Irán golpea la refinería de Haifa con misiles Khyber-Shakan

Teherán presenta el ataque como respuesta a los bombardeos israelíes sobre depósitos de crudo en la capital iraní y eleva el riesgo de un choque energético regional.

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EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

La guerra entre Irán e Israel se ha desplazado de lleno al corazón de las infraestructuras energéticas. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC, por sus siglas en inglés) aseguró este sábado que sus fuerzas han atacado con misiles la refinería de Haifa, el principal complejo de refino de Israel, en “respuesta directa” a los bombardeos israelíes contra instalaciones petroleras en Teherán y en la vecina provincia de Alborz.

Según la versión iraní, el ataque se ejecutó con misiles balísticos Khyber-Shakan, uno de los sistemas más avanzados de su arsenal, y se dirige explícitamente contra una infraestructura civil y estratégica. Horas antes, medios oficiales de Teherán habían informado de impactos israelíes sobre al menos tres depósitos de crudo y unidades de refino en la capital, con incendios visibles desde varios puntos de la ciudad. La consecuencia es clara: el conflicto abandona el terreno exclusivamente militar y entra de lleno en la batalla por el suministro de energía en Oriente Medio.

Un ataque directo contra el corazón energético de Israel

El comunicado del IRGC es inequívoco: el ataque contra la refinería de Haifa se presenta como una represalia “proporcional” a los bombardeos israelíes sobre infraestructuras petroleras iraníes. No se trata de un objetivo elegido al azar. Haifa alberga el mayor complejo de refino del país, operado por el grupo Bazan, que concentra buena parte del combustible para transporte, industria y aviación, así como materias primas para plásticos y otros derivados.

Las cifras dan la medida del golpe: la refinería de Haifa tiene una capacidad de procesamiento cercana a los 200.000 barriles diarios, lo que supone alrededor de dos tercios de la capacidad de refino de Israel. Desde este polo industrial salen gasolinas, gasóleos y queroseno que abastecen no solo al mercado interno, sino también a clientes de la cuenca mediterránea. Cualquier interrupción prolongada obliga a Israel a incrementar importaciones de productos terminados, elevar costes logísticos y asumir tensiones adicionales en un entorno de guerra abierta.

Lo más grave, sin embargo, es el mensaje que se envía a los mercados y a los aliados occidentales: las infraestructuras críticas israelíes están dentro del radio de acción de los misiles iraníes. Incluso si los daños materiales son limitados o parcialmente neutralizados por los sistemas de defensa, la percepción de vulnerabilidad se instala en un sector particularmente sensible a la incertidumbre.

La respuesta a los bombardeos sobre depósitos de crudo en Teherán

El ataque a Haifa llega pocas horas después de una operación israelí sobre territorio iraní que marca un salto cualitativo en la escalada. Por primera vez en esta fase del conflicto, Teherán admite abiertamente que depósitos de crudo y unidades de refino en la capital y su cinturón industrial han sido alcanzados por misiles o drones enemigos. Las imágenes difundidas por medios locales muestran columnas de humo saliendo de al menos tres instalaciones en la provincia de Teherán y la vecina Alborz.

Fuentes próximas a la compañía estatal iraní de refino hablan de daños en tanques de almacenamiento y tuberías, con incendios que han exigido la movilización de decenas de dotaciones de bomberos. Aunque las autoridades insisten en que el suministro interno no se ha visto gravemente afectado, reconocen afectaciones parciales en la operativa y admiten “pérdidas económicas relevantes”. En paralelo, el mensaje político es claro: Israel ya no se limita a objetivos militares o logísticos, sino que busca golpear la capacidad de Irán para producir y exportar derivados del petróleo.

Este intercambio dibuja un patrón preocupante: la energía —y en particular las refinerías— se convierte en objetivo legítimo para ambas partes. Lo que hasta hace poco era una línea roja tácita, por el riesgo de desestabilizar los mercados globales, se diluye ahora en una lógica de represalia cruzada donde cada impacto abre la puerta a una respuesta mayor.

Qué es la refinería de Haifa y por qué importa

Más allá del pulso militar, la refinería de Haifa es desde hace décadas el epicentro del complejo energético e industrial israelí. El grupo Bazan integra refino, petroquímica y almacenamiento en un área de más de 500 hectáreas en la bahía, rodeada de núcleos urbanos densamente poblados. El complejo ha sido objeto recurrente de polémica por sus niveles de contaminación y por el impacto sanitario sobre las poblaciones cercanas, hasta el punto de que el Gobierno israelí ha llegado a plantear su cierre gradual antes de final de década.

En el plano económico, la planta procesa alrededor de 10 millones de toneladas de crudo al año, lo que constituye la mayor parte del combustible que se consume en el país. También exporta una fracción relevante de productos refinados a mercados vecinos. El diagnóstico es inequívoco: cualquier daño estructural que obligue a detener la producción durante semanas o meses tendría un impacto directo sobre los costes energéticos internos, la actividad industrial y la balanza comercial israelí.

A todo ello se suma el riesgo ambiental. Activistas y autoridades locales llevan años alertando de que un impacto directo sobre los tanques y las unidades de proceso podría desencadenar un escenario de incendio químico de gran escala, con emisiones masivas y posibles evacuaciones en la zona de la bahía. Aunque de momento no hay confirmación de un daño de este calibre, la sola posibilidad aumenta la presión sobre un complejo que ya estaba en el punto de mira por razones ajenas al conflicto actual.

Los misiles Khyber-Shakan, mensaje a Tel Aviv y Washington

La referencia explícita a los misiles Khyber-Shakan en el comunicado iraní no es un detalle menor. Se trata de un misil balístico de combustible sólido de última generación, con un alcance de alrededor de 1.400 kilómetros y capacidad para transportar una ojiva de más de una tonelada de alto poder explosivo. Su diseño incluye maniobras en la fase terminal del vuelo para dificultar la interceptación por parte de sistemas como la Cúpula de Hierro israelí o las baterías Patriot desplegadas por Estados Unidos y sus aliados.

Teherán ya había exhibido este modelo en anteriores demostraciones de fuerza, pero asociarlo ahora a un ataque contra una infraestructura civil crítica eleva la carga simbólica. El mensaje es doble: por un lado, Irán muestra que puede alcanzar objetivos estratégicos a gran distancia con relativa precisión; por otro, obliga a Israel y a Washington a redistribuir recursos defensivos para proteger no solo bases militares, sino también plantas energéticas, puertos y grandes polígonos industriales.

Desde el ángulo económico, la mera percepción de que estos objetivos son vulnerables es suficiente para añadir una prima de riesgo a las cotizaciones. Operadores del mercado apuntan ya a subidas de entre el 8% y el 12% en los precios de referencia del crudo y del gas en las últimas jornadas, impulsadas más por el miedo a una interrupción futura que por una caída efectiva de la oferta en este momento.

Impacto inmediato en los mercados de energía

El ataque a Haifa se produce en un contexto en el que el mercado energético global encadena ya varios sobresaltos. En las últimas semanas, drones y misiles vinculados directa o indirectamente a Irán han golpeado infraestructuras en Arabia Saudí, Bahréin, Kuwait o Qatar, desde grandes refinerías hasta terminales de gas natural licuado. Aunque muchos de esos impactos han provocado daños contenidos, el efecto psicológico ha sido contundente.

Una de las piezas más sensibles de este rompecabezas es el gigantesco complejo de Ras Tanura, en Arabia Saudí, con una capacidad superior a los 500.000 barriles diarios. Cada vez que se ve obligado a reducir operaciones, aunque sea de forma temporal, el ecosistema global de refino y exportación entra en modo de alerta. Los seguros marítimos se encarecen, algunas rutas se desvían para evitar zonas de riesgo y las empresas compradoras adelantan pedidos por temor a cuellos de botella posteriores.

En paralelo, cualquier amenaza sobre las plantas de GNL qataríes —clave para el suministro de gas a Europa— se traslada de forma inmediata a los precios del TTF holandés, referencia para el continente. En apenas una semana, los futuros de gas pueden experimentar alzas del 30% o el 40% sin que haya un corte físico significativo, únicamente por la expectativa de problemas. El contraste con etapas de mayor estabilidad resulta demoledor: en cuestión de días se evaporan meses de moderación de precios y la factura energética vuelve a convertirse en un factor de presión inflacionista.

Antecedentes: la vulnerabilidad de Haifa y el precedente de 2025

No es la primera vez que Haifa se ve en el centro de esta dinámica. En 2025, una oleada de misiles atribuidos a Irán impactó de lleno en el complejo, provocando un gran incendio, la muerte de varios trabajadores y el cierre completo de las instalaciones durante semanas. Bazan cifró entonces los daños en una horquilla de 150 a 200 millones de dólares, parcialmente cubierta por pólizas específicas contra terrorismo y guerra.

Aquella crisis aceleró el debate interno sobre el futuro de la refinería. El Gobierno israelí llegó a plantear seriamente un calendario de cierre para la década de 2030, tanto por razones ambientales como de seguridad. Organizaciones ecologistas y autoridades locales advertían de que “un impacto directo convertiría la bahía en un polvorín químico”. La sucesión de ataques parece confirmar que esa preocupación no era alarmismo, sino una evaluación realista de los riesgos.

El episodio actual demuestra, sin embargo, que la vulnerabilidad estructural sigue ahí pese a los refuerzos de seguridad. Ni los muros de hormigón ni los sistemas de interceptación pueden garantizar un escudo perfecto. Y cuando un porcentaje, aunque sea pequeño, de los misiles lanzados logra alcanzar su objetivo, el daño potencial se multiplica al concentrarse en una instalación que representa más del 60% de la capacidad de refino del país.

Escalada regional: refinerías en el punto de mira

El golpe contra Haifa se inscribe en una estrategia más amplia en la que las refinerías y plantas energéticas de todo Oriente Medio se han convertido en campo de batalla de una guerra de desgaste. Ras Tanura en Arabia Saudí, Bapco en Bahréin, instalaciones en Kuwait y terminales de GNL en Qatar han sufrido ataques directos o intentos de impacto en los últimos meses, con daños de intensidad desigual pero un denominador común: el mensaje de que la cadena de valor energética es vulnerable de extremo a extremo.

Para Irán, golpear infraestructuras vinculadas a aliados de Estados Unidos incrementa el coste político y económico de la guerra para Washington y sus socios, sin necesidad de entrar en una confrontación terrestre. Para Israel y Estados Unidos, atacar las capacidades de refino, almacenamiento y exportación iraní persigue el objetivo contrario: minar las fuentes de financiación de Teherán y obligarle a desviar recursos hacia la defensa interna y la reconstrucción de activos estratégicos.

El resultado es un tablero en el que cada nueva oleada de misiles o drones abre la posibilidad de un daño mayor: un incendio fuera de control, un vertido de gran escala o una interrupción prolongada en una planta clave. Y, con ello, una nueva sacudida a los precios y a la seguridad de suministro de Europa y Asia, altamente dependientes del crudo y el gas que fluyen desde esta región.

El petróleo y el gas

A corto plazo, los mercados parecen descontar un escenario de riesgo alto pero suministro aún funcional. Mientras los daños en Haifa y en las instalaciones iraníes se mantengan contenidos y los grandes productores del Golfo puedan redirigir flujos a través de rutas alternativas, el sistema seguirá absorbiendo el choque a costa de precios más elevados y una volatilidad creciente.

Sin embargo, el margen de seguridad se estrecha de forma visible. Tres elementos podrían cambiar radicalmente el panorama: un daño estructural en una gran refinería como Haifa o Ras Tanura que requiera meses de reparación; un cierre parcial de rutas en el estrecho de Ormuz o en pasos críticos del mar Rojo; o una interrupción prolongada del GNL qatarí hacia Europa en pleno invierno. Cualquiera de estos factores, o una combinación de ellos, podría empujar el crudo por encima de los 100 dólares por barril y devolver el gas europeo a niveles próximos a los máximos de 2022.

Grandes grupos industriales y utilities energéticas europeas ya revisan sus planes de abastecimiento y coberturas financieras para los próximos 6 a 12 meses, anticipando un escenario de guerra larga y de ataques recurrentes a infraestructuras críticas. El diagnóstico es claro: la próxima gran crisis energética puede no venir de una decisión concertada de los productores, sino de un misil que impacte en el lugar equivocado en el momento equivocado. El ataque de Irán contra la refinería de Haifa es, en ese sentido, una advertencia que los mercados no pueden permitirse ignorar.

 

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