Bruselas presiona para desarmar a Hamás y retirar a Israel de Gaza
Kaja Kallas exige aplicar sin demora un acuerdo que vincula la entrega permanente de armas, la salida progresiva de las tropas israelíes y la transferencia del poder a una administración civil palestina.
La Unión Europea ha elevado la presión diplomática sobre Israel y Hamás para que ejecuten sin demora el nuevo plan destinado a cerrar la guerra de Gaza. El acuerdo contempla tres movimientos decisivos: el desarme permanente de Hamás y otras milicias, la retirada completa de las fuerzas israelíes y el traspaso de la administración del enclave a autoridades civiles.
La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, calificó la propuesta como un paso crucial para impedir que Hamás vuelva a representar una amenaza para Israel. Sin embargo, el respaldo comunitario no despeja las numerosas incógnitas operativas. La secuencia del desarme y la retirada militar sigue siendo el principal punto de fricción.
Un acuerdo de enorme alcance
La hoja de ruta plantea una transformación completa del equilibrio político y militar de Gaza. Hamás y el resto de grupos armados deberán entregar o inutilizar sus arsenales, mientras Israel retirará sus tropas por fases conforme avance el proceso de verificación.
El pacto incorpora, además, una transición hacia una administración palestina de carácter tecnocrático y el despliegue de estructuras internacionales de supervisión. La propuesta contiene al menos 14 puntos operativos, entre ellos la eliminación de infraestructuras militares, el control de los túneles y la creación de mecanismos independientes para comprobar cada compromiso.
La arquitectura resulta ambiciosa: pretende resolver simultáneamente la seguridad israelí, la gobernanza palestina y la reconstrucción de un territorio devastado.
El desarme, primera línea roja
Bruselas considera imprescindible que la entrega de armas sea permanente y verificable. No bastaría con un alto el fuego temporal ni con almacenar parte del arsenal bajo supervisión palestina. El objetivo político es que Hamás deje de actuar como organización militar y pierda cualquier capacidad para reconstruir sus redes.
El problema reside en la definición concreta de «desarme». Persisten discrepancias sobre el destino de las armas ligeras, la destrucción de los túneles y el organismo encargado de certificar el cumplimiento. Hamás ha vinculado tradicionalmente cualquier entrega de armamento a una retirada israelí simultánea, mientras sectores del Gobierno israelí reclaman que la desmilitarización sea previa y completa.
Israel mantiene sus reservas
La posición israelí representa uno de los mayores obstáculos. El Ejecutivo de Benjamin Netanyahu teme que una retirada anticipada permita a Hamás reorganizarse antes de perder definitivamente sus capacidades militares.
Israel mantiene presencia en aproximadamente el 70% de Gaza y ha defendido que no abandonará determinadas posiciones hasta comprobar la destrucción de arsenales y túneles. Los partidos más duros de la coalición gubernamental han exigido rechazar cualquier calendario que vincule automáticamente el repliegue militar a compromisos políticos todavía reversibles.
Este hecho revela la fragilidad del acuerdo: cada parte reclama que la otra ejecute primero su obligación fundamental.
Una transición civil incierta
El plan prevé que la gestión cotidiana pase a una autoridad civil palestina, apoyada por funcionarios tecnócratas y fuerzas policiales específicamente formadas. La Unión Europea ha reiterado que seguirá respaldando a la Autoridad Palestina para que pueda recuperar un control efectivo y seguro sobre Gaza.
Sin embargo, la capacidad institucional disponible es limitada. Después de años de división política, destrucción administrativa y dependencia exterior, asumir servicios sanitarios, educación, seguridad y distribución de ayuda exigirá miles de empleados y una financiación sostenida.
Bruselas dispone de capacidad económica para influir. La UE ha reivindicado su papel como principal donante humanitario y anunció un paquete de 900 millones de euros para apoyar la recuperación del territorio.
La verificación será decisiva
La experiencia de anteriores treguas demuestra que los acuerdos fracasan cuando no existe un árbitro capaz de verificar incumplimientos. La nueva propuesta contempla un comité internacional y una fuerza de estabilización que supervisarían el desarme, el repliegue y la formación de la policía palestina.
El diagnóstico es inequívoco: sin presencia internacional sobre el terreno, cada incidente puede paralizar todo el calendario. Un ataque aislado, una entrega incompleta de armas o un retraso en la retirada permitirían a cualquiera de las partes denunciar la ruptura del pacto.
Bruselas busca recuperar influencia
La declaración de Kallas también responde al interés europeo por recuperar protagonismo en Oriente Próximo. Durante buena parte del conflicto, la UE ha quedado relegada frente a Estados Unidos, Egipto, Qatar y otros mediadores regionales.
Ahora intenta convertir su capacidad financiera en influencia política. Su apoyo a la reconstrucción, a la Autoridad Palestina y a una eventual misión internacional puede otorgarle un papel relevante, aunque la iniciativa diplomática siga dependiendo principalmente de Washington.
Una paz pendiente de ejecución
El anuncio abre una posibilidad que hace apenas unos meses parecía remota: combinar la desaparición del poder militar de Hamás con la retirada israelí y una administración palestina reconocida internacionalmente.
No obstante, el acuerdo todavía es una arquitectura sobre el papel. Su éxito dependerá del orden de cada fase, de la voluntad israelí de retirarse y de la capacidad real para retirar miles de armas sin provocar una nueva ruptura.
La presión europea puede acelerar las decisiones, pero no sustituye la confianza inexistente entre los actores. El valor del plan no se medirá por las declaraciones diplomáticas, sino por el primer arsenal entregado, el primer territorio evacuado y la primera institución civil capaz de gobernar Gaza sin tutela armada.