Marte podría esconder “oro negro”, pero la clave no sería el negocio sino la vida antigua

Avi Loeb reabre el debate sobre vida antigua y recursos, con un giro incómodo: el “oro negro” sería más prueba biológica que negocio.
Imágenes de Marte. Foto: NASA.
Imágenes de Marte. Foto: NASA.

Agua líquida entre 11,5 y 20 kilómetros bajo la superficie de Marte: eso es lo que sugieren modelos que combinan sismología y gravedad en la zona de InSight. El mismo módulo registró más de 1.300 marsquakes, una base de datos que permite imaginar prospección geológica real.
Con ese telón de fondo, Avi Loeb plantea una hipótesis provocadora: si Marte tuvo océanos y microbios hace más de 3.000 millones de años, también pudo generar petróleo. La pregunta ya no es solo “si hay”, sino qué significaría para la ciencia… y para el poder.

El precedente terrestre: petróleo antes de los dinosaurios

La tesis de Loeb se apoya en un dato que desmonta el tópico: el petróleo no nace “con” la era moderna, sino con la biología. En 1998, un equipo liderado por Birger Rasmussen reportó aceite preservado en inclusiones fluidas de areniscas del Arcaico, con una antigüedad de ~3.000 millones de años. Aquello era dinamita para la geología convencional: si existía crudo tan antiguo, era porque ya había biomasa suficiente como para alimentar una fábrica planetaria de hidrocarburos.
El segundo golpe llegó con el trabajo posterior sobre materia orgánica degradada y sus “huellas”: kerógeno (precursor ceroso), bitumen (remanente alquitranado) y migración de fluidos. El mensaje es simple y brutal: donde hubo océanos y microorganismos, pudo haber petróleo, aunque luego el planeta lo cocinara, lo rompiera o lo enterrara.
Este hecho revela por qué la discusión sobre Marte no es fantasía: es una extrapolación. Si la Tierra pudo generar petróleo con vida unicelular en el Precámbrico, la pregunta marciana se vuelve técnica, no mística.

LUCA, el reloj genético y el valor de un “archivo” químico

Loeb añade un elemento que eleva el debate: el calendario de la vida. Un estudio en Nature Ecology & Evolution sitúa al Último Antepasado Común Universal (LUCA) entre 4,09 y 4,33 mil millones de años, con una estimación en torno a 4,2. Si la biología arrancó tan pronto, el margen temporal para que surgiera en Marte —y dejara residuos— se ensancha de forma incómoda.
Ahí encaja el petróleo como “registro”: no tanto combustible como evidencia. En 2021, Rasmussen y colaboradores describieron aceite antiguo asociado a microfósiles y estromatolitos de 1,88 mil millones de años (Gunflint), insistiendo en que estos materiales pueden conservar señales bioquímicas pese al paso del tiempo. Y en abril de 2026 se publicó un trabajo sobre actividad microbiana preservada en pirita coloforme de 3,4 Ga, reforzando la idea de que la vida deja rastros minerales persistentes.
En ese marco, buscar petróleo en Marte sería, sobre todo, buscar química de vida.

Marte húmedo, Marte fugaz: el planeta que pudo enfriarse antes

La base geológica existe: NASA ha defendido que el Marte del Noeico tardío (aprox. 4,1 a 3,5 mil millones de años) pudo sostener condiciones habitables, con redes de valles formadas por agua fluyendo. Y revisiones recientes en Nature Geoscience apuntan a que ríos y lagos pudieron persistir durante más de mil millones de años en etapas tempranas.
Loeb añade un argumento de física planetaria: Marte, al ser más pequeño, pierde calor antes porque su relación superficie/volumen es mayor. La idea es estándar en ciencia planetaria y sostiene que los cuerpos pequeños se enfrían con más rapidez.
La consecuencia es clara: un Marte que se volvió habitable antes podría haber sido laboratorio temprano de microbiología… y, por extensión, de materia orgánica sedimentada. Pero también pagó un precio: al perder atmósfera y agua superficial, lo que quedase —si quedó— habría migrado a minerales, hielo o acuíferos profundos.

InSight, 1.300 marsquakes y el dato que lo cambia todo: agua a 20 km

Aquí entra el giro más sólido del relato. Un artículo científico (acceso abierto) plantea que las velocidades sísmicas y la gravedad cerca de InSight encajan mejor con una corteza media fracturada saturada con agua líquida, a profundidades de ~11,5 a 20 km. No es un “mar subterráneo” garantizado, pero sí un marco compatible con porosidad, fracturas y saturación.
Además, InSight no fue anecdótico: registró más de 1.300 eventos sísmicos durante su misión, un catálogo que sirve para imaginar cómo se mapearían estructuras del subsuelo con técnicas similares a las terrestres.
En ese contexto, la pregunta de Loeb se vuelve casi inevitable: si hubo grandes volúmenes de agua y actividad geológica medible, ¿por qué no habría existido también el ciclo sedimentario necesario para producir hidrocarburos?
“Encontrar petróleo marciano sería un registro de cuándo empezó la vida y si se parecía a la terrestre”, escribe Loeb, dejando claro que la ciencia va primero.

Prospección en Marte: la promesa y la trampa del “oro negro”

El gran riesgo es convertir una hipótesis útil en propaganda. El petróleo no aparece por decreto: necesita biomasa, enterramiento, temperatura adecuada, tiempo, trampas geológicas y migración. En Marte, cada uno de esos pasos es incierto. Que haya orgánica no basta; y aun así, las señales se multiplican: en 2026 se reportó el hallazgo de siete moléculas orgánicas nuevas en una muestra perforada por Curiosity, reforzando que la química prebiótica marciana pudo ser más rica de lo esperado.
Loeb apunta a métodos clásicos —sísmica, gravedad, perforación— y a un incentivo evidente: si hubiese hidrocarburos, podrían alimentar una economía de recursos “in situ”. Pero el contraste con la Tierra es demoledor: en nuestro planeta, la industria prospera sobre un sistema biológico conocido; en Marte, la prospección sería una misión científica con coste astronómico y retorno incierto.
La consecuencia es clara: la narrativa empresarial puede ser tentadora, pero el valor real estaría en responder una pregunta más peligrosa que el negocio: si la vida aquí empezó en Marte o compartimos un origen.

Panspermia y el “beso” temprano: cuando la geología se vuelve política

Loeb remata con una hipótesis que incomoda a todos: la panspermia. Durante el Late Heavy Bombardment, hace ~4,1 a 3,8 mil millones de años, impactos pudieron lanzar rocas entre planetas y transportar microbios protegidos en su interior. Si Marte se enfrió antes y fue habitable antes, el sentido del tráfico biológico podría haber sido marciano hacia la Tierra.
Este hecho revela por qué hablar de “petróleo en Marte” no es una excentricidad: es una vía indirecta para investigar el parentesco. Un hidrocarburo antiguo con firmas isotópicas compatibles con biología —o incompatible— reordenaría prioridades científicas, presupuestos y narrativas nacionales.
Y ahí entra el poder: quién perfora, quién mide, quién interpreta y quién se adjudica el hallazgo. La búsqueda de vida siempre termina en disputa de prestigio. La de recursos, también en disputa de control. En ese cruce, el petróleo marciano sería menos energía y más identidad: un espejo químico capaz de decirnos si, en el fondo, somos una autobiografía escrita fuera de la Tierra.

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