Covadonga Torres alerta, "la purga en el Pentágono es un desastre. Rusia va a quedarse con todo el Donbás".

Análisis profundo sobre la purga en el Pentágono y las consecuencias políticas en EEUU, la crisis en Ucrania y la turbulencia en la OTAN y Europa, con expertos internacionales desentrañando el complicado telón de fondo actual.
Imagen del Pentágono con un fondo sombrío, representando la crisis interna en la estructura militar de EEUU<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Covadonga Torres alerta, "la purga en el Pentágono es un desastre. Rusia va a quedarse con todo el Donbás"

Rusia controla ya cerca del 90% del Donbás y la fractura política en Washington amenaza con convertir esa ventaja militar en un hecho consumado. La advertencia de Covadonga Torres no describe solo una crisis burocrática en el Pentágono, sino un problema estratégico de primer orden: cuando el centro de mando estadounidense se desordena, sus adversarios avanzan. La votación del Senado para limitar la acción militar de Donald Trump en Irán, aprobada por 50 votos frente a 48, confirma que la división ya no es táctica, sino institucional.

Purga en Defensa

La salida forzada de mandos, asesores y altos responsables militares ha instalado una sensación de provisionalidad en el Departamento de Defensa. El caso del general Christopher Donahue, jefe del Ejército estadounidense en Europa y figura clave en la coordinación con Ucrania, es especialmente delicado: su retirada anticipada llega cuando la guerra exige continuidad, inteligencia operativa y una cadena de mando sin sobresaltos.

Lo más grave no es solo el relevo de nombres. Es la señal. En plena presión rusa sobre el frente oriental, Washington transmite que su prioridad interna es depurar lealtades, no ordenar una estrategia de largo plazo.

Donbás, el premio ruso

El diagnóstico es inequívoco: Lugansk está prácticamente ocupada y Donetsk queda cada vez más partida entre las defensas ucranianas y el empuje ruso. Diversas estimaciones sitúan el control ruso del Donbás en torno al 88%-89%, frente al 36% que Moscú dominaba al inicio de la invasión a gran escala.

La frase de Covadonga Torres —«Rusia va a quedarse con todo el Donbás»— no es una hipérbole televisiva. Es la lectura de una tendencia militar. Si el apoyo occidental se vuelve intermitente, la capacidad de Ucrania para sostener posiciones fortificadas se reduce y el Kremlin gana tiempo, profundidad y legitimidad de facto.

Washington se divide

La resolución del Senado sobre Irán revela una grieta mayor: parte del Congreso quiere recuperar el control constitucional sobre la guerra, mientras la Casa Blanca defiende una presidencia de mando expansivo. Cuatro republicanos votaron con los demócratas, un gesto inusual en un clima de disciplina partidista extrema.

Este hecho revela que la política exterior estadounidense se ha convertido en rehén de la batalla interna. Irán, Ucrania y la OTAN quedan atrapados en el mismo tablero. La consecuencia es clara: los aliados dudan, los rivales calculan y el Pentágono pierde previsibilidad.

Ucrania paga la factura

Ucrania depende de tres elementos que no puede producir sola a escala suficiente: defensa aérea, munición de precisión e inteligencia occidental. Cuando Estados Unidos pausa, revisa o condiciona esos suministros, el impacto no tarda meses; llega al frente en semanas. En 2025 ya hubo interrupciones y revisiones de ayuda militar que afectaron a sistemas como Patriot, Stinger y munición guiada.

El contraste con Rusia resulta demoledor. Moscú opera con una economía militarizada, acepta costes humanos altísimos y concentra recursos en objetivos territoriales concretos. Ucrania, en cambio, necesita una arquitectura internacional estable. Y esa arquitectura cruje.

Europa mira sin mando

Europa lleva años prometiendo autonomía estratégica, pero sigue dependiendo de Estados Unidos en capacidades críticas: satélites, inteligencia, defensa antimisiles y mando integrado. La inquietud en el flanco oriental de la OTAN refleja precisamente ese vacío: Polonia y los bálticos temen que una crisis real pruebe la solidez de una alianza que funciona en los comunicados, pero no siempre en las decisiones.

El desgaste de liderazgos europeos agrava el problema. Sin una voz clara entre Londres, París, Berlín y Bruselas, el debate entre soberanismo y atlantismo se convierte en parálisis. Rusia no necesita ganar todos los frentes; le basta con que Occidente tarde demasiado en decidir.

 

 

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