El Pentágono activa su “Deal Team Six” para romper el dominio chino de las tierras raras
La “Deal Team Six” busca un suministro propio de tierras raras tras el último chantaje de Pekín.
Desde una oficina a pocos bloques de la Casa Blanca, un grupo de exfinancieros se ha colocado en primera línea del plan del Pentágono para romper el “estrangulamiento” chino sobre minerales críticos. El nombre —“Deal Team Six”— no pretende disimular: la misión es cerrar acuerdos con disciplina de mercado y lógica de seguridad nacional. De hecho, el equipo cuelga de la Economic Defense Unit, un invento reciente para “modernizar” la contratación y acelerar producción, con incentivos… y sanciones.
El mensaje interno es aún más duro: «hemos apartado a los burócratas y puesto negociadores del sector privado». La consecuencia es clara: el Pentágono ya no quiere ser solo comprador; quiere ser arquitecto del suministro, desde la roca hasta el imán que termina en un dron.
El precedente de 2025 que obligó a retroceder a Trump
El objetivo explícito es evitar una repetición del año pasado, cuando China restringió exportaciones y forzó a Washington a recalibrar su pulso comercial. Pekín había diseñado la palanca perfecta: controla las reglas, los permisos y, sobre todo, la capacidad industrial. Según AP, China suministra casi el 90% del procesado global pese a minar alrededor del 70%.
En Estados Unidos el golpe fue aún más humillante: en 2024, el 70% de las tierras raras usadas por la economía estadounidense procedió de China. Ese dato convierte cualquier “corte” en un susto macro. Y, cuando el susto se traduce en líneas de producción paradas, la política deja de ser ideología: se vuelve logística.
La cadena que manda: separación e imanes
El gran malentendido occidental fue tratar las tierras raras como un problema de minería. El cuello de botella real está en la separación y el refinado, y en los imanes permanentes (NdFeB) que se usan en todo, de hornos microondas a sistemas de guiado. Time sintetiza el dominio: alrededor de 90% del procesado y más del 90% de la fabricación de imanes en manos chinas.
El propio debate regulatorio lo revela: en 2025 China endureció controles y el impacto se notó en cadenas de valor aliadas, con fábricas obligadas a reducir actividad por falta de imanes. En otras palabras, el riesgo no es un embargo total; es un sistema de licencias que permite a Pekín dosificar el dolor y elegir quién sufre primero.
MP Materials: 400 millones, 15% y un precio suelo
La pieza más tangible de esta estrategia ya tiene nombre y cifras. El Pentágono acordó tomar alrededor de un 15% de MP Materials y convertirse en su mayor accionista, con una inversión de 400 millones de dólares. El plan incluye levantar una planta de imanes de 10.000 toneladas métricas con horizonte de operación en 2028.
El diseño es quirúrgico: un contrato de compra garantizada a 10 años y un precio mínimo de 110 dólares/kg para NdPr, blindando al proveedor frente a la táctica china de inundar mercado y hundir precios. Es capitalismo… con red de seguridad estatal. Y ese giro, en Washington, ya no se discute: se ejecuta.
Estado inversor: la doctrina que se impone
El Pentágono ha asumido que la seguridad industrial exige herramientas que hace una década habrían sonado heréticas: equity, suelos de precio y offtakes obligatorios. La lógica es simple: si China controla el ciclo, Estados Unidos necesita contraciclo. De ahí el enfoque de Deal Team Six: negociar como un fondo, pero con el poder de compra del Estado y con la amenaza creíble de “buscar otro proveedor” si hay retrasos o sobrecostes.
En Axios lo dijeron sin rubor: «la guerra económica forma parte de las naciones exitosas». El riesgo, sin embargo, es evidente: si el Gobierno fija rentabilidad mínima, puede atraer capital… y también generar dependencia de subsidio. El debate ya no es si se debe intervenir, sino cómo evitar que la intervención acabe en captura regulatoria.
El problema de fondo es el tiempo. Construir separación, metalurgia e imanes lleva años; un recorte de exportaciones puede sentirse en semanas. Por eso la respuesta se vuelve geopolítica: alianzas con Australia, Canadá o la UE, y diplomacia para estabilizar licencias mientras se levanta capacidad propia. Europa ya ha respirado con la suspensión temporal de algunos controles chinos, pero el documento del Parlamento Europeo recuerda que esa pausa tiene calendario y no elimina la palanca.
Lo más grave es el efecto espejo: si Washington industrializa su política de minerales, Pekín industrializa su represalia. El resultado probable es una guerra de subsidios con estética de “seguridad nacional” y factura real para empresas y consumidores. En ese nuevo régimen, la rentabilidad de una mina dependerá menos del precio spot y más de quién firme —y garantice— el contrato.