Infantino habría jugado su carta más delicada: Marruecos y la final del Mundial

The Times asegura que el presidente de la FIFA prometió a Rabat el partido decisivo del Mundial 2030 a cambio de respaldo político; el organismo lo niega y España mantiene su candidatura.
Vista exterior del estadio Hassan II en Casablanca, proyectado para albergar la final del Mundial 2030 según reportes recientes<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Infantino habría jugado su carta más delicada: Marruecos y la final del Mundial

La final del Mundial 2030 se ha convertido en una pieza de poder dentro de la mayor crisis interna de la etapa de Gianni Infantino. Según una investigación publicada por The Times, el presidente de la FIFA habría ofrecido a Marruecos la celebración del partido decisivo para garantizarse el apoyo de las federaciones africanas ante las crecientes peticiones de dimisión.

La propuesta situaría la final en el futuro estadio Hassan II de Casablanca, proyectado para albergar a 115.000 espectadores. La FIFA ha negado categóricamente que exista semejante compromiso y la Real Federación Española de Fútbol asegura no tener constancia de ninguna promesa. Sin embargo, la revelación amenaza con quebrar el equilibrio entre los tres organizadores europeos y africanos del torneo.

Una acusación de máxima gravedad

La información sostiene que Infantino estaría buscando declaraciones públicas de apoyo mientras intenta contener una rebelión dentro del fútbol internacional. El dirigente suizo, de 56 años, afronta críticas por su modelo de gestión y por un fallido proyecto destinado a abrir a inversores privados parte del negocio comercial de los campeonatos de la FIFA.

En ese contexto, conceder a Marruecos el encuentro más importante del Mundial constituiría mucho más que una decisión deportiva. La final es el principal activo institucional, económico y simbólico del torneo, con una audiencia mundial, enormes ingresos turísticos y una exposición internacional difícil de igualar.

La FIFA niega el supuesto intercambio. Esa respuesta resulta esencial, pero no despeja por completo las dudas sobre el procedimiento que determinará la sede.

Casablanca desafía al Bernabéu

Marruecos aspira a celebrar la final en el estadio Hassan II, un recinto todavía en desarrollo que superaría ampliamente la capacidad de los grandes estadios europeos. Sus 115.000 localidades lo convertirían en uno de los mayores escenarios deportivos del planeta y en el emblema de la transformación económica impulsada por Rabat.

España trabaja para que el partido se dispute en el Santiago Bernabéu. La ministra de Deportes, Milagros Tolón, ha defendido que el país reúne experiencia organizativa, infraestructuras, comunicaciones y capacidad de seguridad suficientes para albergar la final.

El contraste es evidente: Madrid ofrece un estadio consolidado y una industria deportiva madura; Casablanca plantea una infraestructura monumental y una oportunidad histórica para África.

España reclama lo que considera suyo

El Gobierno español ha evitado alimentar públicamente una confrontación con Marruecos, pero ha dejado clara su posición. España quiere la final y considera que sus méritos deportivos, organizativos y logísticos justifican esa elección.

La candidatura conjunta fue diseñada para proyectar cooperación entre España, Portugal y Marruecos. Los tres países fueron nombrados oficialmente anfitriones en diciembre de 2024 por las 211 federaciones miembro de la FIFA, mientras Argentina, Paraguay y Uruguay acogerán tres encuentros conmemorativos del centenario.

Una decisión percibida como fruto de un pacto político podría deteriorar esa alianza. Portugal también quedaría atrapado entre dos socios enfrentados por el encuentro de mayor valor comercial.

Un estadio como herramienta de poder

El proyecto Hassan II trasciende el fútbol. Su tamaño, diseño e inversión forman parte de la estrategia marroquí para reforzar su influencia en África, atraer turismo y consolidarse como plataforma económica entre Europa y el continente africano.

La final permitiría a Rabat presentar ante millones de espectadores una imagen de modernización, estabilidad y capacidad organizativa. También reforzaría la posición del país dentro de la Confederación Africana de Fútbol.

El deporte funciona aquí como una herramienta de diplomacia económica. El país que organice el último partido no solo recibirá aficionados: concentrará delegaciones empresariales, patrocinadores, autoridades y una cobertura mediática valorada en cientos de millones.

La crisis interna de Infantino

La controversia llega cuando Infantino intenta recomponer apoyos tras el rechazo a sus planes de reorganización comercial. The Times informa de reuniones de emergencia en Marruecos, llamadas a dirigentes y gestiones destinadas a evitar una ruptura dentro de la FIFA.

Entre las críticas aparecen la concentración de poder, la falta de transparencia y el uso de las relaciones con las federaciones para asegurar respaldos políticos. La supuesta oferta a Marruecos reforzaría precisamente esas sospechas.

La cuestión central ya no es únicamente dónde se jugará la final de 2030, sino si la decisión se adoptará mediante criterios técnicos verificables o mediante negociaciones personales difíciles de fiscalizar.

La FIFA se juega su credibilidad

La sede definitiva de la final todavía no ha sido anunciada oficialmente. La candidatura aprobada establece el reparto general del torneo, pero no concede automáticamente el último encuentro a España, Portugal o Marruecos.

La FIFA deberá explicar el calendario, los criterios de evaluación y el órgano encargado de tomar la decisión. Capacidad, movilidad, seguridad, sostenibilidad y legado deberían pesar más que cualquier respaldo a un dirigente.

El Mundial 2030 se disputará en seis países y tres continentes, una fórmula excepcional concebida para celebrar el centenario del campeonato. Esa ambición corre ahora el riesgo de quedar eclipsada por una batalla de poder.

Infantino puede negar la oferta, pero la FIFA tendrá que demostrar con transparencia que la final no es una moneda de cambio.

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