Dos meteoros interestelares desafían a la NASA con 8,7 sigmas tras el cometa 3I/ATLAS

Imagen de 3I/ATLAS, tomada el 7 de enero de 2026 por el Telescopio Espacial Hubble (panel superior) y procesada mediante el filtro de gradiente rotacional Larson-Sekanina (panel inferior). El panel inferior muestra una estructura de triple chorro con un prominente chorro anticola en dirección al Sol, hacia la esquina inferior izquierda de la imagen. El chorro anticola se extiende a una escala del orden de la separación Tierra-Luna. (Crédito de la imagen: Toni Scarmato, basado en datos publicados por NASA/ESA/STScI aquí)
Un estudio de Avi Loeb y Richard Cloete detecta en CNEOS dos bólidos “no ligados” al Sol, en pleno debate sobre la fiabilidad de los sensores.

Dos bolas de fuego registradas por la base de datos CNEOS —alimentada por detecciones de sensores del Gobierno de EEUU— podrían haber llegado desde fuera del Sistema Solar. El hallazgo, firmado por el astrofísico Avi Loeb y su coautor Richard Cloete, sostiene que los eventos CNEOS-22 (28 de julio de 2022) y CNEOS-25 (12 de febrero de 2025) superan con holgura la velocidad de escape solar en el entorno terrestre (~42 km/s) y permanecen “hiperbólicos” incluso tras un millón de simulaciones Monte Carlo.

Dos meteoros y una estadística que incomoda

El dato duro es simple y, precisamente por eso, explosivo: CNEOS-22 presenta una velocidad heliocéntrica media de 46,98 km/s, frente a un umbral de escape de 41,79 km/s; CNEOS-25, 45,63 km/s frente a 42,40 km/s. En ambos casos, el exceso no es marginal: el margen equivale a 8,7 sigmas en el primero y 5,5 sigmas en el segundo. Traducido: con el modelo de incertidumbre adoptado, no aparece ni un solo escenario “ligado” gravitacionalmente al Sol en 10⁶ realizaciones.

Lo más grave no es solo la velocidad. Es la implicación: si estos bólidos son reales, el planeta está funcionando como una red de pesca estadística para objetos diminutos que ningún telescopio vería a tiempo. En el trabajo —fechado el 9 de febrero de 2026— se estima incluso una tasa orientativa: ~0,3 impactos al año de bólidos interestelares de escala métrica en el umbral de detección de CNEOS. No es una lluvia, pero tampoco es anecdótico.

Y, sin embargo, el debate de fondo no es astronómico sino metodológico: ¿cuánto de lo que creemos ver es un objeto real y cuánto es un artefacto de medida?

El talón de Aquiles de CNEOS: datos sin incertidumbres

CNEOS es una joya y una frustración. Por un lado, NASA y el JPL publican un catálogo global de “fireballs” con localización, energía y, en algunos casos, componentes de velocidad. Por otro, no ofrece incertidumbres por evento, lo que deja a los investigadores sin el dato que decide un veredicto: si una trayectoria “excede escape” por física… o por ruido instrumental.

Ese vacío no es menor: el propio ecosistema que alimenta la base —sensores gubernamentales y generaciones distintas de instrumentación— explica por qué la precisión ha variado. En la práctica, durante años bastaba con que un valor nominal saliera “alto” para encender titulares. Pero el derecho a afirmar “interestelar” exige algo más que una cifra: exige el margen de error.

En este punto aparece el elemento que Loeb y Cloete presentan como diferencial: un modelo empírico de incertidumbre para la era post-2018, con errores típicos de velocidad σv = 0,55 km/s y dispersión angular acotada. Si ese marco es correcto, los dos candidatos pasan de “curiosidad” a “caso robusto”. Si no lo es, el edificio se tambalea.

CNEOS-22: el Pacífico, 0,69 kilotones y un margen de 8,7 sigmas

El primer candidato, CNEOS-22, ocurrió el 28 de julio de 2022 a las 01:36:07 UTC sobre el Pacífico tropical oriental, aproximadamente 600 km al oeste de Perú, a 37,5 km de altitud. La energía estimada fue 0,69 kt (kilotones de TNT), suficientemente por encima de umbrales internos de selección para el régimen “bueno” de datos.

El valor que lo define es el exceso: la velocidad heliocéntrica media 46,98 ± 0,60 km/s deja un margen de 5,18 ± 0,60 km/s sobre escape. En el lenguaje del paper, eso significa zΔ = 8,7. Para que su condición “no ligada” fuera marginal, el error real tendría que estar infravalorado por un factor cercano a ~8,7, algo que los autores consideran incompatible con la calibración.

El estudio aporta además una estimación física del objeto: masa ~6,4 toneladas y radio de referencia ~91 cm (dependiente de la densidad asumida). La presión dinámica estimada en el pico fue 5,2 MPa, consistente con un episodio energético capaz de producir fragmentación y, en teoría, restos recuperables. El problema es geográfico: bajo ese punto del Pacífico hay 3–4 km de profundidad. Recuperar algo no es ciencia; es logística industrial.

CNEOS-25: el Ártico “reciente” y la tentación de recuperar material

El segundo candidato, CNEOS-25, se registró el 12 de febrero de 2025 a las 04:33:39 UTC sobre el mar de Barents, entre Novaya Zemlya y Franz Josef Land, a 42 km de altitud. Su energía fue menor, 0,13 kt, pero su valor estratégico es otro: es un evento relativamente reciente y con un entorno que, al menos en teoría, puede ser menos prohibitivo que el abismo oceánico.

La estadística vuelve a ser el argumento central: velocidad heliocéntrica media 45,62 ± 0,58 km/s, con margen 3,22 ± 0,58 km/s sobre escape, lo que arroja 5,5 sigmas. En las 10⁶ simulaciones, la probabilidad de “órbita ligada” queda acotada por arriba en pbound < 3×10⁻⁶.

En tamaño, el paper apunta a ~2,2 toneladas y radio de referencia ~64 cm (de nuevo, con dependencia de densidad). La presión dinámica estimada fue 1,5 MPa. Aquí el interés se desplaza del cielo al mapa: los autores señalan que el Barents ofrece plataforma continental de ~200–400 m, mucho menos que el Pacífico, pero con el precio del Ártico: hielo, corrientes y ventanas operativas estrechas. Y un aviso: cuanto más se tarde, más se redistribuye el material por deriva y corrientes.

La batalla metodológica: del “pre-2018” a la era calibrada

La tesis de Loeb y Cloete se apoya en un contraste demoledor: antes de 2018, la base CNEOS presenta un régimen de alta discrepancia, con errores de velocidad del orden de ~6 km/s y radiantes con incertidumbres “de decenas de grados”. Después, un régimen de baja discrepancia con σv ≈ 0,55 km/s. En este marco, lo relevante no es que existan eventos por encima del umbral, sino cuáles sobreviven cuando se inyecta incertidumbre realista.

Esta distinción responde a una crítica clásica: varios astrónomos cuestionaron durante años que, sin un modelo calibrado, era imposible separar hipérbolas auténticas de artefactos. El propio historial del caso IM1 (el bólido de 2014) ilustra el problema: su condición interestelar acabó en un terreno casi burocrático, con una confirmación ligada a un memo del U.S. Space Command y a una discusión pública sobre datos clasificados y verificabilidad.

Aquí está el giro: los dos nuevos candidatos no dependen de la “época oscura” de CNEOS. Son post-2018. Y, por tanto, aspiran a jugar en una liga distinta: menos épica, más estadística, más reproducible.

Qué se juega la ciencia: flujo interestelar, composición y “economía” del riesgo

Si el diagnóstico es correcto, el valor científico no está en el titular, sino en lo que habilita. Un objeto de ~1 metro que llega del vecindario galáctico es una cápsula de composición: material de otro sistema estelar sin necesidad de esperar a un cometa del tamaño de un campo de fútbol. Los autores comparan velocidades interestelares: estos bólidos se situarían en el extremo bajo (v∞ ≈ 21,5 km/s y 16,9 km/s), frente a los visitantes conocidos como 1I/‘Oumuamua (26 km/s) y 2I/Borisov (32 km/s); y muy por debajo de 3I/ATLAS (58 km/s). Es coherente con una idea práctica: los sensores captan mejor lo que entra “lo bastante rápido” para brillar, pero no tan rápido como para pasar de largo sin dejar señal útil.

Las consecuencias, sin embargo, son bidireccionales. Si se abre la puerta a expediciones de recuperación, el coste no es marginal: barcos, sonar, dragas, permisos, meteorología y, en el Ártico, operación en entorno hostil. Y aparece una pregunta incómoda para cualquier institución: ¿cuánto se invierte en recuperar gramos de material cuya naturaleza puede terminar siendo banal? La ciencia se sostiene en apuestas asimétricas, sí, pero la frontera entre investigación y espectáculo es frágil cuando el objeto de deseo cae en un océano a 4.000 metros o bajo hielo.

Avi Loeb no es un autor cualquiera. Su trayectoria ha empujado con fuerza el campo de los objetos interestelares, pero también ha estado rodeada de controversias, especialmente tras expediciones y afirmaciones sobre posibles fragmentos de origen extrasolar. Parte de la comunidad ha expresado dudas sobre interpretaciones y sobre cómo se comunica la incertidumbre, una tensión que se ha hecho pública en medios especializados.

En este caso, el paper intenta blindarse con una estrategia clara: menos narrativa, más protocolo. Coordenadas, transformaciones, eliminación de gravedad terrestre, conversión a velocidad heliocéntrica, y una condición binaria: exceder escape y mantenerlo bajo simulación. Incluso cuantifica el “qué pasaría si”: habría que inflar el error por factores de ~5 a 9 para que el diagnóstico quedara en duda.

Aun así, el mercado de la atención no perdona: “interstellar” vende, “uncertainty model” no. El reto, paradójicamente, es el mismo que en finanzas: separar señal de ruido. Aquí, la señal son dos eventos post-2018 con márgenes multsigma. El ruido será todo lo demás: desde la tentación de prometer “material de otra estrella” hasta la presión por convertir una hipótesis estadística en un trofeo físico. La ciencia, como los mercados, también castiga el exceso de confianza.