Bruselas teme estanflación si la guerra con Irán se enquista

La Comisión Europea advierte de que una escalada prolongada en Oriente Medio puede devolver a la UE al peor equilibrio posible: energía más cara, inflación al alza y crecimiento más débil.

Comisión Europea
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El riesgo ya no se formula en términos abstractos. El comisario europeo de Economía, Valdis Dombrovskis, ha admitido que una desescalada rápida limitaría el daño, pero que un conflicto más largo podría derivar en un “shock estanflacionario” para Europa y para la economía global. La advertencia llega en el peor momento: cuando Bruselas daba por encarrilada la desinflación y confiaba en que el crecimiento de 2026 mejorara tras varios ejercicios de fatiga industrial. Sin embargo, el petróleo vuelve a tensionarse, el gas europeo repunta con fuerza y el estrecho de Ormuz se ha convertido otra vez en el punto exacto donde se decide mucho más que el precio del barril.

El aviso que ya no es retórico

La señal de alarma lanzada desde Bruselas no responde solo a una hipótesis académica. Dombrovskis trasladó en el Eurogrupo que la escalada entre Irán e Israel ya supone un nuevo shock adverso para la economía global, con el petróleo y el gas subiendo por la inquietud sobre los flujos energéticos. En paralelo, una nota de AFP recogía que, en un escenario benigno, si el conflicto queda contenido en un par de semanas, el impacto sería manejable; pero, si se prolonga y mantiene los problemas marítimos y energéticos, el golpe podría transformarse en un episodio de bajo crecimiento con inflación persistente.

Lo más grave es el punto de partida. La Comisión Europea sostenía en su previsión de primavera que la economía comunitaria entraba en 2025 con más fortaleza de la esperada y que la inflación podía converger hacia el objetivo del 2% este año, con un crecimiento de la eurozona del 1,4% en 2026. Ese marco descansaba, sin embargo, en una premisa frágil: que no hubiera una nueva sacudida geopolítica capaz de devolver la energía al centro del problema. Esa premisa ya ha saltado por los aires.

El cuello de botella decisivo

El diagnóstico es inequívoco: el riesgo no reside solo en Irán como productor, sino en el corredor marítimo que puede estrangular una parte crítica del comercio energético mundial. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, por el estrecho de Ormuz transitaron en la primera mitad de 2025 unos 20,9 millones de barriles diarios, el equivalente a alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos, además de cerca de una quinta parte del comercio global de GNL. Ese dato convierte cualquier interrupción en un multiplicador inmediato de precios, seguros, fletes y costes logísticos.

Europa, además, no llega a esta crisis con holgura plena. Euronews ha informado de que el cierre de Ormuz disparó los futuros del gas TTF, referencia europea, hasta 50 euros por megavatio hora, un 60% más desde el inicio de los ataques estadounidenses e israelíes sobre Irán. Este hecho revela una vulnerabilidad estructural: tras haber reducido de forma drástica su dependencia del gas ruso, la UE es hoy más resiliente en diversificación, pero sigue siendo muy sensible a cualquier alteración del GNL catarí y del tráfico marítimo en el Golfo. No es la misma crisis de 2022, pero sí puede ser una crisis con efectos muy parecidos sobre precios y expectativas.

El petróleo no responde como esperaba el mercado

Los precios del crudo han dejado de comportarse como una oscilación táctica y empiezan a descontar un escenario de duración. La IEA reconoció que, entre el comienzo de las hostilidades el 28 de febrero y el 10 de marzo, el Brent subió un 20%, mientras el gas europeo avanzó un 50%. Después, la tensión volvió a escalar: el Brent llegó a tocar 119,50 dólares y, aun tras las intervenciones públicas sobre posibles liberaciones de reservas, seguía moviéndose en una banda extraordinariamente alta para una economía europea que aún no ha recuperado del todo su pulso industrial.

El contraste con otras regiones resulta demoledor. Estados Unidos puede amortiguar parte del impacto por su mayor capacidad de producción y por el peso de su sector energético. Europa no. Aquí el barril caro se filtra con rapidez al transporte, a la industria química, a la agricultura, al turismo y a la factura eléctrica. Y ahí aparece la palabra que Bruselas quería evitar a toda costa: estanflación. No porque la recesión sea hoy inevitable, sino porque una energía persistentemente cara puede bloquear el alivio inflacionario sin ofrecer a cambio una expansión suficiente del PIB. Esa combinación es precisamente la peor para empresas, hogares y bancos centrales.

Reservas para ganar tiempo, no para resolver el problema

La respuesta institucional ya está en marcha, pero su alcance es limitado. La Agencia Internacional de la Energía acordó el 11 de marzo la mayor liberación coordinada de reservas de su historia: 400 millones de barriles de crudo de emergencia. La propia IEA recuerda, además, que sus 32 países miembros están obligados a mantener existencias equivalentes a 90 días de importaciones netas de petróleo. Bruselas y varias capitales europeas han asumido que esas reservas pueden servir para amortiguar la sacudida inicial y frenar episodios de pánico.

Pero el mercado ya está diciendo otra cosa. Las reservas compran tiempo; no reabren rutas, no reparan infraestructuras y no eliminan la prima geopolítica. Euronews señalaba que los países de la IEA cuentan con más de 1.200 millones de barriles públicos y otros 600 millones en stocks industriales bajo obligación gubernamental. Es una red de seguridad poderosa, sí, aunque insuficiente si el estrecho sigue bloqueado o si la producción regional tarda semanas en normalizarse. La experiencia enseña que las reservas alivian la primera fase del shock, pero no sustituyen el flujo regular de suministro. Y cuando el mercado percibe eso, la volatilidad deja de ser episódica y se vuelve estructural.

La trampa europea vuelve a aparecer

Europa creía haber aprendido la lección de 2022: diversificar suministros, reforzar la coordinación y acelerar renovables. En parte lo ha hecho. El comisario de Energía, Dan Jorgensen, defendía hace unos días que el sistema energético europeo está hoy “mejor preparado y mucho más resiliente” gracias a una mayor diversificación y a una coordinación más fuerte. Sin embargo, la realidad es menos cómoda. Ser más resiliente no equivale a ser inmune. La UE sigue siendo una economía muy abierta, muy importadora de energía y extremadamente sensible a perturbaciones externas, justo como admitió Dombrovskis en su intervención ante el Eurogrupo.

Por eso el peligro no se limita a la inflación general. Una nueva escalada energética puede paralizar decisiones de inversión, retrasar bajadas de tipos, deteriorar la confianza del consumidor y volver a castigar a la industria intensiva en energía, especialmente en Alemania, Italia o Europa central. El coste político también sería elevado: cuando el precio del combustible sube y la renta disponible cae, el desgaste no se reparte de manera uniforme. Golpea más a los hogares medios y bajos y reabre debates sobre ayudas, topes, subsidios y disciplina fiscal. En otras palabras, la guerra en Irán amenaza con reactivar todas las fracturas que Europa aún no ha cerrado del todo.

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