IRASTORZA:“Rusia y China son los ganadores de la guerra de Irán. Ha sido un tiro en el pie de Trump"

En plena escalada de tensión en Oriente Medio, el análisis de expertos sobre el 'bloqueo infinito' a Irán revela las limitaciones militares de EEUU y el papel decisivo de Rusia y China en un mundo cada vez más multipolar. El precio del petróleo sube, la desdolarización avanza y las relaciones internacionales se reconfiguran en 2026.
Panel de expertos de Negocios TV discutiendo la crisis de Irán y sus implicaciones económicas y geopolíticas en 2026.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
IRASTORZA:“Rusia y China son los ganadores de la guerra de Irán. Ha sido un tiro en el pie de Trump"

Abril de 2026 deja una foto incómoda para Washington: más barcos, más presión y menos control. El cerco naval a Irán ya no se vende como palanca temporal, sino como un plan de duración indeterminada. El mercado reaccionó primero: el Brent se fue a 126 dólares y llegó a subir más del 13% en 24 horas.
El Estrecho de Ormuz vuelve a ser un arma geográfica, no una ruta comercial. Y el golpe, como siempre, viaja más rápido que la diplomacia: inflación importada, fletes al alza y nervio político en Europa.

El “bloqueo infinito” y el precio del barril

La filtración de un plan bautizado en Washington como “bloqueo infinito” no es solo un problema semántico: es una señal para los mercados de que el conflicto se cronifica. El 13 de abril, tras el anuncio del cerco naval, el Brent subió más de un 8% y superó los 103 dólares. Dos semanas después, el 30 de abril, el petróleo ya cotizaba el peor escenario: 126 dólares y un salto superior al 13% en un día, el nivel más alto desde 2022.

La consecuencia es clara: el bloqueo pretende estrangular ingresos iraníes, pero la factura se reparte globalmente. De hecho, el 1 de mayo el crudo seguía en zona elevada (en torno a 111 dólares en el seguimiento de mercado), con la economía europea absorbiendo el impacto vía costes energéticos y materias primas. Lo más grave es que la presión deja de ser táctica: cuando el calendario es indefinido, la prima de guerra se convierte en precio base.

Ormuz, el cuello de botella que convierte la geopolítica en inflación

Ormuz no necesita cerrarse del todo para paralizar decisiones. En 2024, el flujo medio por el estrecho fue de 20 millones de barriles diarios, cerca del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. La Agencia Internacional de la Energía eleva el foco: en 2025 circularon por allí también 20 mb/d de crudo y productos, en uno de los puntos de paso más estrechos del planeta.

Cuando ese corredor entra en “modo crisis”, el daño se multiplica por vías menos visibles: seguros marítimos, disponibilidad de buques, retrasos logísticos, fertilizantes, incluso costes de financiación del comercio. UNCTAD recuerda que el estrecho concentra alrededor de una cuarta parte del comercio mundial de petróleo por mar, de modo que cualquier disrupción se convierte en un shock de oferta con efecto dominó. El contraste con 1973 o 1979 es inevitable: entonces el shock era el suministro; ahora, además, es la ruta.

Munición de precisión: la grieta industrial que limita a Washington

El relato de fuerza total se está resquebrajando por un detalle prosaico: inventarios. La campaña sobre Irán ha consumido miles de armas guiadas y defensas antimisil. Foreign Policy estima que en las primeras 36 horas se emplearon más de 3.000 municiones de precisión e interceptores, exponiendo una vulnerabilidad: producir repuestos no va a la velocidad del combate.

CSIS matiza que Estados Unidos aún tendría suficiente para sostener la guerra “bajo escenarios plausibles”, pero advierte de la herida estratégica: el riesgo real está en el “día después”, especialmente si aparece un segundo teatro de alta intensidad. Ese hecho revela una paradoja incómoda: el bloqueo pretende mostrar control, pero la guerra prolongada depende de una base industrial que Occidente lleva décadas adelgazando. No es impotencia militar; es fricción logística, que en 2026 equivale a pérdida de margen político.

Rusia y China, los beneficiarios de la tormenta

Eduardo Irastorza lo sintetiza con una crudeza poco habitual en televisión económica: «Rusia y China son los ganadores de la guerra de Irán; mientras Occidente paga energía cara y tensión financiera, ellos convierten la crisis en influencia y en capacidad de negociación». Esa intuición tiene respaldo analítico: PIIE sostiene que Rusia obtiene un “rescate fiscal” de decenas de miles de millones por el alza del crudo, y que China puede convertir un repunte moderado del petróleo en ventaja competitiva frente a rivales con inflación persistente.

A la vez, la guerra acelera dependencias ya existentes. Pekín compra energía con descuentos, dispone de reservas y refuerza su papel como socio inevitable en cualquier salida. Moscú, por su parte, se beneficia de cada semana de precio alto: financia presupuesto, compra tiempo y vende su papel de “bisagra” diplomática. La consecuencia no es inmediata, pero sí estructural: el coste de la coerción lo paga el bloque que pretende ejercerla.

Warsh en la Fed: el tercer asalto se libra en el dinero

El tablero no se limita al Golfo. En Washington se prepara una transición con carga política: Donald Trump eligió a Kevin Warsh para presidir la Reserva Federal cuando quede vacante el puesto en mayo de 2026, lo que Wall Street interpreta como un giro hacia una comunicación menos “doctrinal” y un enfoque potencialmente más agresivo en recortes de tipos.

En plena sacudida energética, la Fed se convierte en amortiguador o amplificador. Si el petróleo vuelve a tensionar inflación, el margen para relajar se estrecha; si el crecimiento se enfría, la presión política aumenta. El mercado ya está leyendo el conflicto como riesgo macro: el repunte del crudo elevó temores de estanflación y contagió a bonos y expectativas. Lo más delicado para la hegemonía estadounidense no es el precio del barril: es que la política monetaria quede atrapada entre guerra, inflación y credibilidad institucional.

Petrodólar bajo presión: desdolarización sin épica, pero con señales

Aquí se juega la partida larga. Nadie serio sostiene que el dólar caiga mañana, pero sí que pierde “comodidad” a medida que EE UU utiliza su red financiera como herramienta de presión. The Guardian describe un “desplazamiento lento” desde la dominancia del dólar, acelerado por imprevisibilidad geopolítica y sanciones. La prueba, por ahora, no es un derrumbe, sino un goteo: SWIFT registró en febrero de 2026 una cuota del RMB del 2,74% en pagos globales, por debajo del 3,13% de enero y del 4,33% de febrero de 2025.

En paralelo, Axios sitúa el “petrodólar” como telón de fondo del shock energético: si el paso por Ormuz se convierte en palanca, también lo hace la moneda de liquidación. No es el fin del sistema, pero sí su mayor test: cuando la seguridad marítima se politiza, la factura se monetiza.

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