La Casa Blanca pierde la paciencia con La Habana por la falta de avances políticos y económicos
Washington se ha encontrado con un régimen que no funciona como un gobierno convencional, sino como un equilibrio de intereses. Los negociadores estadounidenses, según personas familiarizadas con las deliberaciones, intentan abrir grietas entre la familia Castro, el estamento militar, la burocracia del Partido Comunista y descendientes de viejos cuadros revolucionarios. Ese reparto interno explica el atasco: cada concesión reordena rentas, lealtades y control de divisas.
Para la Administración Trump, la falta de progreso ya no es un matiz diplomático: es un coste político. En Florida se mide en titulares; en Washington, en credibilidad. Y el calendario aprieta porque la Casa Blanca ha intensificado la presión con sanciones y un cerco energético que pretende forzar decisiones rápidas. La Habana, en cambio, juega al desgaste: resistir, fragmentar la interlocución y convertir la supervivencia en táctica.
La economía como rehén del combustible
La presión estadounidense ha coincidido con el talón de Aquiles cubano: la energía. En mayo, el Gobierno reconoció que se había quedado sin diésel y fuelóleo, detonando una ola de apagones y protestas. Algunas zonas han sufrido cortes de luz de hasta 22 horas, con impacto directo en hospitales, transporte y cadena de frío. Cuba, además, solo genera aproximadamente el 40% del combustible que necesita, lo que convierte cualquier interrupción externa en colapso interno.
Este hecho revela el mecanismo real de negociación: el embargo “clásico” es lento; el combustible es inmediato. No hace falta ganar una votación en el Partido para sentir el apagón. Por eso Washington insiste en que la presión busca reformas y ofrece ayuda humanitaria —100 millones de dólares, según el State Department—, una oferta que La Habana rechaza o cuestiona. El resultado es una economía que no solo no se abre, sino que se encoge por pura falta de energía.
GAESA, el candado del dinero
Si hay un nombre que sintetiza la resistencia al cambio es el conglomerado militar GAESA. No es una empresa más: es el canal por el que circulan parte de los flujos en divisa —turismo, logística, comercio minorista— y, por tanto, el corazón del poder económico. Por eso Washington la ha puesto explícitamente en el punto de mira con nuevas designaciones y sanciones.
En la práctica, cualquier “apertura” que imagine Estados Unidos tropieza con un problema: abrir la economía significa decidir quién cobra, quién controla y quién pierde. Y en sistemas de escasez, perder no es una palabra neutral. De ahí que los negociadores estadounidenses describan una carrera de obstáculos internos: aunque un ministerio quiera ceder, el aparato que controla caja y seguridad puede bloquear. La consecuencia es clara: sin desactivar el entramado empresarial-militar, la apertura queda en decreto, no en inversión.
Sanciones, tarifas y el intento de “acelerar” la historia
La Administración Trump ha intentado comprimir el tiempo con medidas que atacan el suministro. La Casa Blanca presume de una orden ejecutiva que habilita tarifas a países que faciliten petróleo a Cuba, como parte de un paquete que busca “proteger la seguridad nacional” y forzar reformas. El Departamento de Estado, por su parte, ha ampliado sanciones a figuras y estructuras vinculadas a la represión y al aparato económico.
Pero el endurecimiento tiene un efecto boomerang: si el sistema se siente cercado, tiende a cerrarse más, no a liberalizarse. Y si el cierre se acompaña de apagones y escasez, crecen la economía informal y la migración, mientras la inversión —pública o privada— se vuelve imposible. Para Washington, el dilema es incómodo: la coerción sube la temperatura social, pero no garantiza un cambio de régimen. Para La Habana, la narrativa es útil: presentar el colapso como consecuencia externa, no como fallo estructural.
Cuba no es solo una isla: es un vector de seguridad regional. A medida que la crisis se agrava, aumenta el riesgo de salidas masivas y de tensiones en rutas migratorias hacia EEUU, un capítulo que la Casa Blanca no puede ignorar. La isla tiene alrededor de 10 millones de habitantes y una infraestructura envejecida; cada semana de apagones erosiona servicios básicos y multiplica incentivos para marcharse.
Además, el vacío suele llenarlo otro. Si Washington fuerza un estrangulamiento sin salida, La Habana buscará oxígeno donde lo encuentre: Rusia, intermediarios energéticos, acuerdos opacos. Y eso choca con la estrategia declarada por Trump de reforzar la “dominancia” estadounidense en el Caribe. El contraste es brutal: EEUU quiere que Cuba se abra a su órbita; las sanciones empujan al régimen a atrincherarse y a diversificar apoyos por pura supervivencia.