Alto el fuego ‘nuclear’ en Zaporizhia para salvar la última línea
La guerra en Ucrania ha dejado a la central nuclear de Zaporizhia —ocupada por Rusia desde 2022 y responsable antes del 20% de la electricidad ucraniana— pendiendo de un hilo cada vez más fino: sus líneas eléctricas externas. El último movimiento ha obligado a la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA) a negociar un alto el fuego milimétrico en la zona ocupada de la región de Zaporiyia para permitir la reparación de una línea de respaldo de 330 kV, dañada por los combates. Sin esa conexión de socorro, la planta depende casi por completo de una única línea principal y de generadores diésel que ya han tenido que activarse más de diez veces desde el inicio de la invasión. Lo que está en juego no es solo la seguridad de los seis reactores apagados, sino la estabilidad de todo el sistema eléctrico ucraniano y el riesgo de un accidente nuclear con consecuencias transfronterizas. El mensaje de la IAEA es inequívoco: “la situación sigue siendo extremadamente frágil” y cualquier error puede inclinar por fin la balanza.
Un alto el fuego quirúrgico en plena línea de frente
La tregua no se parece a los alto el fuego amplios de otros conflictos. Es un cese de hostilidades estrictamente local, limitado a los corredores por donde deben trabajar las brigadas eléctricas que reparan la línea de 330 kV que actúa como respaldo de la central. Según la IAEA, tanto Moscú como Kiev han aceptado no disparar en un perímetro concreto durante las operaciones, una fórmula ya empleada en otros momentos críticos de la guerra pero que ahora se aplica a la infraestructura más sensible del país.
El director general del organismo, Rafael Grossi, ha reconocido que ha sido necesario semanas de contactos discretos con los dos bandos para acordar esta especie de “burbuja de seguridad” en mitad del frente sur. El acuerdo llega después de que la planta haya sufrido su décimo corte total de suministro externo desde 2022, el más largo de todos ellos, con más de un mes funcionando solo con generadores diésel tras la desconexión de la última línea de 750 kV el pasado septiembre.
En paralelo, el jefe de Rosatom, Alexéi Lijachov, ha confirmado que los equipos de reparación incluirán técnicos rusos y ha advertido de que la restauración de la línea puede tardar “al menos una semana”, siempre que las condiciones en el terreno lo permitan. El contraste es evidente: mientras el Kremlin insiste en que la situación está “bajo control”, la IAEA subraya que se trata de una operación de alto riesgo en un entorno militarizado, donde cualquier recrudecimiento de los combates podría dejar la planta de nuevo a oscuras.
Una red eléctrica reducida de diez líneas a solo dos
El núcleo del problema es la dramática degradación del suministro eléctrico externo de Zaporizhia. Antes de la invasión a gran escala, la central contaba con hasta 10 conexiones de alta tensión con la red ucraniana, entre líneas de 750 kV y 330 kV, diseñadas para garantizar redundancia incluso en situaciones extremas. Hoy solo quedan operativas dos, según la propia IAEA, y una de ellas es precisamente la línea de respaldo que ahora se intenta reparar bajo protección del alto el fuego.
Durante el último año, la planta ha perdido por completo el acceso a la red en al menos dos ocasiones prolongadas, incluida una desconexión de más de 72 horas consecutivas en la que los sistemas de seguridad dependieron exclusivamente de los generadores diésel. Cada corte obliga a quemar miles de litros de combustible al día para mantener la refrigeración del combustible nuclear y alimentar los sistemas esenciales. Los técnicos han tenido que salir al campo más de 40 veces para recomponer líneas dañadas u operar equipos en zonas bajo fuego de artillería.
Este hecho revela una tendencia inequívoca: Zaporizhia se ha convertido en un experimento involuntario sobre cómo resiste una instalación nuclear sometida a un entorno bélico prolongado con redundancias destruidas. Cuanto más se erosiona la red exterior, más probabilidades hay de que un incidente puntual —un dron, un proyectil, un fallo técnico— active una cadena de fallos que los generadores diésel no siempre podrán compensar.
Qué riesgo real existe para Europa
La gran pregunta, más allá de los comunicados técnicos, es qué ocurriría si uno de estos cortes se prolonga demasiado o coinciden varios fallos a la vez. La IAEA lleva meses advirtiendo de que todos sus siete “pilares” de seguridad nuclear están comprometidos en Zaporizhia: desde la integridad física de las instalaciones hasta la independencia operativa del personal o la estabilidad del suministro eléctrico.
Aunque los seis reactores se encuentran en parada fría y la planta no produce electricidad desde 2022, la necesidad de refrigerar el combustible sigue siendo crítica. Si se pierde de forma simultánea el suministro externo y los generadores diésel —por daño, fallo mecánico o falta de combustible—, la temperatura en el núcleo y en las piscinas de combustible gastado puede aumentar hasta provocar daños irreversibles. No se trataría de un nuevo Chernóbil, pero sí de un accidente con consecuencias radiológicas regionales, capaz de contaminar grandes áreas agrícolas, interrumpir corredores logísticos y obligar a evacuar decenas de miles de personas en plena guerra.
La consecuencia es clara: cada apagón externo acercó al complejo un paso más a ese escenario. Grossi lo ha resumido con una frase que en los despachos diplomáticos se lee como una advertencia directa a las capitales europeas: “No podemos quedarnos mirando mientras el último peso inclina la balanza”. Un accidente en Zaporizhia no se detendría en la línea del frente ni en las fronteras ucranianas; tendría impacto inmediato en los mercados energéticos, en las cadenas de suministro agrícolas y en la percepción social de la energía nuclear en toda Europa.
La batalla silenciosa por la red eléctrica ucraniana
Zaporizhia no es un caso aislado, sino el epicentro de una guerra paralela por la infraestructura energética ucraniana. Desde el otoño de 2022, Rusia ha intensificado los ataques contra subestaciones, nodos de alta tensión y plantas de generación, obligando a Kiev a diseñar una red de parches para mantener el sistema en funcionamiento. La desconexión prolongada de la central —que llegó a aportar uno de cada cinco kilovatios consumidos en el país antes de la guerra— golpea especialmente el sur y el este de Ucrania, que dependen más de la generación local.
En ese contexto, cada línea que se restaura bajo protección de la IAEA equivale a un pequeño salvavidas para la red. La reparación reciente de otra línea clave permitió que la planta recuperara acceso a energía de reserva por primera vez en seis meses, reduciendo parcialmente la dependencia del diésel. Pero se trata de avances reversibles: basta con un nuevo ataque o un incidente en una subestación para que el sistema vuelva a caer.
Lo más grave es que esta fragilidad tiene un efecto de arrastre sobre la economía ucraniana. Cada apagón o racionamiento obliga a priorizar el suministro a infraestructuras críticas, dejando a industrias y hogares con cortes recurrentes. En un país que ha perdido más del 30% de su capacidad de generación desde el inicio de la guerra, según estimaciones de analistas energéticos, cualquier inestabilidad adicional en Zaporizhia actúa como un multiplicador de riesgos.
¿Plan ruso para desconectar Zaporizhia de Ucrania?
Más allá del plano técnico, varios informes apuntan a que los apagones no son solo un daño colateral de la guerra, sino parte de una estrategia más amplia para reorientar Zaporizhia hacia la red rusa. Organizaciones como Greenpeace han documentado cortes externos prolongados —superiores a las 72 horas— y señalan que, mientras Moscú culpa a Kiev de bombardear las líneas, el patrón de daños y las imágenes satelitales no corroboran esa versión.
La hipótesis que manejan algunos expertos es que Rusia estaría utilizando los apagones y las reparaciones selectivas para reconfigurar las conexiones de la central, desvinculándola progresivamente de la red ucraniana y preparándola para un eventual enganche al sistema eléctrico ruso o a territorios ocupados. Ese escenario, de materializarse, permitiría a Moscú controlar un activo nuclear estratégico y utilizarlo como instrumento de presión energética a medio plazo.
El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Europa discute sus planes de transición verde y seguridad de suministro, una de sus mayores instalaciones nucleares se utiliza como pieza de negociación militar y geopolítica. Para Kiev, perder definitivamente el control energético sobre Zaporizhia supondría consolidar una fractura estructural de su sistema eléctrico, con impacto duradero sobre cualquier reconstrucción económica futura.
La IAEA como único cortafuegos institucional
En medio de este tablero complejo, la IAEA se ha convertido en el último cortafuegos institucional entre la lógica militar y la lógica de seguridad nuclear. Desde 2022 mantiene una presencia permanente de expertos en la planta y ha impulsado sucesivos “principios de protección” para evitar ataques directos contra la central y sus líneas de alimentación.
Las treguas localizadas para reparar líneas eléctricas, como la que ahora permite intervenir en la conexión de 330 kV, son una innovación diplomática forzada por la guerra: pequeños corredores de seguridad, limitados en tiempo y espacio, negociados casi al milímetro para que equipos ucranianos, rusos o mixtos puedan trabajar. Pero el propio Grossi admite que estos acuerdos son frágiles y reversibles, dependientes del clima político y militar del momento.
El diagnóstico es inequívoco: sin la mediación constante de la agencia, Zaporizhia habría sufrido ya cortes más largos y frecuentes, aumentando de forma exponencial la probabilidad de un incidente grave. Aun así, el mandato de la IAEA es técnico, no político. No puede imponer un alto el fuego general ni garantizar el suministro de combustible diésel. Solo puede ganar tiempo, que es precisamente lo que trata de comprar con cada nueva tregua local.
Escenarios si el alto el fuego fracasa
¿Qué ocurre si este último alto el fuego se rompe antes de que la línea de 330 kV quede plenamente operativa? El primer impacto sería técnico: la planta seguiría dependiendo casi exclusivamente de una única línea principal de 750 kV y de los generadores diésel. En un entorno donde ya se han registrado diez pérdidas completas de suministro externo y decenas de intervenciones de emergencia, el margen de seguridad se estrecha peligrosamente.
En un segundo nivel, el fracaso enviaría una señal política clara: ni siquiera los compromisos acotados en torno a la seguridad nuclear son sostenibles en la actual fase del conflicto. Eso complicaría futuras negociaciones para proteger otras infraestructuras críticas y reforzaría la percepción de que los riesgos en Zaporizhia son, en el mejor de los casos, solo parcialmente gestionables.
Por último, un incidente grave en la central tendría un efecto inmediato sobre los mercados energéticos europeos. Incluso sin vertido significativo de radiación, bastaría la amenaza de contaminación y la interrupción de corredores logísticos para tensionar el precio del gas, elevar las primas de riesgo de países vecinos y reabrir el debate sobre la dependencia nuclear en la UE. La memoria de Fukushima —donde un fallo de suministro eléctrico desencadenó la crisis— pesa sobre cualquier cálculo de riesgo.
Las lecciones que deja el caso Zaporizhia
Zaporizhia se ha convertido, a la fuerza, en el caso de estudio más extremo sobre cómo se comporta una central nuclear en zona de guerra. De él se extraen varias lecciones incómodas. La primera: la seguridad nuclear no puede darse por garantizada solo con reactores en parada fría; la electricidad externa es tan estratégica como el propio combustible. La segunda: los marcos internacionales actuales son insuficientes para blindar instalaciones atómicas en conflictos prolongados donde una de las partes utiliza la energía como herramienta de presión.
La tercera lección mira a Bruselas: Europa ha delegado en la IAEA y en Kiev la gestión de un riesgo que, en caso de materializarse, tendría consecuencias económicas y sociales directas sobre la Unión. Mientras se discute el diseño del nuevo mercado eléctrico europeo o la taxonomía verde, muy poca atención política se dedica a la resiliencia física de las instalaciones nucleares en escenarios de alta tensión geopolítica.
La cuarta, quizá la más incómoda, es que la reconstrucción de Ucrania deberá incorporar un nuevo paradigma de seguridad energética, donde centrales como Zaporizhia se reevalúen no solo por su rentabilidad económica, sino por su vulnerabilidad estratégica. Hasta entonces, cada alto el fuego local, cada línea reparada y cada grupo diésel repostado seguirán siendo lo único que separa a Europa de un accidente nuclear en el corazón de su frontera oriental.

