Jalife: "Zelensky no existe, es un títere de Gran Bretaña para destruir a Rusia y a Putin"

Alfredo Jalife analiza las complejidades del escenario internacional actual, destacando el rol de Zelensky como un peón británico, la ofensiva israelí en el Líbano, las tensiones en el estrecho de Ormuz y la evolución de la doctrina nuclear rusa que podrían precipitar un conflicto global.
Retrato de Alfredo Jalife durante su intervención en Negocios TV, con un fondo que refleja símbolos geopolíticos y mapas mundiales.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Jalife: "Zelensky no existe, es un títere de Gran Bretaña para destruir a Rusia y a Putin"

Alfredo Jalife interpreta la crisis global como una guerra de placas tectónicas: Ucrania, Oriente Medio y Ormuz ya no son conflictos separados, sino piezas de un mismo reajuste de poder. En su entrevista para Negocios TV, el analista sostiene que la narrativa occidental sobre Volodímir Zelenski oculta una subordinación estratégica a Londres y Washington. La tesis es polémica y debe leerse como interpretación geopolítica, no como hecho probado. Lo contrastable es que Reino Unido mantiene un compromiso militar de largo plazo con Kiev, con al menos 3.000 millones de libras anuales hasta 2030/31, y que Londres ha situado Ucrania en el centro de su propia seguridad nacional.

Jalife resume su diagnóstico con una frase provocadora: “Zelenski no existe”. No niega la existencia política del presidente ucraniano, sino su autonomía estratégica. A su juicio, Kiev funciona como un instrumento de desgaste contra Rusia, con Reino Unido como actor particularmente activo.

El dato que sostiene parte de esa lectura es evidente: Londres no actúa como observador neutral. El Gobierno británico ha reafirmado su apoyo político, financiero, militar y diplomático a Ucrania, y los líderes del E3 respaldaron este mes la propuesta de diálogo directo entre Kiev y Moscú con participación activa de Estados Unidos y Europa. La guerra ucraniana es ya una guerra europea por delegación estratégica, aunque no por declaración formal.

Netanyahu y la presión interna

El segundo foco está en Israel. Jalife sitúa a Benjamín Netanyahu atrapado entre la presión de su coalición más dura, las elecciones de 2026 y el deterioro de la relación con Washington. La tensión no es menor: The Guardian informó de que Netanyahu declaró una “victoria histórica” sobre Irán, pero al mismo tiempo descartó retirar fuerzas israelíes de Líbano, Gaza y Siria por razones de seguridad.

Lo más grave para la Casa Blanca es que esa posición choca con el memorándum entre Estados Unidos e Irán. Si Israel mantiene operaciones en Líbano, Teherán tendrá incentivos para bloquear la negociación. Netanyahu puede no haber firmado el acuerdo, pero tiene capacidad para romperlo.

Vance, Musk y la grieta americana

Jalife también apunta a una división interna en Washington. Por un lado, los halcones israelíes y sus aliados estadounidenses. Por otro, figuras como J.D. Vance, que han defendido una salida diplomática para contener el coste económico de la guerra. Vance viajó a Suiza para abrir conversaciones con Irán dentro de una ventana negociadora de 60 días, centrada en el programa nuclear y en el alto el fuego entre Israel y Hezbolá.

La consecuencia es clara: Trump necesita una paz funcional porque la economía no soporta varios incendios simultáneos. El petróleo, el dólar, la inflación y el Dow Jones dependen de que Oriente Medio no vuelva a cerrar el grifo energético.

Ormuz, la yugular geoeconómica

El concepto central de Jalife es Ormuz. El estrecho no es una ruta marítima más: es el interruptor que conecta Oriente Medio con la inflación mundial. La Agencia Internacional de la Energía calcula que por allí circularon en 2025 casi 15 millones de barriles diarios de crudo, cerca del 34% del comercio global de petróleo.

Por eso Irán lo usa como palanca. Teherán ha anunciado cierres y advertencias tras los ataques israelíes en Líbano, mientras CENTCOM insiste en que el tráfico continúa. La batalla ya no es solo naval; es narrativa, financiera y psicológica. Basta con que el mercado crea posible un bloqueo para que suban seguros, fletes, crudo y riesgo inflacionario.

La desglobalización se acelera

Jalife encaja Ormuz en una tendencia más amplia: la desglobalización. El mundo ya no funciona con cadenas abiertas y confianza automática. Funciona con bloques, sanciones, rutas alternativas y militarización del comercio. La propia discusión sobre peajes o “tasas de servicio” en Ormuz ilustra esa mutación: el paso libre empieza a convertirse en activo estratégico. Trump incluso ha amenazado con que Estados Unidos podría cobrar peajes si fracasa el acuerdo con Irán.

Este hecho revela el cambio de época. La seguridad marítima deja de ser bien público y empieza a presentarse como servicio facturable. Para Europa, dependiente de energía importada y rutas estables, el coste puede ser demoledor.

El riesgo nuclear ruso

El punto más inquietante del análisis es Rusia. Jalife advierte de una doctrina nuclear más flexible y de mayor peso de las armas tácticas. La base factual existe: Rusia revisó su doctrina en noviembre de 2024, rebajando el umbral de uso nuclear en determinados escenarios de amenaza convencional respaldada por potencias nucleares.

Carnegie ya había advertido de que los cambios anunciados por Putin apuntaban a una reducción del umbral nuclear y a un uso más explícito de la disuasión como herramienta política. El componente demográfico mencionado por Jalife es una interpretación, pero el giro doctrinal es real. Rusia quiere compensar vulnerabilidades convencionales con ambigüedad nuclear.

El diagnóstico final es incómodo: Zelenski depende de apoyos externos, Netanyahu desafía la disciplina de Washington, Irán convierte Ormuz en palanca, Rusia agita la disuasión nuclear y Europa aparece dividida entre autonomía y dependencia estadounidense.

No estamos ante una crisis aislada, sino ante una transición del orden mundial hacia una lógica de presión permanente. La diplomacia sigue existiendo, pero negocia bajo amenaza. Y cuando el petróleo, los misiles, las elecciones y las armas nucleares entran en el mismo tablero, cualquier error deja de ser local.

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