La AIEA advierte: un ataque nuclear en Oriente Medio vaciaría ciudades enteras
La advertencia ha llegado en el peor momento posible. El director general del Organismo Internacional de la Energía Atómica (AIEA), Rafael Grossi, ha avisado en Viena de que un ataque directo contra instalaciones nucleares en Oriente Medio podría provocar una “liberación radiológica” y forzar la evacuación de zonas del tamaño de grandes urbes, mientras la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán se extiende por toda la región. Grossi matizó que, por ahora, no hay indicios de que las plantas iraníes hayan sido alcanzadas ni se han detectado aumentos anómalos de radiación, pero su mensaje fue inequívoco: el margen de seguridad se estrecha cada día que continúan los bombardeos.
Grossi eligió el arranque de la reunión de la Junta de Gobernadores de la AIEA en Viena para lanzar el que es, con diferencia, su mensaje más duro desde el inicio de la escalada militar contra Irán. En su intervención, el diplomático argentino advirtió de que «no puede descartarse» una liberación radiológica con consecuencias graves, incluida la necesidad de evacuar áreas “tan grandes o mayores que grandes ciudades”. Un lenguaje que va mucho más allá de las fórmulas prudentes habituales en la agencia.
El contexto explica el tono. Tras los bombardeos conjuntos de Estados Unidos e Israel contra objetivos iraníes, Teherán y milicias aliadas han respondido con misiles y enjambres de drones contra Israel y varias monarquías del Golfo. Más de 200 a 500 personas habrían muerto ya en los primeros días de la guerra, según recuentos dispares de agencias internacionales.
Pero el punto que preocupa a la AIEA no es solo el balance humano inmediato, sino el riesgo sistémico: en este teatro de operaciones hay reactores, centros de enriquecimiento y almacenes de material radiactivo en funcionamiento. Un impacto directo, o un daño acumulado, podría convertir una guerra convencional en un accidente nuclear de alcance regional.
Riesgo real de evacuaciones masivas
¿Qué significa, en términos prácticos, “evacuar áreas tan grandes o mayores que grandes ciudades”? No se trata de un recurso retórico. Los grandes accidentes nucleares del pasado —Chernóbil y Fukushima— demostraron que zonas de exclusión de decenas de kilómetros a la redonda pueden quedar inhabitables durante décadas. En un Oriente Medio densamente urbanizado, eso se traduce en millones de personas potencialmente afectadas.
La diferencia crucial es que, en este caso, el detonante no sería un fallo técnico, sino un impacto militar sobre instalaciones diseñadas para operar en condiciones de estabilidad. Un ataque que dañe piscinas de combustible gastado, depósitos de residuos o sistemas de refrigeración podría liberar nubes radiactivas impulsadas por vientos dominantes hacia corredores urbanos y costas densamente pobladas. En un escenario verosímil, centros urbanos con entre uno y tres millones de habitantes podrían verse obligados a evacuar parcial o totalmente en cuestión de días.
Este hecho revela la naturaleza del aviso de Grossi: no está describiendo un escenario apocalíptico improbable, sino la consecuencia lógica de combinar guerra aérea intensiva con un mapa repleto de instalaciones nucleares activas. Y subraya, además, un ángulo económico: el coste de reubicar a cientos de miles de personas, descontaminar infraestructuras críticas y compensar daños superaría con facilidad los cientos de miles de millones de dólares en un horizonte de décadas.
Un mapa de instalaciones vulnerables
Bajo su acuerdo de salvaguardias con la AIEA, Irán ha declarado 22 instalaciones nucleares y un emplazamiento adicional donde se usa material atómico. A ellas se suman plantas de investigación y centrales civiles en otros países de la región. Muchas se concentran en torno al Golfo Pérsico y al centro del país: Natanz, Fordow, Isfahán, Arak o Bushehr son nombres que se han convertido en piezas de un tablero extremadamente frágil.
Algunas de estas instalaciones ya sufrieron daños en la llamada guerra de los doce días de junio de 2025, cuando Israel y Estados Unidos bombardearon complejos de enriquecimiento y reactores iraníes. Entonces no se detectó liberación radiológica significativa, pero la propia AIEA reconoció una “degradación aguda” de la seguridad nuclear en el país.
El diagnóstico es inequívoco: cada ataque erosiona capas de redundancia y protección física diseñadas para soportar accidentes, no bombardeos repetidos. Además, el bloqueo parcial de acceso a inspectores y sensores tras aquellos ataques ha aumentado las “zonas ciegas” de la comunidad internacional, que hoy dispone de menos datos que hace cinco años sobre el estado real de muchas instalaciones.
En este contexto, la afirmación de Grossi de que no hay indicios de impactos directos en los sitios nucleares iraníes se lee casi como una advertencia preventiva: el día que los haya, puede que sea demasiado tarde para improvisar protocolos.
Precedentes de 2025: el ensayo general
La crisis actual no surge en el vacío. En junio de 2025, tras los primeros ataques israelíes contra instalaciones nucleares iraníes, Grossi ya se presentó ante el Consejo de Seguridad de la ONU para advertir de que esos golpes habían provocado un fuerte deterioro de la seguridad y la protección nuclear en Irán, aunque sin causar, de momento, una fuga radiológica que afectara al público.
En aquella ocasión, el jefe de la AIEA pronunció una frase que hoy resuena con fuerza: «Las instalaciones nucleares nunca deben ser atacadas, sea cual sea el contexto o las circunstancias». Era un mensaje dirigido tanto a los países que bombardeaban como a los que utilizaban sus plantas atómicas como escudo político.
Lo más grave es que, lejos de servir de vacuna, aquel episodio se ha convertido en un ensayo general de la situación actual. Los ataques de 2025 dañaron edificios, infraestructuras eléctricas y sistemas auxiliares en Natanz, Fordow o Arak, reduciendo márgenes de seguridad y obligando a operar durante meses con equipamiento de emergencia.
Hoy la región vuelve a estar en guerra, pero parte de ese sistema ya llega a la crisis con cicatrices estructurales. El riesgo no es solo que un misil alcance de lleno un reactor, sino que un impacto “menor” sobre un entorno ya debilitado desencadene el accidente que se evitó por poco hace un año.
Guerra, diplomacia y un JCPOA roto
El mensaje de Viena también tiene un claro componente político. Antes de la actual guerra, Irán acumulaba ya más de 440 kilos de uranio enriquecido al 60 %, un nivel muy cercano al grado armamentístico, cantidad suficiente —según estimaciones del propio organismo— para producir hasta diez cargas nucleares si se procesaba más. A la vez, desde 2019 Teherán fue desmantelando paso a paso los mecanismos de transparencia del acuerdo nuclear (JCPOA), hasta dejar de aplicar completamente sus compromisos de verificación en 2021.
La consecuencia es clara: la comunidad internacional sabe hoy menos que nunca qué ocurre exactamente en muchas instalaciones iraníes, justo en el momento en que los misiles vuelan sobre ellas. Los últimos informes de la AIEA insisten en que no puede verificar el tamaño real del stock de uranio enriquecido ni confirmar si todas las actividades se mantienen dentro del uso civil.
En este escenario, las palabras de Grossi sobre la necesidad de retomar la negociación adquieren un sentido casi técnico: «La diplomacia nuclear es aún más difícil, pero nunca imposible», subrayó. Sin un mínimo marco de diálogo y acceso, la gestión del riesgo se convierte en una apuesta a ciegas. Y, como recuerdan en Viena, los accidentes nucleares no conocen fronteras ni distinguen entre aliados y adversarios.
Impacto económico: petróleo, rutas y primas de riesgo
El componente económico de esta crisis es tan evidente como el militar. El Estrecho de Ormuz, a las puertas de varias instalaciones nucleares y refinerías clave, canaliza en torno al 20 % del petróleo que se consume en el mundo. Los ataques con drones y misiles contra infraestructuras energéticas en el Golfo —como la refinería saudí de Ras Tanura— han disparado los temores a interrupciones prolongadas del suministro.
En los últimos días, el precio del crudo ha llegado a subir hasta un 10-13 % en sesiones de máxima tensión, reflejando una prima de riesgo geopolítica que recuerda a episodios como la guerra Irán-Irak o la invasión de Kuwait. A ello se suma el cierre temporal de espacios aéreos, la cancelación de cientos de vuelos y el alza en los costes del seguro para buques que cruzan la zona.
La posibilidad de un incidente radiológico añade una capa de riesgo cualitativamente distinta: puertos contaminados, cadenas logísticas interrumpidas durante años y costes de limpieza astronómicos. Las grandes aseguradoras ya analizan escenarios en los que determinadas rutas quedarán prácticamente inasegurables si se confirma un accidente nuclear de escala media.
Para Europa y Asia, fuertemente dependientes del crudo y el gas que salen del Golfo, una combinación de guerra prolongada y fuga radiactiva podría suponer un choque de oferta energético superior al vivido tras la invasión rusa de Ucrania, con efectos en inflación, crecimiento y estabilidad financiera.
Europa ante un escenario de lluvia radiactiva
Aunque los riesgos inmediatos se concentran en Oriente Medio, Europa no quedaría al margen de un accidente nuclear en la región. En primer lugar, por la interdependencia energética y comercial: una perturbación duradera en el Golfo impactaría directamente sobre precios de la energía, fertilizantes y transporte marítimo, con efectos en cascada sobre la industria y el consumo.
En segundo lugar, por el propio riesgo radiológico a larga distancia. Las nubes de contaminación no respetan fronteras y, dependiendo de la altura de la liberación y de los patrones de viento, parte del material podría viajar miles de kilómetros. Las agencias europeas de protección radiológica mantienen desde hace años planes de contingencia frente a accidentes extrarregionales, pero un escenario provocado por ataques militares no está cubierto con el mismo grado de detalle que una avería en una central europea.
El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras en Europa se endurecen normas, se refuerzan contenciones y se simulan crisis para probar protocolos, en Oriente Medio se está probando, en tiempo real, qué ocurre cuando se normaliza la idea de bombardear un país con 22 instalaciones nucleares declaradas. El resultado de ese experimento condicionará inevitablemente los debates internos sobre el futuro de la energía atómica en la UE.

