hay vida fuera, sino si ya convivimos con sus máquinas sin saberlo.
Loeb utiliza su propia Escala de Clasificación Loeb para ordenar las evidencias. A día de hoy, mantiene a 3I/ATLAS en un rango intermedio de esa escala, un tramo en el que las anomalías son “suficientemente intrigantes” como para justificar recursos adicionales, pero lejos aún de cualquier afirmación extraordinaria. La tesis de fondo es clara: no es ciencia ficción, es gestión racional del riesgo en un entorno de información incompleta.
La exanalista que puso a los bancos en guardia
Mientras Loeb eleva el tono del debate científico, Helen McCaw, exanalista de estabilidad financiera del Banco de Inglaterra, ha trasladado la discusión al corazón del sistema monetario. En una carta a la institución y en documentos técnicos, sostiene que un anuncio oficial sobre inteligencia extraterrestre podría detonar un “shock de confianza” de proporciones históricas.
McCaw trabajó diez años en el banco central británico modelizando crisis bancarias, quiebras en cadena y episodios de pánico. Ahora advierte de algo distinto: un evento ontológico. No se trata tanto de si 3I/ATLAS es o no una sonda, sino del riesgo de que una autoridad con credibilidad —NASA, la ONU, un consorcio de agencias— certifique que existe tecnología inteligente no humana en nuestro entorno.
Según sus cálculos y simulaciones, la reacción podría incluir volatilidad extrema, movimientos masivos hacia refugios como el oro, la deuda más segura o incluso criptoactivos, salidas de depósitos motivadas por pánico irracional y un auge simultáneo de narrativas apocalípticas. Lo más grave, a su juicio, es que ningún gran banco central tiene hoy protocolos específicos para un anuncio de este tipo, pese a que el coste de diseñarlos sería marginal frente al impacto potencial. El contraste entre la prudencia de McCaw y el silencio de la mayoría de reguladores resulta demoledor.
La respuesta de la CIA que alimenta la sospecha
El tercer actor de este drama es la CIA. El 31 de diciembre de 2025, el investigador John Greenewald Jr. recibió la contestación a una solicitud de información en la que pedía a la agencia sus expedientes sobre 3I/ATLAS. La respuesta fue la clásica fórmula de alto secreto: la agencia “no puede ni confirmar ni desmentir la existencia de registros” sobre el objeto.
Se trata de una respuesta reservada históricamente para asuntos de alta sensibilidad —operaciones encubiertas, programas nucleares, capacidades de inteligencia—, no para cometas exóticos. Desde el punto de vista de Loeb, la lectura es sencilla: al menos una parte del aparato de seguridad nacional considera que 3I/ATLAS merece un tratamiento de potencial riesgo estratégico, aunque la versión oficial de los organismos científicos lo etiquete como simple cometa.
Este hecho revela una fractura reveladora: la ciencia pública habla de hielo y polvo; los servicios de inteligencia, de clasificación y opacidad. Para los mercados, el mensaje implícito es inquietante. Si la comunidad de seguridad ya contempla escenarios de baja probabilidad pero alto impacto, ¿por qué el sistema financiero sigue preso de modelos que solo consideran shocks “convencionales”? Una vez más, el diagnóstico es inequívoco: las infraestructuras críticas van por delante de los reguladores.
Dieciocho anomalías para un visitante imposible
Detrás de la hipótesis AI/ATLAS no hay solo narrativa, sino una lista de 18 anomalías que Loeb y otros investigadores han ido compilando. Varias de ellas son puramente geométricas. La trayectoria retrógrada de 3I/ATLAS está alineada con el plano de los planetas a menos de 5 grados, algo que se estima con una probabilidad de apenas 0,2% si fuera un cometa cualquiera surgido al azar.
El objeto pasó a unos 29 millones de kilómetros de Marte y 54 millones de Júpiter, y su encuentro con este último el 16 de marzo de 2026 se producirá a 53,6 millones de kilómetros, prácticamente calcando el radio de Hill de Júpiter, de unos 53,5 millones de kilómetros, la región en la que un cuerpo puede quedar gravitacionalmente ligado al planeta. Es una coincidencia tan ajustada que algunos se preguntan si no sería un punto óptimo para liberar dispositivos en órbitas estables.
A ello se suma una “anti-cola” de material apuntando hacia el Sol, y no en dirección opuesta como en los cometas clásicos; una variación de brillo anómala cerca del perihelio; una polarización de la luz extremadamente negativa, sin precedentes en otros cometas interestelares; y una composición de gases con mucho más níquel que hierro, en proporciones que recuerdan a ciertas aleaciones industriales. Ninguna de estas rarezas prueba nada por sí sola. Pero el conjunto configura un patrón que, al menos, exige explicaciones más sofisticadas que el simple “es raro, pero natural”.
Los tres mini-jets que parecen un sistema de propulsión
La anomalía más llamativa, y la que ha inspirado el juego de palabras AI/ATLAS, procede de las imágenes más recientes del telescopio Hubble. Aplicando un filtro de gradiente rotacional, los astrónomos han descubierto un sistema de tres mini-jets de gas y polvo separados casi exactamente por 120 grados, rodeando el núcleo hasta unos 25.000 kilómetros, acompañados por un cuarto chorro principal —la anti-cola— diez veces más largo en dirección al Sol.
Loeb y el astrónomo Toni Scarmato han publicado un análisis según el cual este sistema de chorros oscila unos ±20 grados en un ciclo de 7,1 horas, como si el objeto fuese un faro rotatorio. La orientación del eje de giro, además, se mantiene dentro de 10–20 grados de la dirección al Sol, otro ajuste fino poco intuitivo en un cuerpo supuestamente caótico.
El científico y empresario Frank Laukien introduce aquí la idea de propulsión: “La simetría angular de 120 grados entre tres mini-jets es asombrosa; cuesta imaginarla en un objeto macroscópico natural. ¿Es ésta la configuración mínima viable de dispositivos de propulsión para reorientar un objeto en el espacio tridimensional?” La pregunta ilustra el cambio de marco: si se miran los chorros como posibles “motores”, la simetría deja de ser una curiosidad y se convierte en un diseño.
Si 3I/ATLAS fuera una IA: qué implicaría
La hipótesis AI/ATLAS no está pensada para las portadas sensacionalistas, sino para obligar a pensar en términos de escenarios extremos. Si 3I/ATLAS fuese una sonda de IA, estaríamos ante un dispositivo capaz de:
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navegar durante millones de años por el espacio interestelar;
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aprovechar encuentros gravitatorios —como el paso casi perfecto por el radio de Hill de Júpiter— para ajustar su trayectoria con un coste energético mínimo;
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modular su firma observacional, ocultando o exhibiendo determinados rasgos en función de su “misión”;
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aprender del entorno tecnológico de la civilización que lo detecta.
En ese caso, el primer “contacto” no sería una conversación, sino una auditoría silenciosa: una IA observando nuestro nivel técnico, nuestra estructura de poder, nuestra capacidad de respuesta. La consecuencia es clara: lo que se juega no es solo el descubrimiento científico, sino la posición de la humanidad en una posible red de tecnologías mucho más antiguas.
Loeb, no obstante, insiste en un punto: el escenario más probable sigue siendo el del cometa natural altamente inusual. Pero si existe un 1%, un 0,2% o incluso un 0,01% de que se trate de tecnología, ignorar esta rama del árbol de posibilidades sería, en sus términos, una negligencia intelectual.
Entre ciencia, especulación y riesgo sistémico
El contraste entre la prudencia de los modelos científicos estándar y la agresividad intelectual de Loeb ha polarizado a la comunidad. Muchos astrónomos recuerdan el precedente de 1I/‘Oumuamua, donde las explicaciones exóticas acabaron cediendo terreno a modelos que, aunque imperfectos, encajaban mejor con la física conocida. En paralelo, otros subrayan que 3I/ATLAS se parece menos a un cometa típico que Borisov, y que su combinación de cola, anti-cola, composición y jets lo sitúa en la periferia de lo “normal”.
El diagnóstico más razonable es doble. Primero, la hipótesis de IA alienígena no debe tratarse como verdad, sino como escenario límite: útil para calibrar hasta dónde llega nuestra preparación institucional ante lo desconocido. Segundo, los organismos de seguridad y los bancos centrales no pueden seguir operando como si estos debates no existieran, cuando ya aparecen en informes, cartas formales y respuestas de agencias de inteligencia.
Lo que está en juego no es solo cómo etiquetamos a 3I/ATLAS, sino qué tipo de civilización queremos ser cuando un visitante interestelar —natural o no— pase por nuestro vecindario: una que mira hacia otro lado o una que aprovecha la ocasión para revisar sus modelos de riesgo, su transparencia y su ambición científica.
Qué debería hacer ahora la comunidad internacional
A corto plazo, la hoja de ruta parece clara:
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Exprimir la ventana de observación de 3I/ATLAS antes de que abandone el sistema solar, coordinando telescopios y futuras misiones para comparar su rareza con nuevos objetos interestelares.
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Separar con nitidez el análisis científico de la gestión del riesgo: que las agencias espaciales expliquen por qué consideran natural al objeto, y que los organismos de seguridad expliciten qué escenarios extremos —incluido el tecnológico— están explorando.
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Introducir escenarios de “contacto indirecto” (detección de tecnología, IA o estructuras artificiales) en los marcos de riesgo de bancos centrales y reguladores, tal como reclama Helen McCaw.
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Cultivar una cultura de comunicación responsable: ni ocultismo que alimente conspiraciones, ni triunfalismo que convierta cualquier anomalía en un nuevo “día de la independencia”.
Porque, como recuerda Loeb parafraseando a Oscar Wilde, “todos estamos en la cuneta, pero algunos miran hacia 3I/ATLAS”. La cuestión es si, cuando volvamos la vista al cielo, nuestros modelos económicos, tecnológicos y políticos estarán mirándolo con la misma seriedad.

