EEUU admite que va a por el petróleo venezolano: la operación que redibuja el tablero

La analista geopolítica Covadonga Torres analiza la reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela y la detención de Nicolás Maduro, destacando las motivaciones estratégicas basadas en recursos energéticos, la negociación entre potencias y las implicaciones políticas y judiciales que se avecinan.

Imagen real del vídeo de Negocios TV que aborda la intervención estadounidense en Venezuela y las declaraciones de Covadonga Torres.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Imagen real del vídeo de Negocios TV que aborda la intervención estadounidense en Venezuela y las declaraciones de Covadonga Torres.

La reciente operación estadounidense en Venezuela ha terminado de romper cualquier ilusión de ambigüedad.
Con Nicolás Maduro detenido y trasladado a Estados Unidos, una figura de transición como Delcy Rodríguez en el radar y una Casa Blanca que ya no disimula que “va a por el petróleo”, la crisis entra en una fase en la que la fuerza, los acuerdos en la sombra y el control de recursos marcan el compás.

Para la analista geopolítica Covadonga Torres, no hay rodeos posibles: “Desde el principio dijeron exactamente a qué venían”.
En paralelo, el secretario de Estado Marco Rubio capitaliza el movimiento hacia dentro, pensando ya en la batalla por la nominación republicana de 2028 y en el voto hispano. Al fondo, Rusia guarda un silencio demasiado elocuente, Europa y la ONU se convierten en comentaristas sin poder real, y el tablero se expande a Groenlandia como elemento de presión y distracción.

El petróleo en el centro del guion

Covadonga Torres lo formula sin eufemismos: “Venimos a por el petróleo de Venezuela”. La frase, atribuida a la narrativa directa de Washington, rompe con décadas de retórica edulcorada sobre “liberación de pueblos” y “valores democráticos”.

Venezuela alberga una de las mayores reservas probadas de crudo del mundo, en torno al 18 % del total estimado, pero lleva años produciendo apenas algo más de un millón de barriles diarios, muy lejos de los más de 3 millones de su época de bonanza. El deterioro de infraestructuras, la corrupción y las sanciones han convertido ese potencial en un gigantesco activo ocioso.

La operación que acaba con Maduro en una celda de Nueva York no puede entenderse sin ese contexto. Estados Unidos busca, a la vez, tres objetivos:

  • Asegurarse volúmenes adicionales de crudo en un mundo donde la transición energética avanza, pero no lo suficiente.

  • Reducir el margen de maniobra de China y Rusia, que habían ganado presencia en el sector energético venezolano.

  • Y enviar el mensaje de que ningún “narco-régimen” está a salvo si controla recursos críticos y desafía abiertamente a Washington.

En palabras de Torres, “la lucha contra la narcodictadura es el envoltorio; el contenido es una operación de reapropiación de recursos estratégicos, sin tapujos”.

Inteligencia, precisión y la nueva forma de intervenir

La rapidez de la operación, el uso de tecnología de vigilancia y drones y la coordinación entre fuerzas especiales y servicios de inteligencia recuerdan, como señala Torres, a tácticas empleadas en escenarios como Irán o Siria.

Ya no se trata de grandes invasiones con decenas de miles de soldados, sino de operaciones quirúrgicas, apoyadas en inteligencia de señales, ciberataques selectivos y control del espacio aéreo, capaces de neutralizar a un líder en cuestión de horas.

Este hecho revela un cambio de paradigma:

  • Menos coste político interno en Estados Unidos, porque se evita el trauma de una guerra larga.

  • Menos exposición militar directa, sustituida por alianzas locales, contratistas y presión diplomática.

  • Y mayor opacidad sobre los acuerdos posteriores, que quedan en manos de negociaciones discretas sobre licencias, concesiones y marcos regulatorios para las grandes petroleras.

La intervención deja sobre la mesa una pregunta incómoda: si esta fórmula funciona en un país con las reservas de Venezuela, qué impediría a Washington replicarla en otros escenarios donde confluyan crimen organizado, recursos estratégicos y regímenes considerados hostiles?

Rusia en silencio: cuando el pacto pesa más que el discurso

Uno de los elementos más llamativos del episodio es la reacción casi inexistente de Moscú. Más allá de comunicados protocolarios, no ha habido un gesto de confrontación directa comparable a otras crisis.

Para Covadonga Torres, la explicación no está en la resignación, sino en los acuerdos: “Cuando una potencia que ha invertido capital político y económico en un régimen apenas protesta, suele ser porque ya ha pactado los límites de la operación”.

En otras palabras, es razonable pensar en entendimientos tácitos:

  • Washington delimita el alcance de su intervención para no cruzar ciertas líneas rojas de Moscú.

  • Rusia acepta pérdidas parciales a cambio de preservar intereses prioritarios en otros frentes —desde Europa del Este hasta Oriente Medio—.

  • Y ambas partes evitan un choque directo que pueda desestabilizar mercados energéticos y financieros en un momento delicado.

La consecuencia es clara: los países intermediarios descubren que su soberanía efectiva se negocia lejos de sus fronteras, en mesas donde se reparten riesgos y beneficios. Venezuela no es solo un caso aislado; es un recordatorio de cómo funcionan las grandes potencias cuando deciden que un territorio es demasiado estratégico para dejarlo al azar.

@DRodriguez_en en X
@DRodriguez_en en X

Delcy Rodríguez: transición controlada frente a guerra civil

En medio de este terremoto, Covadonga Torres señala a Delcy Rodríguez como la figura más lógica para encabezar un gobierno de transición. No es una apuesta ideológica, sino un cálculo frío.

En un país con milicias armadas, facciones dentro del aparato militar y más de 7 millones de venezolanos en el exilio, la prioridad de quienes deciden —en Caracas y fuera de ella— no es la pureza democrática, sino evitar una guerra civil prolongada.

La elección de Delcy como figura de continuidad controlada ofrece varias ventajas al sistema:

  • Envía una señal de estabilidad a las élites económicas y militares que temen represalias.

  • Facilita un diálogo pragmático con Washington, que puede negociar condiciones sin dinamitar por completo la estructura del Estado.

  • Y reduce el riesgo de un vacío de poder que desate enfrentamientos entre facciones, algo que podría costar decenas de miles de vidas y desbordar aún más la región.

Por otro lado, la diáspora venezolana —más del 20 % de la población— no podrá participar de forma plena y rápida en ningún proceso electoral, lo que convierte cualquier transición en un ejercicio necesariamente imperfecto. Torres lo resume así: “Habrá elecciones, pero no serán la foto ideal de manual; serán un mecanismo para gestionar la crisis, no para resolver todas las injusticias del pasado”.

Marco Rubio: geopolítica externa, cálculo electoral interno

La operación venezolana tiene una lectura internacional obvia, pero también una capa doméstica muy nítida. El secretario de Estado, Marco Rubio, juega aquí una doble partida: consolidar la influencia de Estados Unidos en el continente y reforzar su capital político de cara a un posible salto presidencial en 2028.

La jugada es transparente:

  • Presentarse ante la comunidad cubana y venezolana en EEUU —especialmente en Florida— como el dirigente que por fin “derrocó a la narcodictadura”.

  • Transformar la intervención en un relato de defensa de la libertad y la dignidad hispana, con Maduro como villano ejemplar.

  • Y utilizar los millones de votos de origen latinoamericano como trampolín dentro del Partido Republicano, donde la batalla interna será feroz.

En este sentido, el dossier Venezuela vale tanto en términos de política exterior como de marketing electoral. Si la operación se percibe como exitosa y el juicio a Maduro como justo y contundente, Rubio habrá ganado una narrativa difícil de igualar por otros aspirantes republicanos, incluidos gobernadores y senadores con menos conexión directa con el voto hispano.

El juicio a Maduro: escarmiento, símbolo y red de intereses

Covadonga Torres lo tiene claro: no habrá indulto para Nicolás Maduro. El cálculo de Washington va mucho más allá del caso individual. Una condena larga y dura —hablar de penas que podrían superar las tres décadas no es descabellado— serviría como mensaje ejemplarizante en varios niveles:

  • Para la sociedad hispana en EEUU, que vería traducido en sentencia el rechazo al chavismo.

  • Para otros dirigentes de la región que coquetean con redes criminales y autoritarismo, y que ahora saben que el riesgo no es solo perder el poder, sino acabar ante un tribunal extranjero.

  • Y para las redes financieras y logísticas que han facilitado operaciones de narcotráfico y lavado de dinero, algunas con ramificaciones en Europa y otras partes de América Latina.

Torres advierte de que la investigación podría ramificarse en varias direcciones: estructuras empresariales, sistemas bancarios opacos y nodulos de blanqueo en países que, hasta ahora, se habían mantenido en un cómodo segundo plano. “Venezuela puede ser el principio de un mapa de responsabilidades mucho más amplio de lo que se reconoce hoy públicamente”, apunta.

Bruselas
Bruselas

Europa y la ONU: irrelevancia creciente en un mundo de hechos consumados

La crisis venezolana ha vuelto a poner en evidencia la pérdida de peso efectivo de la Unión Europea y de Naciones Unidas. Mientras Washington ejecutaba una operación relámpago, Bruselas emitía comunicados de preocupación y Ginebra apelaba al respeto al Derecho Internacional. El resultado es conocido: los hechos consumados llegaron antes que los comunicados.

Este desequilibrio tiene consecuencias claras:

  • La capacidad de Europa para marcar la agenda en América Latina se reduce, dejando a sus empresas expuestas a decisiones tomadas en Washington y Caracas sin su participación real.

  • La ONU se ve otra vez atrapada entre resoluciones simbólicas y una arquitectura de poder que opera fuera de sus marcos.

  • Y el mensaje a terceros países es devastador: cuando los intereses estratégicos de una gran potencia entran en juego, los foros multilaterales valen lo que valen las correlaciones de fuerza, no los discursos.

Torres no duda en calificar esta dinámica como “irrelevancia estructural”: no es que Europa y la ONU no hablen; es que nadie ajusta sus decisiones clave en función de lo que digan.

Groenlandia, distracción y presión: el estilo Trump en estado puro

Las recientes alusiones de Donald Trump a Groenlandia, lejos de ser una excentricidad aislada, encajan —según Torres— en su estilo clásico de negociación: lanzar globos sonda estridentes para despistar, presionar y desplazar el foco mediático.

Mientras el mundo se pregunta si es serio o no al hablar de bases, compras o movimientos militares en el Ártico, la maquinaria real se centra en otros frentes: Venezuela hoy, quizá otros territorios estratégicos mañana.

El contraste es revelador:

  • Por un lado, gestos grandilocuentes que acaparan titulares y agotan la atención pública.

  • Por otro, acuerdos discretos sobre zonas clave del planeta, desde rutas energéticas hasta corredores de materias primas críticas.

En esa coreografía, muchas de las piezas fundamentales no están a la vista, pero sus movimientos inciden directamente en el futuro de países enteros. Venezuela es, por ahora, el ejemplo más visible de una forma de hacer política exterior donde la fuerza, el petróleo, la justicia penal y el cálculo electoral se entrelazan sin pudor.

La cuestión de fondo, como concluye Covadonga Torres, es si la región y sus socios serán capaces de construir respuestas propias, o si aceptarán un tablero definido por otros, donde sus márgenes de decisión se estrechan a cada nueva operación “quirúrgica”.

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