Irán acelera un borrador de pacto con Estados Unidos
La diplomacia iraní asegura estar ultimando un borrador de acuerdo con Estados Unidos que podría estar listo en dos o tres días, en un momento de máxima tensión militar en Oriente Medio. El portavoz del Ministerio de Exteriores, Esmaeil Baghaei, ha confirmado que Teherán está redactando una propuesta que recogerá “nuestros puntos de vista” y que abriría la puerta a una nueva ronda negociadora. Al mismo tiempo, el ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, apunta a Ginebra como sede de un siguiente encuentro con Washington este jueves, mientras la región asiste a un incremento de buques y cazas estadounidenses. Lo más delicado: diversas informaciones apuntan a que el presidente Donald Trump estaría valorando incluso una operación militar para deponer al líder supremo, Ali Jamenei, un escenario que elevaría el riesgo geopolítico global a máximos de la última década.
Un borrador escrito bajo presión
La confesión pública de Baghaei de que Irán está ya “trabajando en la redacción de un borrador de acuerdo” revela que las conversaciones con Estados Unidos han entrado en una fase técnica. En diplomacia, pasar de los gestos a los textos jurídicos suele indicar que ambas partes han identificado un marco mínimo de entendimiento. Según el portavoz, el documento “formulará nuestras posiciones” y aspira a condensar las exigencias de Teherán en materia de sanciones, seguridad y respeto a su programa nuclear.
El plazo de dos a tres días es, en sí mismo, un dato elocuente. Denota tanto prisa como sentimiento de urgencia compartida. Para Irán, cualquier desescalada que alivie la presión económica resulta crítica tras años de sanciones que han reducido en torno a un 40% sus exportaciones de crudo y han disparado la inflación interna a tasas de dos dígitos. Para Washington, la prioridad es evitar un conflicto abierto que obligaría a movilizar recursos militares en un momento en que su foco estratégico se dirige hacia Asia-Pacífico.
Sin embargo, el borrador no será más que el punto de partida. La experiencia del acuerdo nuclear de 2015 mostró que, entre un texto técnico y un pacto políticamente vendible en ambos países, pueden mediar meses de discusiones, reservas parlamentarias y presiones cruzadas de aliados y detractores.
Ginebra, el escenario discreto de un pulso mayor
Araghchi ha sugerido que la próxima ronda de contactos podría celebrarse en Ginebra, previsiblemente este jueves. La elección no es casual. La ciudad suiza es un clásico de la diplomacia multilateral y ofrece el grado de discreción que ambas capitales necesitan para modular expectativas. Nadie quiere repetir el guion de anuncios grandilocuentes que luego se traducen en frustración.
En este formato, los equipos técnicos discutirán párrafos, anexos y posibles cláusulas de salvaguarda. Irán intentará blindar el levantamiento de sanciones clave sobre su sector energético y financiero. Estados Unidos, por su parte, exigirá límites verificables a la capacidad de enriquecimiento de uranio, mecanismos de inspección intrusivos y compromisos de moderación regional, especialmente en relación con milicias aliadas de Teherán en Líbano, Siria, Irak y Yemen.
Lo relevante es que esta agenda negociadora convive con un clima de máxima desconfianza. El precedente de la salida unilateral de Estados Unidos del acuerdo nuclear original pesa como una losa sobre la delegación iraní. Teherán buscará garantías adicionales, quizá en forma de escalonamiento de medidas: plazos de entre 6 y 12 meses para el levantamiento de sanciones a cambio de pasos verificables en materia nuclear. Pero cualquier concesión será escrutada al milímetro por sectores duros en ambos países.
Buques, cazas y señales de fuerza en el Golfo
Mientras los diplomáticos hablan de borradores, los militares hablan de despliegues. Según las informaciones filtradas, Estados Unidos habría reforzado su presencia con más buques de guerra y escuadrones de cazas en la región, especialmente en torno al Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz. Este movimiento cumple un doble objetivo: disuasión hacia Irán y mensaje de tranquilidad a aliados clave como Israel, Arabia Saudí y Emiratos.
Para Teherán, el incremento de activos estadounidenses se percibe como una amenaza directa. La Guardia Revolucionaria ha advertido en otras ocasiones de que cualquier ataque contra su territorio tendría una respuesta “multiplicada por diez” contra bases norteamericanas y objetivos aliados en la región. El riesgo es evidente: una escalada por error de cálculo o incidente naval podría dinamitar en cuestión de horas el delicado trabajo de los negociadores en Ginebra.
Este hecho revela la naturaleza dual de la estrategia de Washington: presión máxima en el terreno militar para intentar arrancar más concesiones en la mesa política. Sin embargo, la historia reciente demuestra que cuando ambas dimensiones —diplomacia y fuerza— se descompensan, el resultado suele ser inestabilidad y no acuerdos duraderos.
El fantasma de un ataque para derrocar a Jamenei
Lo más grave de las informaciones que circulan en las últimas horas es la posibilidad de que la Casa Blanca esté estudiando un ataque militar destinado a deponer al líder supremo, Ali Jamenei. Un escenario así supondría cruzar una línea roja histórica: pasar de la contención y la presión económica a una política abiertamente de cambio de régimen.
La consecuencia es clara: cualquier operación con ese objetivo sería percibida por Teherán como una amenaza existencial y podría desencadenar una respuesta en cadena en todo Oriente Medio. Irán dispone de influencia directa o indirecta sobre milicias y actores armados en al menos cuatro países de la región, lo que amplificaría el conflicto más allá de sus fronteras.
Además, la experiencia de intervenciones previas en Irak, Afganistán o Libia demuestra que derrocar a un liderazgo autoritario no garantiza en absoluto la estabilidad posterior. El contraste con otros casos resulta demoledor: los costes humanos, económicos y geopolíticos de esas operaciones se cuentan en cientos de miles de víctimas y billones de dólares, sin que se hayan consolidado democracias estables. Lanzar una aventura similar contra Irán —un país con casi 90 millones de habitantes y una estructura estatal más cohesionada— multiplicaría las incógnitas y los riesgos.
El peso del precedente nuclear y la batalla de la confianza
El diagnóstico es inequívoco: sin un mínimo de confianza mutua, cualquier borrador corre el riesgo de convertirse en papel mojado. Desde que Estados Unidos abandonó el acuerdo nuclear de 2015, Irán ha ido aumentando gradualmente tanto el nivel de enriquecimiento de uranio como el número de centrifugadoras avanzadas instaladas. Los organismos internacionales han alertado de que Teherán se ha acercado peligrosamente al umbral técnico que le permitiría fabricar material fisible para una bomba en cuestión de meses.
En paralelo, Washington ha mantenido o incluso endurecido un entramado de más de 1.500 sanciones individuales sobre entidades, empresas y dirigentes iraníes. Este doble movimiento —avance nuclear y castigo económico— ha creado un círculo vicioso en el que cada gesto del otro se interpreta como hostil y no como una posible palanca de negociación.
Para romper esa dinámica, el borrador en el que trabaja Irán tendría que ofrecer algo más que declaraciones genéricas de buena voluntad. Harán falta números, cronogramas y compromisos verificables. A cambio, Estados Unidos tendrá que ofrecer algún tipo de alivio tangible, aunque sea parcial y escalonado, para que la opinión pública iraní perciba beneficios reales y no solo promesas.
Riesgos para los mercados energéticos y la economía global
Lo que ocurra en las próximas semanas no solo afecta a los equilibrios de poder en Oriente Medio. También impacta en los mercados energéticos y, por extensión, en la economía global. Irán alberga algunas de las mayores reservas de petróleo y gas del mundo, y cualquier tensión en el estrecho de Ormuz —por donde pasa cerca del 20% del crudo mundial— se traduce de inmediato en primas de riesgo en el precio del barril.
Un ataque o un bloqueo parcial elevaría los precios del petróleo, reavivando presiones inflacionistas cuando muchas economías avanzadas aún intentan consolidar su salida de crisis sucesivas. Un simple repunte sostenido de 10-15 dólares por barril durante varios meses puede descuadrar las cuentas públicas de países importadores netos y encarecer el coste de la energía para hogares y empresas.
En el escenario opuesto, un acuerdo que permita a Irán aumentar sus exportaciones en 1 o 1,5 millones de barriles diarios en el plazo de un año contribuiría a estabilizar el mercado y daría oxígeno a su economía interna. La clave está en si el borrador que ahora se bosqueja en Teherán se convierte en una hoja de ruta creíble o en otro documento que engrose la larga lista de oportunidades perdidas.
