Estados Unidos dispara misiles más rápido de lo que puede fabricarlos: la factura de la guerra de Trump
Donald Trump insiste en que Estados Unidos dispone de munición de sobra para continuar atacando a Irán. Sin embargo, las propias decisiones de su Administración, los presupuestos extraordinarios solicitados al Congreso y los análisis elaborados por expertos próximos al Pentágono dibujan una situación bastante menos tranquilizadora.
Un reportaje de la BBC ha puesto el foco sobre el enorme consumo de misiles registrado durante la denominada Operación Furia Épica y sobre el posible papel que desempeñó la reducción de los arsenales en la decisión de frenar una nueva escalada militar.
El análisis ha sido presentado en redes como la demostración de que Trump ha perdido la guerra y de que Estados Unidos está prácticamente desarmado. La realidad es más matizada, pero no por ello menos preocupante: Washington todavía puede continuar combatiendo contra Irán, aunque ha gastado una parte muy importante de las armas que necesitaría ante una crisis mucho mayor en el Pacífico. El vídeo facilitado por el usuario interpreta los datos como un fracaso estratégico total y destaca la enorme diferencia entre el ritmo de consumo y el tiempo necesario para fabricar nuevos misiles.
Más de 13.000 objetivos atacados en apenas 39 días
Antes del primer alto el fuego, las fuerzas estadounidenses mantuvieron una campaña aérea y de misiles durante 39 días.
La Casa Blanca asegura que Estados Unidos realizó más de 10.200 salidas aéreas, atacó más de 13.000 objetivos e interceptó más de 1.000 drones y 700 misiles balísticos iraníes. La Administración Trump presenta estas cifras como una demostración de superioridad militar y sostiene que la campaña debilitó gravemente las capacidades de Teherán.
El problema es que semejante intensidad obligó a utilizar grandes cantidades de armamento avanzado, caro y extremadamente lento de fabricar.
El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington, conocido como CSIS, estima que Estados Unidos pudo consumir más de la mitad de las existencias anteriores a la guerra en cuatro de los siete tipos de munición analizados.
Más de 1.000 misiles Tomahawk disparados
Uno de los sistemas más utilizados fue el Tomahawk, un misil de crucero de largo alcance que puede lanzarse desde barcos y submarinos contra objetivos situados a más de 1.600 kilómetros.
Según las estimaciones recopiladas por el CSIS, Estados Unidos disparó más de 850 Tomahawk durante las primeras cuatro semanas de la campaña. El total habría superado posteriormente las 1.000 unidades antes del alto el fuego.
Cada uno de estos misiles cuesta aproximadamente 3,6 millones de dólares, según los documentos presupuestarios más recientes utilizados por el centro de estudios. Solo los Tomahawk empleados representarían, por tanto, varios miles de millones de dólares.
El gasto resulta todavía más llamativo al compararlo con el ritmo de producción. Durante los últimos diez ejercicios fiscales, Estados Unidos adquirió una media de apenas 86 Tomahawk al año. Aunque el fabricante pretende elevar enormemente su capacidad industrial, los misiles solicitados ahora no comenzarían a llegar a los arsenales hasta 2030, debido a unos plazos de producción próximos a los tres años.
Estados Unidos no ha gastado todos sus Tomahawk, pero ha utilizado en pocas semanas el equivalente a muchos años de entregas normales.
Los Patriot han quedado por debajo de las 1.000 unidades
El problema más delicado puede encontrarse en los sistemas defensivos.
Los misiles Patriot se emplean para interceptar aviones, misiles de crucero y, especialmente, misiles balísticos. También son reclamados por Ucrania, los países del Golfo y diferentes aliados estadounidenses.
El CSIS calcula que Estados Unidos utilizó una parte muy importante de sus existencias durante la primera fase de la guerra. Tras la reanudación de los combates, sus reservas habrían caído por debajo de los 1.000 interceptores, frente a las aproximadamente 2.000 unidades estimadas al comienzo del conflicto.
Cada interceptor avanzado puede costar varios millones de dólares. Esto genera una ecuación especialmente desfavorable cuando se utiliza para derribar drones iraníes mucho más baratos.
No siempre existe una alternativa: permitir que un aparato de decenas de miles de dólares alcance una base, un depósito de combustible o una instalación militar podría ocasionar daños muy superiores. Sin embargo, gastar repetidamente misiles de varios millones para destruir amenazas económicas resulta insostenible durante una guerra prolongada.
El THAAD se encuentra en una situación todavía más comprometida
El THAAD es uno de los sistemas estadounidenses más sofisticados para interceptar misiles balísticos a gran altitud.
Antes de la guerra, Estados Unidos ya disponía de un inventario limitado. El CSIS estimó que se utilizaron entre 190 y 290 interceptores durante la primera fase del conflicto, sobre una reserva previa calculada en varios centenares.
Tras la reanudación de los ataques, el centro sitúa las existencias estadounidenses en torno a las 250 unidades. Además, no existen sustitutos capaces de realizar exactamente la misma misión y algunas entregas no se reanudarán hasta 2027.
La reposición de los Tomahawk, Patriot y THAAD tardará al menos tres años con las entregas actualmente programadas. Alcanzar un arsenal suficientemente grande para una posible guerra contra China requeriría todavía más tiempo.
¿Trump detuvo los ataques porque se estaba quedando sin armas?
La Administración estadounidense sostiene que la pausa busca abrir espacio a las negociaciones con Irán.
No obstante, diferentes informaciones indican que la preocupación por las reservas defensivas influyó en la decisión de no iniciar inmediatamente una campaña más intensa. El presidente habría recibido advertencias sobre el efecto que una nueva escalada tendría sobre las existencias de Patriot y otros interceptores.
Trump niega públicamente que exista un problema y afirma que Estados Unidos posee más municiones de las que necesita.
Ambas afirmaciones pueden contener una parte de verdad. Estados Unidos no está literalmente a punto de quedarse sin armas y dispone de suficientes medios para mantener operaciones contra Irán bajo escenarios plausibles. Pero continuar consumiéndolas al mismo ritmo reduciría peligrosamente su capacidad para responder a una segunda crisis.
Por tanto, la pregunta no es únicamente si Washington puede disparar mañana. La cuestión es qué ocurriría si dentro de unos meses necesitara defender simultáneamente Oriente Medio, Ucrania, sus aliados asiáticos y el Pacífico occidental.
La verdadera amenaza está en China
El gran temor del Pentágono no es que Irán consiga derrotar militarmente a Estados Unidos, sino que la campaña deje al país peor preparado frente a China.
Los Tomahawk, Patriot, THAAD, SM-3, SM-6 y JASSM también serían esenciales en una guerra alrededor de Taiwán. Estados Unidos necesitaría una enorme cantidad de misiles de largo alcance para atacar barcos, aeródromos, defensas aéreas y plataformas de lanzamiento chinas.
El CSIS advierte de que los arsenales estadounidenses ya se consideraban insuficientes para una guerra prolongada contra una potencia equivalente antes de comenzar el conflicto iraní. El desgaste experimentado durante 2026 ha ampliado ese déficit.
Pekín, mientras tanto, no ha necesitado gastar sus reservas y puede estudiar cómo funcionan los sistemas defensivos estadounidenses frente a oleadas de drones y misiles.
Esto no significa que China tenga vía libre para atacar Taiwán ni que Estados Unidos haya perdido su capacidad de disuasión. Sí significa que se ha abierto una ventana de vulnerabilidad durante los años necesarios para reconstruir las existencias.
Una guerra estimada en unos 40.000 millones de dólares
El coste económico también resulta extraordinario.
El CSIS estima que la primera gran fase de la guerra pudo costar entre 34.000 y 42.000 millones de dólares, incluyendo municiones, despliegues, operaciones, daños sufridos en bases, pérdidas materiales y combustible. Su cálculo central ronda los 40.000 millones.
Durante los primeros seis días, el Departamento de Defensa habría comunicado al Congreso un coste de 11.300 millones de dólares. Al llegar al duodécimo día, el CSIS lo elevaba ya hasta unos 16.500 millones.
La campaña fue reduciendo posteriormente su coste diario porque las fuerzas estadounidenses comenzaron a utilizar bombas y municiones de menor alcance y precio, una vez debilitadas las defensas aéreas iraníes.
Aun así, el Gobierno ha solicitado decenas de miles de millones adicionales para reponer armamento y reforzar la industria militar. El presupuesto estadounidense de 2027 refleja claramente que el propio Pentágono considera urgente reconstruir sus inventarios.
El informe no dice que Estados Unidos haya perdido la guerra
Conviene no manipular los datos en sentido contrario.
El análisis del CSIS no sostiene que Estados Unidos se haya quedado sin misiles ni que sea incapaz de continuar atacando a Irán. Su conclusión expresa es que conserva suficiente munición para cualquier escenario plausible dentro de esta guerra.
También señala que las fuerzas estadounidenses han logrado reducir considerablemente la capacidad iraní y que Teherán dispone de menos recursos para reponer sus propias pérdidas.
Por eso, afirmar que la BBC ha demostrado que Trump está militarmente derrotado sería exagerar el contenido real del reportaje.
Lo que sí han demostrado los datos es algo suficientemente grave: Estados Unidos puede ganar muchos combates y, al mismo tiempo, deteriorar su posición estratégica global.
La industria militar no puede funcionar como una impresora
Trump ha ordenado a los fabricantes producir más armas y hacerlo con mayor rapidez. Pero elevar un presupuesto no crea inmediatamente una fábrica, una cadena de proveedores ni miles de técnicos especializados.
Un misil moderno utiliza motores, sensores, explosivos, microelectrónica y materiales suministrados por numerosas empresas. Ampliar la producción requiere nuevas instalaciones, contratos de larga duración y garantías de que los pedidos continuarán durante años.
Los misiles que se entregan hoy fueron financiados mucho antes de comenzar la guerra. Los encargados tras el conflicto no aparecerán en los arsenales hasta dentro de varios ejercicios presupuestarios.
Ahí se encuentra la contradicción que Trump intenta minimizar: Estados Unidos mantiene una capacidad militar gigantesca, pero ni siquiera la mayor potencia del mundo posee un suministro ilimitado de armas complejas.
La guerra contra Irán no ha dejado desarmado al país. Pero ha revelado que Washington dispara determinadas municiones mucho más rápido de lo que puede reemplazarlas y que su modelo industrial no estaba preparado para sostener simultáneamente varios conflictos de alta intensidad.
Trump puede continuar prometiendo una nueva demostración de fuerza. El problema es que cada misil utilizado hoy contra Irán es un misil que no estará disponible mañana frente a China, en Ucrania o para proteger a otro aliado.
Ese es el verdadero golpe estratégico: no quedarse sin armas para esta guerra, sino descubrir que ganarla podría dejar a Estados Unidos peor preparado para la siguiente.