Hegseth: Irán comete un “gran error” al atacar a sus vecinos

El secretario de Defensa de Estados Unidos eleva el tono y presenta los bombardeos iraníes a países del Golfo como una torpeza estratégica que legitima una guerra cada vez más regional y más cara para la economía global
EPA/CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH
EPA/CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH

El secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, ha vuelto a elegir el lenguaje de la barra de bar para explicar una guerra de consecuencias históricas. Según adelantó este martes, el régimen iraní ha cometido “un gran error” al extender sus ataques más allá de Israel y bases de Estados Unidos para golpear también a países vecinos. La frase llega tras varios días de drones y misiles sobre Kuwait, Bahréin o Emiratos, que han causado decenas de muertos y daños en infraestructuras energéticas clave.

Lo que Hegseth presenta como un fallo enemigo es, en realidad, una pieza más de la lucha por el relato. Washington e Israel tratan de convertir a Irán en agresor de toda la región, no solo en rival directo, mientras el cierre de facto del estrecho de Ormuz bloquea alrededor del 20 % del petróleo mundial y dispara el riesgo de recesión. La consecuencia es clara: cada misil que cruza la frontera iraní dibuja una guerra menos “quirúrgica” y más difícil de contener.

La advertencia más dura del jefe del Pentágono

El comentario de Hegseth llega en una escalada de declaraciones cada vez más abrasivas. En las últimas semanas, el secretario de Defensa ha repetido que Estados Unidos está “aplastando al enemigo”, que la campaña sobre Irán continuará “hasta la victoria completa” y que sería un “mal cálculo” pensar que Washington no puede sostener la guerra. Ahora añade un nuevo eslogan: Irán habría cruzado una línea roja al atacar a terceros países.

Los datos de la propia Administración apuntan a una campaña sin precedentes: el Pentágono habla de más de 5.000 objetivos iraníes golpeados, mientras fuentes israelíes elevan a 3.000 el número de ataques aéreos en poco más de una semana. Al otro lado, Teherán ha respondido con salvas de misiles y drones no solo contra Israel y bases estadounidenses, sino también contra infraestructuras en el Golfo, desde refinerías hasta terminales de gas natural licuado.

En ese contexto, el “gran error” que denuncia Hegseth no es sólo moral, sino estratégico: al golpear a sus vecinos, Irán amplía el círculo de víctimas y de potenciales aliados de Washington. Y permite a la Casa Blanca presentar su ofensiva no como un ajuste de cuentas bilateral, sino como respuesta a un agresor regional.

Irán abre demasiados frentes en un vecindario en llamas

Desde el primer bombardeo conjunto de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní, Teherán ha intentado demostrar que aún conserva capacidad de respuesta. Sus misiles han impactado en Israel, en bases estadounidenses de Kuwait y Bahréin y en instalaciones energéticas en Qatar, Emiratos o Arabia Saudí, según recuentos de organismos independientes.

En términos militares, la estrategia busca tres objetivos:

  • Disuadir nuevos ataques mostrando que ningún aliado de Washington está a salvo.

  • Encarecer el coste de la guerra para todos, elevando la prima de riesgo político en la región.

  • Probar que Irán sigue teniendo capacidad de dañar el flujo de petróleo y gas aunque sus defensas aéreas estén gravemente degradadas.

Pero el precio es altísimo. Los bombardeos cruzados han dejado más de 1.000 muertos solo en Irán, según cifras difundidas por medios estatales y citadas por organismos internacionales, y varios centenares en Líbano, Israel y los países del Golfo. Los ataques sobre ciudades como Bahréin o Kuwait —donde algunas víctimas son trabajadores migrantes asiáticos sin ninguna relación con el conflicto— han provocado condenas globales y alimentan el argumento de Hegseth: Irán no solo se defiende, también castiga a inocentes fuera de sus fronteras.

El derecho internacional y el castigo a terceros países

En el plano jurídico, la decisión de Teherán de extender sus ataques a países vecinos complica todavía más su posición. No se trata de objetivos puntuales sobre bases estadounidenses, sino de infraestructuras civiles y energéticas en estados que, aun colaborando con Washington, no habían participado directamente en el bombardeo inicial sobre Irán.

Centros de análisis como Chatham House o varias cancillerías europeas han subrayado que, si el ataque estadounidense-israelí presenta ya dudas de legalidad —por falta de mandato del Consejo de Seguridad y por el alcance de los objetivos—, la represalia iraní contra terceros países abre un frente claramente contrario al derecho internacional.

“Atacar a estados vecinos que no forman parte directa del conflicto no puede justificarse como legítima defensa”, resumen diplomáticos consultados en Bruselas. Esa percepción explica por qué gobiernos que habían criticado duramente la ofensiva inicial de Washington y Tel Aviv han pasado ahora a condenar también a Irán por sus bombardeos regionales.

Hegseth aprovecha ese giro: cada misil iraní que cae en un país del Golfo facilita a Estados Unidos construir una coalición política y jurídica más amplia para sostener una guerra que, por lo demás, genera creciente rechazo en la opinión pública occidental.

La estrategia de Washington: más legitimidad, más riesgo

El mensaje del secretario de Defensa encaja con la línea argumental de la Casa Blanca. Trump y su equipo presentan “Operación Epic Fury” como respuesta a décadas de ataques iraníes por vía de milicias y proxies, y ahora suman a la lista los bombardeos sobre vecinos del Golfo.

En esa narrativa, Irán habría cometido un error de cálculo doble:

  1. Subestimar la capacidad militar estadounidense e israelí, que han destruido buena parte de sus defensas aéreas y de mando.

  2. Sobreestimar la paciencia de los estados del Golfo, dependientes del comercio y de la estabilidad de sus infraestructuras energéticas.

Para Hegseth, atacar a vecinos es la forma más rápida de convertir la guerra en una causa regional contra Irán. Sin embargo, el diagnóstico tiene trampa: cuanto más se amplía el mapa de países golpeados, más difícil es controlar la escalada. Turquía despliega misiles, Pakistán escolta petroleros, Rusia ofrece inteligencia a Teherán y China multiplica sus advertencias sobre el precio del petróleo.

La consecuencia es un escenario en el que Washington puede sentirse más legitimado, pero también más atrapado en una guerra que amenaza con ramificarse hacia otros conflictos latentes.

El coste de la guerra: muertos, refugiados y petróleo caro

Mientras se cruzan advertencias, la factura humana y económica se dispara. Organismos internacionales estiman que, solo en Irán, los ataques estadounidenses e israelíes han causado más de 1.200 muertos y destruido escuelas, hospitales y centros logísticos. En Líbano, los nuevos bombardeos han desplazado a centenares de miles de personas, muchas de ellas menores.

En el terreno económico, la pieza clave es el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 % del petróleo y del gas natural licuado del mundo, unos 15-20 millones de barriles diarios en condiciones normales. Los ataques iraníes a instalaciones en Qatar, Arabia Saudí o Emiratos, sumados a las amenazas de bloquear el paso, han reducido el tráfico hasta una fracción de lo habitual y forzado la parada o el recorte de producción en terminales como Ras Laffan, Ras Tanura o Fujairah.

El resultado se ve en las pantallas: el Brent ha llegado a rozar los 100-120 dólares por barril en las últimas jornadas, y los futuros de gas europeo se han disparado más de un 30 %. Saudí Aramco habla abiertamente de “consecuencias catastróficas” si la guerra se prolonga. En ese contexto, el “gran error” de Irán no se mide solo en términos militares, sino en la cantidad de PIB mundial que se arriesga en cada misil lanzado sobre un puerto o una refinería.

Europa entre la condena y el miedo al efecto dominó

Desde Bruselas, el discurso ha ido evolucionando a golpe de comunicado. Primero, la UE cuestionó la legalidad y la prudencia del ataque inicial de Estados Unidos e Israel sobre Irán. Después, a medida que Teherán dirigía misiles contra países del Golfo, varias capitales pasaron a condenar también esos bombardeos y a reclamar contención a “todas las partes”.

Países como España, que ya habían rechazado ceder bases a Estados Unidos y han sido amenazados con represalias comerciales por la Casa Blanca, se encuentran ahora en una posición incómoda: denuncian tanto la ofensiva inicial como la deriva iraní hacia ataques indiscriminados en la región. Francia, por su parte, ha advertido del riesgo de que la guerra en Irán fracture la coalición occidental si Washington sigue utilizando el comercio como herramienta de presión sobre aliados díscolos.

Para Europa, el miedo es doble. Por un lado, otro shock energético, en un continente que apenas había empezado a digerir la factura del gas ruso. Por otro, el riesgo de que la coerción económica se convierta en una herramienta normalizada entre aliados, como se ha visto en las amenazas de Trump a España. En ambos casos, el “gran error” de Irán sirve al Pentágono como argumento, pero no resuelve el dilema europeo: cómo proteger su economía sin quedar atrapada en una escalada que no controla.

Qué puede pasar ahora tras el “gran error”

La frase de Hegseth pretende dibujar un tablero simple —Irán se equivoca, Estados Unidos corrige ese error con fuerza—, pero el horizonte es mucho más incierto. A corto y medio plazo, se abren al menos tres escenarios:

  1. Contención forzada. Bajo presión de socios del Golfo y grandes potencias como China, Irán limita sus ataques a objetivos estrictamente militares y reduce los golpes sobre terceros países. A cambio, Washington y Tel Aviv moderan el ritmo de la campaña aérea. El “gran error” quedaría como advertencia y no como puerta a una guerra regional descontrolada.

  2. Guerra regional de desgaste. Teherán mantiene su estrategia de castigar a vecinos, Estados Unidos responde con más ataques a infraestructuras y el cierre intermitente de Ormuz se cronifica. En ese mundo, el comentario de Hegseth sería el preludio de una larga guerra de atrición con efectos inflacionistas duraderos y un mapa político cada vez más fragmentado en Oriente Medio.

  3. Escalada fuera de control. Si los ataques iraníes sobre vecinos causan una matanza mayor o si un misil impacta en un buque occidental con gran número de víctimas, la presión para una respuesta “ejemplar” se dispararía. La posibilidad de operaciones como la toma de Kharg Island, principal terminal de exportación iraní, ya se discute abiertamente en Washington. En ese punto, el “gran error” que hoy Hegseth atribuye a Irán podría quedar empequeñecido frente a otros errores de cálculo de los que nadie saldría indemne.

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