Una empresa fundada tras el 11-S dice que Silicon Valley tiene que "militarizarse" por la "deuda moral" con Occidente

Palantir, EPA/HANNIBAL HANSCHKE
Palantir, EPA/HANNIBAL HANSCHKE

El punto de partida del manifiesto es revelador: “Silicon Valley debe una deuda moral” y su élite ingenieril tiene obligación afirmativa de participar en la defensa. El giro es estratégico: la tecnología deja de justificarse por innovación civil y se redefine por utilidad bélica. No es “colaboración”, es mandato moral.

Ese lenguaje encaja con la trayectoria de la compañía: Palantir fue fundada en 2003 y creció vendiendo software de integración de datos a inteligencia y defensa, convirtiéndose en infraestructura operativa de agencias estatales. La consecuencia es clara: el manifiesto busca legitimar un modelo donde el contratista no es proveedor, sino arquitecto del Estado.

Y aquí aparece el riesgo democrático: una empresa no elegida formula el deber nacional, sugiere prioridades estratégicas y empuja al sistema hacia una fusión de poder corporativo y poder coercitivo.

“El poder duro se construirá sobre software”

Palantir desprecia el “poder blando” y afirma que las sociedades libres solo prevalecerán con poder duro, construido sobre software. Ese es el corazón de su negocio: si la disuasión del siglo XXI es digital, Palantir quiere ser la llave.

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La frase sirve además para degradar el multilateralismo: lo que antes era política exterior pasa a ser “retórica”, y lo que era debate público pasa a ser “teatro”. En ese marco, la compra de sistemas de IA no es una opción presupuestaria: es supervivencia.

Lo más grave es el incentivo: si el enemigo “no debate” y “solo construye”, entonces la deliberación democrática se presenta como debilidad. El manifiesto no propone controles: propone velocidad. Y cuando la velocidad manda, la rendición de cuentas se convierte en estorbo.

Maven: cuando la teoría ya es práctica

El discurso no flota en el aire. Reuters ha revelado que el Pentágono adoptará Maven como sistema central, designándolo “programa de registro”, con financiación y uso a largo plazo. Esto consolida la idea que Palantir vende: la guerra moderna es datos, fusión de sensores y recomendación algorítmica.

En 2025, Maven ya acumulaba más de 1.300 millones de dólares en contratos con el Pentágono, según la misma información. Y en 2026 Palantir presume de demanda pública robusta: el Gobierno de EEUU es uno de sus motores de crecimiento.

La pregunta incómoda es la que el manifiesto no responde: ¿quién asume responsabilidad cuando un sistema automatiza decisiones operativas? Palantir insiste en “humano en el bucle”, pero la presión de la latencia empuja al “humano que valida” lo que la máquina ya decidió.

Inmigración y vigilancia: el Estado también es frontera

El manifiesto habla de deber nacional; la práctica aterriza en fronteras. ICE adjudicó a Palantir un contrato de 30 millones de dólares para “ImmigrationOS”, una plataforma de vigilancia y selección operativa ligada a deportaciones.

En el plano político, esto alimenta el temor a un Estado de datos transversal: lo que nace para inmigración acaba ampliándose por utilidad administrativa. No hace falta conspiración; basta burocracia. Y el manifiesto ayuda a normalizarlo: “seguridad” como valor rector, y “tiranía de las apps” como excusa para desplazar el foco hacia el control.

La consecuencia es clara: si la defensa se define como obligación moral y la seguridad como criterio supremo, la privacidad se convierte en un lujo prescindible.

Alemania y Japón: el punto que delata la ambición

Entre los 22 puntos, uno provocó la mayor alarma: la idea de deshacer la “neutralización de posguerra” de Alemania y Japón, planteando el rearme como necesidad histórica. No es un debate técnico; es ideología dura envuelta en tecnicismo.

De ahí la reacción: medios y académicos lo han calificado de tecnofascismo o “ramblings of a supervillain”, y el documento se ha leído como justificación cultural de una economía de guerra permanente.

El contraste con la narrativa corporativa es demoledor: Palantir no está pidiendo regulación responsable; está pidiendo una civilización rearmada, conducida por ingenieros y contratistas.

El tecnofeudalismo no llega con tanques, llega con contratos

“Las 22 puntos no son filosofía flotando en el espacio”, advertía Eliot Higgins: son la ideología pública de una empresa cuyo ingreso depende de la política que promueve. Ese es el diagnóstico: el poder no se impone solo con coerción; se impone con infraestructura.

Palantir aspira a ser sistema nervioso: defensa, inteligencia, policía, inmigración. Y cuando una empresa se vuelve imprescindible, el control democrático se invierte: el Estado depende del proveedor para ejecutar su propia soberanía.

Lo verdaderamente inquietante del manifiesto no es su tono. Es su timing: se publica cuando su software entra como núcleo del Pentágono y su huella en frontera crece. El documento no predice el futuro; lo ensaya.

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