Irán advierte bombardeos contra EE.UU. e Israel ante posibles ataques en 2026

La entrada en 2026 confirma que la sensación de calma era un espejismo. Irán lanza advertencias explícitas de represalias contra objetivos estadounidenses e israelíes si sufre un ataque, mientras su programa nuclear avanza a cotas críticas y el régimen contiene a sangre y fuego unas protestas masivas. Al mismo tiempo, Venezuela inicia una liberación parcial de presos políticos en medio de negociaciones discretas que miran de reojo al precio del petróleo. Y en el Ártico, Estados Unidos choca abiertamente con sus propios aliados europeos por el futuro de Groenlandia y la base de Pituffik, pieza clave del escudo militar norteamericano. Todo ello dibuja un tablero global donde la línea entre la disuasión y el error de cálculo se estrecha peligrosamente. Como resume el Máster en Seguridad y Geoestrategia de Negocios TV, dirigido por Carlos Hugo Fernández-Roca Suárez, “2026 arranca con demasiados incendios encendidos al mismo tiempo”.

Captura del vídeo de Negocios TV que analiza la escalada de tensiones geopolíticas en Medio Oriente, Venezuela y Groenlandia, destacando la amenaza iraní contra instalaciones estadounidenses e israelíes.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Irán advierte bombardeos contra EE.UU. e Israel ante posibles ataques en 2026

Un arranque de año al borde del accidente

Lo que parecía un inicio de año relativamente estable se ha convertido en un mapa de focos rojos simultáneos. El primero, Irán, combina una protesta interna de alta intensidad, una economía estrangulada por las sanciones y un programa nuclear a velocidad de crucero. El segundo, Venezuela, vive un movimiento controlado de piezas —presos liberados, opositores reforzados, contactos con Washington— que busca redefinir su rol como proveedor energético. El tercero, Groenlandia, ha pasado de anécdota geográfica a epicentro de la competencia entre Estados Unidos, Europa, Rusia y China por el dominio del Ártico.

Este triple eje no es casual. Responde a un patrón claro: las grandes potencias tratan de asegurar posiciones en regiones clave —Oriente Medio, Caribe y Ártico— mientras el orden internacional heredado de la Guerra Fría se fractura por capas. Lo más grave es que ninguno de estos expedientes está aislado. Un choque militar en el Golfo Pérsico, un colapso político en Caracas o una crisis abierta entre Washington y la UE por Groenlandia podrían alimentar una crisis sistémica, con efectos encadenados sobre energía, mercado de deuda, comercio y seguridad.

Irán: protestas sangrientas y pulso nuclear al 60%

Irán llega a 2026 con una doble presión: la de la calle y la del calendario nuclear. Las protestas que arrancaron a finales de 2025 han dejado ya más de 500 muertos y en torno a 10.000 detenidos, según recuentos conservadores. Organizaciones de derechos humanos elevan la cifra por encima de los 3.000 fallecidos y cerca de 25.000 arrestos, lo que convertiría esta ola de movilizaciones en una de las más letales desde la revolución de 1979.

Al mismo tiempo, el programa nuclear sigue escalando. Teherán mantiene uranio enriquecido al 60%, a apenas un paso técnico del umbral militar, con un inventario que el OIEA considera lo suficientemente elevado como para acortar de forma drástica el llamado breakout time, el tiempo necesario para producir material fisible de uso militar. La combinación de represión interna y avance nuclear genera la tormenta perfecta: el régimen se siente acorralado, pero también dispone de una carta de disuasión cada vez más potente.

Este hecho revela el gran dilema para Washington y sus aliados europeos. Cualquier movimiento de presión adicional —más sanciones, sabotajes encubiertos o aislamiento diplomático— corre el riesgo de empujar a Irán a acelerar todavía más, y de cerrar la puerta a un eventual retorno a un marco de control como el que ofrecía el acuerdo nuclear de 2015.

Amenazas de bombardeo contra bases de EE.UU. e Israel

El discurso iraní también se ha endurecido de forma explícita. Altos cargos del régimen han advertido que un ataque contra su territorio —ya sea por parte de Estados Unidos o de Israel— se saldaría con bombardeos de represalia contra bases estadounidenses en la región y contra objetivos israelíes. Las instalaciones en Qatar, Bahréin o la propia Pituffik en el Ártico forman parte de un entramado de posiciones que Teherán ha señalado indirectamente durante años como vulnerables a misiles, drones o ataques de proxies regionales.

La consecuencia es clara: la Casa Blanca se ve forzada a diseñar cualquier respuesta dentro de un margen extremadamente estrecho. Un ataque preventivo de gran escala podría desencadenar una reacción en cadena que afectaría no solo a Israel, sino a infraestructuras energéticas críticas en el Golfo Pérsico y al tráfico por el Estrecho de Ormuz. A la inversa, una inacción prolongada podría animar a Teherán a seguir probando límites, confiando en que la comunidad internacional evitará siempre la confrontación directa.

En este contexto, el analista Carlos Hugo Fernández-Roca subraya que “la verdadera arma de Irán ya no es solo el uranio, sino la percepción de que está dispuesto a asumir costes altísimos si se le ataca”. El contraste con otros expedientes de proliferación, como Corea del Norte, resulta demoledor: en Oriente Medio las consecuencias económicas de una guerra abierta serían inmediatas y globales.

La guerra en la sombra: ciberataques y desinformación

Ante este escenario, Washington refuerza una estrategia que ya forma parte de su manual de crisis: la guerra híbrida. Sobre la mesa están operaciones de ciberguerra destinadas a degradar capacidades críticas del régimen iraní —desde redes eléctricas y sistemas bancarios hasta infraestructuras militares— sin cruzar el umbral visible de una guerra convencional. El objetivo es doble: aumentar el coste interno de la represión y ralentizar el programa nuclear sin necesidad de bombardear instalaciones.

Este enfoque no es nuevo, pero se ha sofisticado. A los ataques contra centrifugadoras y sistemas de control industrial se añaden campañas de desinformación, apoyo discreto a redes de oposición y operaciones de inteligencia para fomentar fracturas dentro de las élites de poder. Irán, por su parte, ha demostrado capacidad para responder en el mismo terreno, atacando bancos, hospitales y empresas occidentales o israelíes mediante grupos de hackers vinculados al Estado.

El diagnóstico es inequívoco: la línea roja ya no es solo territorial, sino también digital. El riesgo de escalada inadvertida —un ciberataque que provoque víctimas civiles, un error de atribución, una respuesta desproporcionada— convierte este capítulo en uno de los más opacos y peligrosos de la crisis. La guerra existe aunque no se vea en los mapas.

Venezuela: presos liberados, petróleo en juego

A miles de kilómetros, Venezuela vuelve al centro del tablero. El Gobierno de Nicolás Maduro ha anunciado la liberación de más de un centenar de presos, en torno a 116 según datos oficiales recientes, en respuesta a la presión de la oposición y de actores internacionales. La figura de María Corina Machado, vetada electoralmente pero reforzada simbólicamente, y los contactos con Donald Trump —ahora de nuevo en la Casa Blanca— reconfiguran el equilibrio interno del país.

Para Washington, la prioridad es clara: facilitar una transición controlada que garantice estabilidad y, al mismo tiempo, permita reactivar una industria petrolera que opera muy por debajo de sus capacidades. En un mundo donde los recortes de la OPEP+, las tensiones en Oriente Medio y la incertidumbre climática presionan al alza los precios, recuperar aunque sea 300.000 o 400.000 barriles diarios adicionales de crudo venezolano tiene impacto directo en la inflación energética global.

Sin embargo, el contraste con otras transiciones latinoamericanas recientes resulta inquietante. La fragmentación de la oposición, las fisuras en el chavismo —con figuras como Delcy Rodríguez defendiendo posiciones más duras— y la resistencia de los aparatos de seguridad del Estado hacen plausible un escenario de bloqueo prolongado. En esa hipótesis, Venezuela seguiría atrapada entre una legitimidad interna erosionada y una utilidad geopolítica intacta como proveedor de energía.

Groenlandia: el tablero ártico que enfrenta a aliados

El tercer foco, más silencioso pero no menos relevante, es Groenlandia. En las últimas semanas, la ofensiva de la Administración Trump para reforzar su control sobre la isla —incluyendo amenazas de aranceles del 10% a varios países europeos— ha abierto una brecha sin precedentes entre Washington y sus socios de la OTAN.

El interés no es simbólico. Groenlandia se ha convertido en la frontera avanzada de la competencia entre grandes potencias en el Ártico. Sus vastos recursos —tierras raras, hidrocarburos, pesca— y su posición geográfica, en la ruta de nuevos corredores marítimos que se abrirán con el deshielo, la convierten en un activo estratégico de primer orden.

En el corazón de ese dispositivo se encuentra la Pituffik Space Base, antigua Thule Air Base, rebautizada en 2023 y hoy integrada en la Fuerza Espacial de Estados Unidos. Desde allí opera un sistema de alerta temprana de misiles balísticos y una red de vigilancia espacial que protege el territorio norteamericano. La discusión sobre fórmulas de cosoberanía o acuerdos de explotación conjunta evidencia la tensión entre las ambiciones de Washington y los límites políticos de Dinamarca y la UE, que reivindican sus intereses “legítimos” en la región.

Lo más grave es que esta pugna se produce entre aliados formales. La amenaza de usar instrumentos comerciales —aranceles, sanciones cruzadas— para forzar decisiones sobre seguridad erosiona un principio básico de la arquitectura occidental: los conflictos estratégicos se gestionan de manera coordinada, no mediante presión económica mutua.

“El mundo entra en 2026 no con una gran crisis única, sino con varias medianas que pueden sincronizarse de la peor manera posible”, advierte Fernández-Roca. El desafío para gobiernos, bancos centrales y grandes empresas será navegar este entorno sin caer en la complacencia: los conflictos globales no desaparecen, solo cambian de forma y de protagonistas.

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