Davos alerta: guerra entre Estados y desinformación masiva en 2027
El último informe de riesgos del Foro Económico Mundial sitúa el conflicto militar y la manipulación informativa como amenazas centrales a corto plazo, con la crisis climática acechando la próxima década
La imagen de Davos como cita de élites desconectadas queda en entredicho cuando su propio informe de riesgos plantea un escenario que suena menos a ciencia ficción y más a preaviso. El Foro Económico Mundial alerta de que, ya en 2025, el principal detonante de una crisis global podría ser un conflicto armado entre Estados, acompañado de sanciones, guerras comerciales y choques en el ciberespacio.
A dos años vista, el foco se desplaza a otro frente igual de inquietante: la desinformación se perfila como el riesgo número uno en 2027, alimentada por la expansión de la inteligencia artificial generativa y unas redes sociales convertidas en campo de batalla informativa.
A largo plazo, el tablero se oscurece aún más: crisis climática, colapso de ecosistemas y pérdida de biodiversidad pasan a dominar las preocupaciones a diez años. Entre tanto, la polarización social y el deterioro institucional actúan como combustible que agrava cada uno de estos riesgos.
«La mayor amenaza puede que ya no sea lo que ocurre, sino que dejemos de saber qué es verdad», resume uno de los expertos consultados.
El diagnóstico es claro: el mundo entra en una década donde los riesgos son simultáneos, interconectados y, sobre todo, profundamente políticos.
Un mapa de riesgos que rompe la complacencia
El Global Risks Report presentado en Davos siempre ha funcionado como termómetro del ánimo de las élites políticas y económicas. Pero la edición más reciente deja poco espacio a la complacencia. En el horizonte inmediato, más del 60% de los expertos consultados apuntan a un aumento significativo de las tensiones interestatales, con riesgo de conflictos abiertos o guerras por delegación.
La novedad no es solo la intensidad de la amenaza, sino su carácter sistémico: una escalada militar localizada ya no se entiende como un evento aislado, sino como un choque que puede activar cadenas de sanciones, interrupciones de suministro, ciberataques masivos y picos de volatilidad financiera. Cada conflicto se convierte en un test de resistencia para un sistema global ya tensionado por deudas elevadas, inflación persistente y desconfianza ciudadana en las instituciones.
El informe revela, además, una brecha generacional en la percepción del riesgo: mientras buena parte de los responsables políticos siguen priorizando la estabilidad macroeconómica tradicional, los menores de 35 años colocan el triángulo guerra–desinformación–clima en el centro de sus preocupaciones. El contraste es inequívoco: quien toma decisiones mira el corto plazo; quienes vivirán sus consecuencias, la próxima década.
Guerra entre Estados: del frente militar al frente digital
La mención prioritaria a un conflicto armado entre Estados en 2025 no es un mero ejercicio especulativo. El informe recoge el incremento de episodios que ya rozan el umbral de guerra: ejercicios militares agresivos, violaciones de espacio aéreo, ataques híbridos sobre infraestructuras críticas y uso instrumental de migraciones masivas como herramienta de presión.
La guerra, advierte Davos, ya no se limita al frente físico. Un choque interestatal en el siglo XXI se libra al mismo tiempo en al menos cuatro planos:
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Militar clásico, con operaciones limitadas pero de alto impacto psicológico.
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Geoeconómico, mediante sanciones, bloqueos de exportaciones estratégicas y control de materias primas.
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Cibernético, con ataques a redes eléctricas, sistemas financieros y comunicaciones.
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Informativo, donde cada bando trata de imponer su relato dentro y fuera de sus fronteras.
En ese contexto, un incidente que en otro tiempo habría quedado contenido puede hoy desencadenar una crisis en cascada: desde el encarecimiento energético hasta la caída de bolsas, pasando por oleadas de refugiados y radicalización interna. La línea entre “conflicto regional” y “shock global” es cada vez más fina.
Cadenas de suministro y factura económica del conflicto
Más allá del riesgo humano, el informe subraya el coste económico de un escenario de guerra entre Estados. Tras la pandemia y la invasión rusa de Ucrania, más del 70% de las empresas globales han ajustado sus cadenas de suministro, pero la resiliencia sigue siendo limitada. Un nuevo foco bélico en una región clave —Estrecho de Ormuz, mar de China Meridional, Europa del Este— podría paralizar flujos de mercancías por valor de billones de dólares.
Las sanciones ya no se perciben como herramienta quirúrgica, sino como arma de doble filo: castigan al adversario, pero también encarecen insumos, rompen contratos y aceleran la fragmentación del comercio mundial en bloques. El informe advierte de que, en un escenario de sanciones cruzadas prolongadas, el crecimiento potencial global podría reducirse entre 0,5 y 1 punto del PIB anual durante varios años.
Para países altamente dependientes de importaciones energéticas o alimentarias, el impacto sería inmediato: inflación importada, tensiones sociales y presión sobre unas finanzas públicas ya debilitadas. El mensaje de Davos es inequívoco: quienes diseñan estrategias de contención militar deben incorporar, desde el inicio, la factura económica y humanitaria de sus decisiones.
Desinformación 2027: cuando la realidad deja de ser compartida
Si la guerra domina el corto plazo, la desinformación se alza como el riesgo número uno en el horizonte de 2027. El informe describe un ecosistema donde la inteligencia artificial generativa permite producir millones de piezas de contenido falso a coste casi cero, desde vídeos hiperrealistas hasta audios impostados de líderes políticos o empresariales.
No se trata solo de “fake news” aisladas, sino de campañas coordinadas capaces de alterar percepciones sobre procesos electorales, conflictos armados o crisis sanitarias. «La amenaza ya no es solo que circule información falsa, sino que desaparezca cualquier consenso mínimo sobre lo que es real», recoge el texto.
El impacto potencial es profundo:
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Erosión de la confianza en elecciones, tribunales, medios y organismos reguladores.
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Reacción emocional extrema ante contenidos diseñados para polarizar y movilizar a minorías ruidosas.
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Parálisis institucional, con gobiernos cuestionados a cada decisión y empresas atacadas por narrativas virales difíciles de desmentir.
El informe señala que más del 80% de los responsables de riesgos consultados prevé que la desinformación tenga efectos “graves” o “muy graves” sobre la estabilidad política en los próximos tres años. Un aviso directo a cualquier sistema democrático con instituciones ya desgastadas.
Polarización social: el combustible perfecto
La desinformación no actúa en el vacío; se alimenta de sociedades fracturadas. Davos identifica la polarización social y la desigualdad persistente como factores transversales que amplifican el resto de riesgos. Allí donde los derechos se perciben como erosionados, los salarios reales estancados y los servicios públicos deteriorados, el terreno es fértil para la indignación y el resentimiento.
El informe subraya cómo se ha ido consolidando un círculo vicioso:
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Crisis económicas y políticas alimentan la desconfianza.
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La desconfianza facilita el éxito de narrativas conspirativas.
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Esas narrativas profundizan la polarización y debilitan aún más la gobernabilidad.
En ese caldo de cultivo, cada crisis —sea una guerra, una subida de precios o un escándalo de corrupción— se convierte en detonante de estallidos sociales imprevisibles. Para gobiernos y empresas, el mensaje es nítido: ignorar la dimensión social del riesgo es condenarse a navegar en un entorno de inestabilidad permanente.
Clima y colapso ecológico: el horizonte a diez años
A diez años vista, el foco se desplaza con fuerza hacia la crisis climática y ecológica. Fenómenos extremos —olas de calor, inundaciones, sequías prolongadas— ya no son excepciones, sino la nueva normalidad. Davos advierte de que, si no hay cambios drásticos, la pérdida de biodiversidad y el colapso de ecosistemas clave podrían convertirse en los riesgos con mayor probabilidad e impacto para 2035.
Las cifras que maneja el informe son contundentes: hasta un 30% de la población mundial podría verse afectada por estrés hídrico severo en la próxima década; centenares de millones de personas vivirán en zonas costeras expuestas a la subida del nivel del mar; y los daños económicos acumulados por eventos extremos podrían superar el 10% del PIB global si no se refuerzan infraestructuras y mecanismos de adaptación.
Lo llamativo es el desajuste temporal: mientras los mercados reaccionan casi en tiempo real a declaraciones o tuits, la crisis ecológica avanza a un ritmo menos visible pero mucho más inexorable. El informe insiste en que no se trata de un “riesgo verde” aislado, sino de un multiplicador que exacerba conflictos, migraciones y tensiones económicas.
Inteligencia artificial: el gran multiplicador de riesgos
La tecnología, y en particular la inteligencia artificial, ocupa un lugar ambivalente en el informe. No aparece, por ahora, como el riesgo único más acuciante, pero sí como una fuerza que acelera y amplifica casi todos los demás.
La IA generativa facilita campañas de desinformación, la automatización puede agravar tensiones laborales y la combinación de algoritmos avanzados con biotecnología abre escenarios de riesgo inéditos, desde la manipulación de patógenos hasta la vigilancia masiva de poblaciones enteras.
Davos señala tres áreas críticas:
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Gobernanza algorítmica opaca, donde decisiones con impacto social se toman en sistemas imposibles de auditar.
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Concentración de poder tecnológico en un número muy reducido de actores privados y Estados.
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Carreras armamentísticas en IA, tanto en el plano militar como en el ciberespacio.
La conclusión es clara: «La IA no es solo un riesgo en sí misma, sino un acelerador de todos los demás riesgos analizados». Regularla de forma inteligente y cooperativa se vuelve condición necesaria para que el resto de políticas —climáticas, sociales, de seguridad— tengan alguna posibilidad de éxito.
Qué deberían hacer gobiernos y empresas desde hoy
El informe no se limita a describir amenazas; también plantea líneas de acción. La receta no es simple, pero sí reiterada: reforzar instituciones, mejorar la calidad de la información, invertir en resiliencia y anticipar escenarios en lugar de reaccionar a ellos.
Para los gobiernos, Davos propone:
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Planes de contingencia frente a conflictos interestatales que incluyan dimensiones cibernética, energética y humanitaria.
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Marcos regulatorios claros contra la desinformación, protegiendo a la vez la libertad de expresión.
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Políticas redistributivas y de cohesión social que reduzcan la brecha entre ganadores y perdedores de la globalización.
Para las empresas, el mensaje es igual de exigente:
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Incorporar los riesgos geopolíticos, climáticos y tecnológicos en su gestión diaria, más allá de los ejercicios formales de compliance.
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Asegurar cadenas de suministro con criterios de diversificación y sostenibilidad, no solo de coste.
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Asumir un papel activo en la defensa de la información veraz, especialmente aquellas con alcance masivo y capacidad de influir en la opinión pública.
La conclusión del informe es tan sobria como inquietante: la próxima década no será más tranquila que la anterior; será más compleja. La diferencia entre una transición ordenada y una sucesión de crisis encadenadas dependerá de si gobiernos, empresas y sociedades están dispuestos a tratar estos riesgos como reales ahora, y no como ejercicios académicos para dentro de diez años.